La estrella solitaria

M. Figuera
Jul 28, 2019 · 6 min read
Imágenes de la película «Fantasía» (1940). Creado por M. Figuera.

En la galaxia hay una estrella solitaria que se encuentra a punto de explotar… Todavía no existe nadie que comprenda esto.


La Tierra se ha formado gracias a cientos de puntos uniéndose. Los mares furiosos chocan contra el fuego de los volcanes. Las montañas eruptan de la tierra. Una lluvia ácida cubre todo y el cielo cubierto de nubes calientes forma tempestades que azotan al planeta entero.


La estrella continúa encogiéndose. Puede sentir cómo su núcleo se va enfriando; cómo brilla, cada vez menos, que sus hermanas lejanas.


La Tierra se encuentra en calma. Millones de seres ahora la habitan; es un planeta caliente lleno de vegetación y agua; la vida es posible gracias a esto. Las cordilleras se han formado y miles de árboles las adornan. En las oscuras noches se observan todas las estrellas del universo y algunas titilan pausadamente.


La estrella pulsa débilmente. No siente tristeza, apenas es capaz de pensar en cuánto tiempo le queda antes de implosionar.


Una mujer sale de su apartamento temprano por las mañanas y se sienta en el filo de la azotea a contemplar la hilera de árboles que compone la vista de enfrente; es algo que hace todas las mañanas mientras teje los primeros pensamientos del día. Después de tener organizada su mente siempre se permite un momento para pensar en él.


La estrella se va cargando de energía. Cada día se va apagando, su luz disminuyendo lentamente pero sin pausa. Siente emoción por lo que va a suceder.


Un hombre no se despierta sino hasta el mediodía. A través de las persianas que adornan sus ventanas se filtra una luz enfermiza que avisa que el día ha comenzado hace ya mucho tiempo. Escucha, todavía enredado en el mundo de los sueños, el zumbar sordo de la nevera y la gota de agua que constantemente cae en el lavadero. Se levanta, cansado y adolorido. Tiene unas marcas redondeadas en el cuello que una mujer del bar le dejó anoche; resaltan en la blancura lechosa de su piel. Se mete a bañar y solamente cuando el agua caliente ha borrado todo vestigio de suciedad, el recuerdo fugaz de ella atraviesa su mente.


Han pasado millones de años pero para la estrella el tiempo no existe. ¿Qué significa eso en su infinita vida? Sin embargo algo en su interior le dice que ya está a punto de suceder.


Ella abre la puerta del carro y se encuentra con su mirada. Cierra la puerta y lo abraza, incapaz de aceptar cuánto lo ha extrañado. Caminan juntos hacia la casa de él. Vive en las afueras de la ciudad, en la parte más alta del valle. Se sientan uno enfrente del otro y se detallan; ha pasado mucho tiempo desde la última vez que se vieron.

— ¿Cómo estás? — pregunta él.

— Bien.

— ¿Segura?

— Sí. Por fin las cosas están bien.

— Eso es bueno.

— Sí. ¿Y tú?

— Yo siempre estoy bien.

— Cierto.

Ambos se quedan callados, sin poder pronunciar una palabra más. Él acorta la distancia y la besa. Los músculos de los dos se relajan cuando entran en contacto sus pieles. Todo está justo donde debe estar.

Hacen el amor pausadamente, sin apenas hablar más que para pronunciar alguna palabra ahogada en sus gemidos silenciosos. No permiten que ni un centímetro cúbico de aire se cuele entre sus cuerpos, buscan la más profunda de las proximidades. Siempre mirándose a los ojos, siempre recordando quiénes son y cómo son capaces de conectar el uno con el otro.

Al terminar, él busca la cercanía de su cuerpo y ella se lo permite. Se funden en un abrazo y ella traza dibujos incomprensibles en su piel haciendo brotar finas líneas rojas.

Ambos se abandonan a un sueño pacífico que no han tenido en mucho tiempo. Ella no sueña con la oscuridad y él no sueña con el vacío. Abajo, en la planicie, la ciudad duerme bajo el velo de la noche.


