Memorias del gran eclipse americano

Sólo en el estado de Missouri, Estados Unidos, puedo ir en auto a Cuba o a California en dos horas. Es un chiste que sólo se entiende si estás familiarizado con los pueblos del estado. Como yo, que vivo al sur de allí en Arkansas, y soy un amante de los viajes en carretera, donde cada fin de semana es una oportunidad para guiar hasta 6 horas al día (el límite que me impongo para que sea seguro y placentero). Así puedo disfrutar de bellezas naturales y curiosidades a lo largo de la ruta.

Dos semanas antes

El Gran Eclipse Americano, así llamado por los medios estadounidenses, ocurriría un lunes. No me importó. Siendo un evento que podría observar en su majestuosidad total por primera vez en mis casi 60 años y a tan sólo cuatro horas de viaje en auto, lo traté como un deber el estar allí.

La maquinaria de mercadeo estadounidense hizo énfasis en el cono de oscuridad total de 70 millas de ancho que atravesaría la nación desde la costa oeste a este, tocando varias capitales estatales. Millones de personas se entusiasmaron, agotando camisetas y gafas de seguridad dos semanas antes del evento. Los medios de comunicación se llenaron con historias de pueblos que por tres años se prepararon para recibir visitantes en cantidades hasta veinte veces más allá de su población normal y agarrar la bonanza económica resultante. Las autoridades federales, estatales y municipales tendrían que enfrentar a las muchedumbres y el tráfico vehicular. Distritos escolares usaron de sus fondos educativos para comprar gafas por miles para sus estudiantes

Hoy

Queriendo huir de todo eso, decidido a evitar las muchedumbres y el tráfico, seleccioné estratégicamente a Springfield, Missouri como el lugar donde pasar la noche anterior. Así, armado con lo último en pronósticos meteorológicos, decidiría a primera hora de la mañana de hoy lunes: ¿hacia Cuba o California? Me vi tentado a seguir hasta la capital, Jefferson City, donde habría eventos especiales y decenas de miles de observadores como yo, además de un minuto adicional de oscuridad total. Pero escogí a California, y a ésta sobre Cuba, por lo que no tendría nubes y algarabía. El pronóstico meteorológico de Cuba indicaba sólo un 20% de probabilidad de lluvia, pero en mi ingenuidad con estos asuntos era para mí indicio de un 100% de nubes.

Y por eso, ahora me encuentro en las coordenadas 38.620434, -92.563908, también conocidas como el Parque del Lago Proctor en California, Missouri con una población de 4,278 habitantes.

Tiene que venir un evento celestial tan célebre como éste para justificar estar a la intemperie por horas y, en la sombra de un frondoso roble, sobrellevar la alta humedad y un calor de 90°F que sólo la brisa hace soportable. También ayuda tener en las manos un slushie azul de sabor cítrico indescriptible. El slushie vino de la primera parada en California, en el Moniteau County Fairgrounds, donde me detuve buscando camisetas y un baño. De lo primero no conseguí, pero lo segundo sí. Gracias a Dios, porque aguantar las ganas por horas, sólo por ver el sol, sería ridículo.

Aparte de unas molestas y diáfanas nubes en lo más alto del cielo, estoy como yo quería. Al frente un amplio pasto verde, cortado y limpio, al tope de una pequeña colina que en la lejanía baja hasta un lago. Frondosos robles con abundante sombra, pero entre ellos áreas abiertas de pasto donde disfrutar del espectáculo directamente arriba de mí.

Ya la luna cubre la mitad del sol y la intensidad del calor ha bajado. Las cigarras han empezado a cantar. Hay más gente observando el cielo. Todos los árboles a mi alrededor cobijan con su sombra a una familia. Gente de todas las edades y blanca piel, no veo diversidad. En esta área rural del centro de Missouri es lo más común. No estoy juzgando ni opinando, sólo hago una observación. Si fuera reportero o estuviera en una actitud diferente, estaría caminando por ahí, hablando y entrevistando personas para hacer esta historia más amena.

Hay un grupo de diez personas, jóvenes y mayores, alrededor de un telescopio. Varios con camisetas negras conmemorativas del eclipse. O la pareja (él en anaranjado, ella rubia con ropa negra) que ha estado las últimas dos horas bajo el sol. O el grupo familiar de doce, desde niños hasta abuelos, todos en robustas sillas de patio, no portátiles, alrededor de un árbol e incluyendo una mesa. Vinieron preparados con comida y bebida, y a las doce en punto se repartieron. O las dos rubias, «chicas» en sus sesentas, en pantalones cortos y camisetas sin mangas, que me pidieron las retratara posando en el Mustang convertible que habían guiado desde Wisconsin. ¡Como me hubiera gustado hablar con ellas! De seguro tendrían historias interesantes.

