Ruptura

Fue una noche de abril cuando, al ver la Luna más pequeña de lo que recordaba, pensé que mi vista mostraba los primeros síntomas del envejecimiento. Donde antes adivinaba cadenas de cráteres que insinuaban la tortuosa historia de nuestro satélite, ahora apenas distinguía una mancha luminosa.

Al día siguiente leí en las noticias: La Luna abandona la Tierra. Los físicos sabían desde hace tiempo que la Luna se aleja de la Tierra, unos cuatro centímetros al año. Lo que ocurría ahora, sin embargo, era diferente. Según las mediciones de pulsos láser, la Luna se estaba alejando a más de un metro por segundo. Los físicos no se ponían de acuerdo ante aquel fenómeno, pues contradecía todas las leyes de la física conocida. Y, sin embargo, se movía. Aquella noche, con mis viejos prismáticos, pude observar por mí mismo el distanciamiento.

Tierra y Luna habían permanecido unidas durante miles de millones de años en un abrazo gravitacional. ¿Por qué había decidido la Luna romper esa relación? La gente buscó explicaciones. Los científicos modificaron a medida su modelo gravitatorio. Algunas religiones aprovecharon para constatar lo que creían era el castigo de Dios. Y otros, más pragmáticos, creían que la Tierra se había quitado un gran peso de encima. Lo cierto es que, en sólo un mes, la Luna aceleró su marcha y a ojos desnudos pasó a ser una estrella titilante más en el fondo de la noche. Cada vez más nimia, los días se hicieron más largos y las mareas se extinguieron. La Luna no se fue sola. Con ella también marchó su mito, el sueño de los hombres para los que, durante miles de años, ella fue luz en la noche.

Un año más tarde, desapareció.