Nadie es testigo de la transformación de la estrella. Está a punto de cambiar el universo entero y nadie la ha estado tomando en cuenta. En un laboratorio lejano, en medio de la nada un pitido comienza a sonar. Dos hombres miran aterrados el reporte que una máquina acaba de imprimir. Pulsan el botón que da la alarma sin saber que tienen millones de años de retraso.


La mujer abre los ojos pero no se da cuenta de que los ha abierto sino pasados algunos segundos. Los cierra y es igual. La oscuridad lo abarca todo. Siente el hormigueo del pánico subiéndole por el pecho hasta que, de pronto, un cuerpo a su lado respira y se mueve. Vuelve a centrarse. Se levanta de la cama con cuidado y se acerca a la lampara más cercana, pulsa el interruptor y no sucede nada.

— Cortaron la electricidad otra vez… — dice entre dientes.

Continúa y llega hasta la cocina. Se sirve un vaso de agua y se lo toma mientras ve a través de la ventana. Observa que la noche está clara y decide salir al patio. Se sienta en una pequeña silla y contempla el cielo estrellado. De pronto siente una mano que la toca y se sobresalta.

— Disculpa, no quería asustarte.

— No pasa nada. ¿Te desperté?

— Me despertó que no estuvieses. ¿Qué haces aquí con este frío?

— Miraba el cielo.

— Es mejor mirarte a ti.

Ella se ríe. Él siente cómo la temperatura aumenta un par de grados. Jamás será capaz de decirle cuánto la quiere, cuánto le gusta tenerla en su vida, así sea un par de horas cada cien días.

— Hazme espacio. Vamos a mirar el condenado cielo juntos.

Se acomodan ambos en la silla y se abrazan. Sus miradas se van hacia la masa negra llena de puntos luminosos. Él es el primero en darse cuenta.

— Mira aquella estrella. ¿Ves cómo titila?

— ¿Cuál? Hay miles.

— Aquella, está titilando mucho.

— Es cierto. ¿Por qué será?

— Supuestamente hacen eso cuando se están muriendo. Y luego simplemente se apagan.

— Increíble.

— ¿Te parece?

— Claro. Ojalá los seres humanos también simplemente nos apagásemos; ojalá no tuviésemos que atravesar el dolor y el sufrimiento.

Ambos se miran en silencio.

— ¿Segura de que estás bien?

— Sí. No fue fácil pero estoy bien.

— Te quiero aquí.

— Estoy aquí.

— No, me refiero a que te quiero en este mundo. Es un mejor mundo gracias a ti. Eres como ella. — lo dice mientras señala la estrella.

— ¿A qué te refieres?

— No hablamos mucho. Tampoco nos vemos mucho. Pero yo jamás te olvido, jamás dejo de quererte. Y a veces, cuando todo parece estar encima de mí, pienso en ti, en que tú estás en este mundo y que es mejor gracias a ti. Eres esa estrella solitaria que cambia al mundo y hace la diferencia.

— ¿De verdad crees eso?

— Sí. Me gusta el mundo contigo en él.

— A mí también.

Ambos continúan observando el cielo, sin saber que es la última vez que tendrán los ojos abiertos para hacerlo. La estrella titilante se apaga, pero ellos, ensimismados en las otras estrellas, no lo ven.


La estrella se queda quieta y siente el frío que recorre su interior. Se encuentra en completo silencio, rodeada solamente de la oscuridad. De pronto explota, crea una supernova y siente cómo renace nuevamente. Arrasa con todo a su paso y el éxtasis invade cada partícula que la compone; ha logrado volver a existir.


En la Tierra, el hombre y la mujer ven la explosión de la estrella y escuchan un suave pitido. En un abrir y cerrar de ojos toda la Tierra es devastada por la onda expansiva de la supernova. Mueren mirándose a los ojos, fuertemente abrazados.


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Soy un libro de sangre. Lectora compulsiva, escritora sin talento y estudiante de enfermería. Venezolana. Narë. https://twitter.com/naremf/

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