Con las gafas de plástico y cartón encima de mis espejuelos seguí admirado cómo la luna se interponía entre el sol y yo. Pero el sol no cejaba en su empeño de darnos vida, con su luz y calor, de modo tal que no fue hasta que quedó casi totalmente cubierto que pude moverme a campo abierto, donde sentado puse toda mi atención hacia arriba.

De repente llegó el amanecer o… ¿el atardecer? No sé como interpretarlo. La oscuridad, aunque no total, hizo que los faroles de seguridad se encendieran. Las cigarras cantando con más ahínco. El cielo, el horizonte y las nubes, a la una con trece minutos de la tarde, adquirieron los colores y la tonalidad que asociamos con la bienvenida, o despedida de un día.

Ni siquiera la luna tapando el sol en su totalidad pudo disminuir su majestuosidad. Ése fue el minuto y medio que hizo a este viaje de cuatro horas que valiera la pena. Miré la corona, brillante, alrededor de un perfecto círculo negro directamente sobre mí. Ya no hacían falta las gafas protectoras. Mis espejuelos fueron lo único entre mi vista y ese espectáculo celestial que nunca había presenciado. Estar presente, respirar, absorber con todos mis sentidos el momento. Tomé algunas fotos rápidamente como prueba y recuerdo del tiempo y lugar. Miré a mi alrededor para recordarlo el resto de mis días. Oí aplausos a la belleza del momento y el privilegio de observar y estar allí. Por minuto y medio nada más importó.

De regreso

Volvió el sol a dominar después de esa infinitesimal interrupción. Volví a las pequeñeces de la vida y la realidad. Recogí todo, sillas, agua y entremeses. Volví al auto y salí antes de que las decenas de personas en el parque hicieran lo mismo. Eran cuatro horas de carretera para volver a mi casa y ya había planeado una ruta no recomendada por Google Maps o el GPS empotrado en mi Acura, pero recomendada por mí, para explorar rutas no antes visitadas.

Dejando atrás a California, y en ruta sur-este con destino final Arkansas, pasé por Versailles, Stover, Cole Camp, Lincoln y Warsaw. A ambos lados de la carretera sólo vi cultivos de maíz y soya con alguna que otra granja. Éstos no son los Ozark, con sus colinas y pastos ganaderos interrumpidos por hileras de árboles y bosques. Pasé pueblos de un minuto (el tiempo que toma cruzarlos a 25 mph), que habían visto tiempos de abundancia, pero todavía muestran con orgullo su pasado a visitantes como yo, que no se detienen a ver los detalles por el apuro de vencer el tráfico.

Tengo que notar mi decepción al no poder detenerme en Cole Camp. Noté justo en la entrada la tienda de Navidad con San Nicolás en el techo y una placa histórica reseñando la descendencia alemana de sus pobladores. A ambos lados de la intersección con la calle principal se veían edificios rústicos acogedores que tentaban a detenerse y curiosear. Me gustaría pensar que los podré visitar en otra ocasión, pero está fuera de mi ruta cuando visito el área y es de esos sitios que tendría que planear específicamente para visitarlos, pero no tanto como un viaje de cuatro horas con exclusividad.

En Warsaw le entregué al Acura la decisión de la ruta de regreso a mi casa, escogiendo entre tres opciones la amarilla, más larga pero interesante, no visitada antes. Y así fue hasta llegar a Springfield donde la carretera 60 era para mí conocida y despreciable, con muchas luces donde detenerse y tráfico pesado que me pone de mal humor. Lo único bueno de la ruta son sus tramos que expanden la ruta en dos carriles para permitir pasarle a otros vehículos. Como un buen conductor que sigue recomendaciones, pisé el acelerador del Acura para alcanzar las 100 millas por hora y así volver a un sólo carril con la menor cantidad de autos en frente de mí. Los tráiler tractor son particularmente molestos porque, además de ser lentos, bloquean el paisaje hacia el frente. ¿De qué sirve un paseo para frenar y mirar una caja de metal? No es ningún prejuicio u ofensa a sus conductores, personas honestas y trabajadoras, pero no puedo evitar sentirlo. Sé que es un trabajo importante.

Gracias a Dios, cansado y contento por un viaje sin incidentes y con objetivos cumplidos, llegué al hogar para volver a la rutina de sobrevivir un día más y agradecer lo que tengo.

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