La habitación

M. Figuera
May 5, 2019 · 3 min read
Foto por R. Romero

En una habitación hay una pequeña mesa en el centro, sus sillas amarillas destacando contra el azul de las paredes. En dos de las paredes hay pequeñas ventanas; ambas dan a un jardín marchito. Al salir al jardín se observa que la grama está reseca a pesar de estar en temporada de lluvias, en una de sus esquinas un rosal se yergue. Las rosas de diversos colores han florecido a distintos momentos, teniendo como consecuencia que algunas estén marchitas cuando otras están en pleno apogeo.

De regreso a la habitación observamos que al fondo hay una lavadora y asumimos que ahí se encuentra el área de servicio. En la entrada principal notamos que la cocina esta limpia y huele a desinfectante; una hornilla prendida con un budare cocinando. Una única arepa es lo único que perturba la paz de la estancia.

De pronto observamos movimiento en los cuartos. Un hombre se mueve lentamente a través de los pasillos, murmurando algo. Lleva un libro entre sus manos y levanta varias veces la cabeza, como si estuviese olfateando el aire. Está desesperado, se le nota en los movimientos que hace al caminar. Al escuchar con mas atención oímos que esta diciendo un nombre.

— Nadia, Nadia, Nadia… — Gime suavemente el hombre.

Mira el libro pero no es capaz de leerlo, las palabras se mueven solas, como un nido de serpientes negras en medio de un mar blanco. Y se siente impotente porque sabe que dentro del libro está la respuesta a una pregunta que ya ha olvidado.

Continúa su camino y entra en la estancia donde estábamos hacía solo un momento. Apaga la hornilla y agarrando la arepa caliente le da un mordisco. Se quema un poco pero es soportable. Llega hasta la habitación de las sillas amarillas y se queda parado, arepa en mano, buscando. Se sienta y hunde la cabeza entre los codos. No es capaz de comprender lo que le está sucediendo, porque de la nada su cerebro, aquel que consideraba su más íntimo y fiel amigo, ha decidido darle la espalda, dejándole solo en aquella casa de paredes azules, sillas amarillas y rosas a medio crecer.

Unas llaves suenan en la puerta principal y él, agitado, se levanta a ver quién puede ser. Una mujer lo saluda y deja un par de bolsas en el recibidor de la entrada mientras cierra la puerta. La cara es tan familiar que trata, infructuosamente, de conseguir el recuerdo en aquel amasijo de conceptos que llama mente. La mujer se acerca a él, lo agarra de las manos y lo besa. De la nada cada imagen lo impacta con una fuerza arrolladora y recuerda. No sabe cómo lo ha conseguido pero ahora todo es claro.

— Nadia… — Susurra.

La mujer sonríe y se devuelve a recoger las bolsas.

— He comprado varias cosas… Una linterna y varias pilas desechables, porque uno nunca sabe…

Él escucha su parloteo mientras observa cómo coloca las compras en la mesa. Sigue sin recordar la pregunta, pero ya no es necesario. La respuesta esta ahí, sacando baterías de litio y una mantequilla de una bolsa.

M. Figuera

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Soy un libro de sangre. Lectora compulsiva, escritora sin talento y estudiante de enfermería. Venezolana. Narë. https://twitter.com/naremf/

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