Gotas frías sobre el vidrio

Foto por Gabriele Diwald en Unsplash

Hace cuatro meses dejé la clínica y no he reincidido desde entonces porque conocí a María. Su espíritu cobija a los planetas tristes de mi firmamento. Los sentimientos de su alma, tan claros y limpios, iluminan la sonrisa espléndida de la luna de su rostro.

Yo, por el contrario, soy un adicto, todo oscuridad y silencio.

No dejo de pensar en agujas y enfermeros. Todavía oigo las lejanas pisadas de los infinitos pasillos del sanatorio. Por la noche veo claraboyas iluminadas por astros refulgentes y demasiadas paredes blancas. Las emociones de la trama de recuerdos de mi historia turbia quedaron cinceladas en el sistema límbico de mi cerebro.

En mí mora la intemperie.

En esta mañana húmeda y lluviosa me gana la enfermedad de la angustia con su insistente permanencia. El padecimiento de la adicción me ahoga en un hueco terrible. Me encierro y me tapo los oídos con la almohada. Una voz, que es mi propia voz, en forma recurrente, recalca cada palabra del solitario discurso de la locura: «Solo no vas a poder, necesitás a María».

No quiero que ella cargue con mis miedos.

Pero no puedo.

La llamé para contarle: «Me siento inestable, estoy en un pozo — le dije — , las pastillas no me hacen nada». Al otro lado de la línea ella calmó mi ánimo susurrando frases de colores y, antes de cortar, estuvo a punto de sosegarme con un mandato acogedor: «Vení…, te espero».

Me vestí apresurado y me abrigué. La calle me recibió inhóspita y, si bien las hojas lisas de los tilos estaban mojadas, pensé en gorriones tiritando dentro de los nidos.

Me mojé y no me importó; un auto se detuvo y me subí.

Durante el viaje — el cual pareció durar un siglo — me entretuve vagando, sin sentido, por miles de pensamientos dispersos en frágiles trozos de ideas rotas hasta que el conductor me avisó que habíamos llegado.

No bien estuve frente a su casa, con la cabeza gacha, golpeé: con la aldaba primero, con el anillo después y con los nudillos más tarde — con timidez las tres veces — , temeroso de no sé qué.

«¡Está abierto!», exclamó ella, desde la habitación amplia, alentando a mi atrevimiento. Cerré la puerta detrás de mí, di dos vueltas a la llave y esperé de espaldas tomándome del picaporte para evitar el mareo o el desvanecimiento, presa del vértigo de la cordura del sensato mundo de María.

Hablamos mucho.

No sé cuánto tiempo pasó ni cómo nos desnudamos.

Pero sí sé cómo calmé mi sed. Bebí el fluido ácido de su sexo al besarla ahí, justo en medio de su altura desnuda, entre sus piernas, con mi lengua áspera indagando en esa zona en la cual la piel blanca de su cuerpo se pliega, como una doble flor ojival de contornos arrugados, cuyos bordes viran al rojo protegiendo el femenino enigma de lo profundo.

Y cuando estuve allí me embriagué con el carozo blando hasta llegar al temblor. «¡Ahí…!», gimió ella, y lo repitió varias veces, en forma intermitente, guiando mi desesperación por complacerla en el sismo del final al lograr su ascenso hacia el último quejido.

Después, el rectángulo del lecho fue suyo y suyas todas las formas de aplacar mi deseo, atenta a cada una de las estrellas por mí ansiadas, en tanto ella observaba la estampida del estremecimiento y el definitivo derrame de mi líquido.

No sabría medir el tamaño de la eternidad en la cual permaneció María en el inescrutable universo de su éxtasis, pero dentro mío pareció suceder todo en un instante fugaz, tan efímero como la dilación temporal entre el golpe en mi cerebro y la dosis de droga caliente inyectada en la vena morada del brazo. Por eso me apuré.

Acaricié su pelo. Busqué su calor sin pronunciar palabra.

La abracé por detrás, con ternura, y me dije afligido: «Aunque fuese por lástima, sería dichoso si ella pudiese aliviar mi sensación de pesadumbre y retrasara un poco mi regreso a la melancolía, por lo menos mientras sigan resbalando lágrimas de agua tras los vidrios de la ventana».

Por eso deslicé con cariño la palma de mi mano sobre sus pechos blandos, no obstante haberlo hecho sin pericia y con la premura de un desconsolado. Quizás con temor, con este miedo que no puedo controlar. Con seguridad, mis dedos rugosos, como la escabrosa cáscara de una piedra, habrán desgarrado la tersura de su desnudez en vez de acariciar.

Un trueno retumbó en algún lugar del cielo.

La lluvia se hizo copiosa y el retintín lejano en los tinglados de zinc sumó más murmullos a la tarde. El viento, afuera, se sacudió por todos lados, pasó furioso por debajo de las escaleras de incendio y bailó en remolinos por el fondo de los callejones. Pero aquí adentro la felicidad retiró una a una las espinas clavadas en mis nervios, y juro haber deseado que la vida acabara en ese instante.

María se estremeció un poco al escuchar cómo el estampido cayó de las nubes y, sin darse vuelta, me ordenó: «Abrazame — dijo — , por favor no me sueltes».
Yo tuve ganas de llorar. Y obedecí.

Sentí su espalda tibia contra los músculos duros de mi pecho, percibí sobre mis muslos la blandura de sus caderas y el tambor duro del útero oculto palpitando un dolor difícil, como de parto. La apreté más fuerte para no desfallecer en la pobreza de mi pena miserable y ella murmuró por lo bajo unas palabras tiernas adecuadas al abrazo firme.

Pensé: «María me es tan necesaria…, es aire limpio en mis pulmones. ¿Por qué nunca le dije cuánto la quiero?».

Quisiera escribirle un poema.

Pero en este momento de pleno regocijo cuando contemplo cómo las uñas de la lluvia no dejan de arañar los vidrios en la tarde huraña, no alcanzo a concebir los versos adecuados, toda idea se hace añicos en racimos de gotas estrelladas contra el piso, quebrándose en mil pedazos.

Sin métrica, sin rima, sin vida.

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Raul Ariel Victoriano

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Alguien que escribe con el incierto propósito de saber de qué se trata la literatura. https://hastaqueelesplendorsemarchite.blogspot.com/

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