La soga
Miró el reloj de la iglesia por entre los agujeros de su máscara, el viejo minutero marcaba las 5 y 50, respiró profundo. Hoy era especial, no por la víctima, el público, ni la presencia del rey, sino porque era su último día al servicio de la muerte. Volvió a la soga, la tensó un poco más y esperó a que llegara el desgraciado.
Una mujer apareció por entre la multitud con la cabeza altiva, amarrada con doble nudo y arrastrada con brusquedad por los frívolos soldados. Todo el pueblo la miraba con curiosidad, era la primer condenada a muerte que se había visto. “Debió hacer algo terrible”, “¿Será una prostituta?” “Seguro es bruja”, murmuraba la gente.

Él sabía quien era y no, no era puta, ni bruja, él lo sabía. La postraron a su pies y como acostumbraba su orgullo, no pidió clemencia, tampoco lloró, solo lo miró profundamente buscando algún porqué, él respondió, la miró sin piedad como acostumbraba hacer, ella lo reconoció, su dignidad cobró aún más fuerza. La respiración se le empezó a entrecortar al verdugo más temido del reino, los ojos verdes de la acusada lo acababan de desnudar, su máscara era un simple trapo ahora.
Él lo recordó todo, el día que la conoció y lo mucho que la amó, de sus recuerdos lo despertaron los gritos del pueblo, que le exigían cumplir con su deber. Pero él no podía dejar de ver esos inquisidores ojos verdes, ahora él era el acusado y también el culpable.
5 segundos bastaron, para que el verdugo decidiera colgarse en la soga que siempre le perteneció pero nunca lo juzgo.
Y entonces, aquellos ojos verdes volvieron a brillar.

