Sobre la mirada de la palabra y el reflejo creador: unas reflexiones sobre la novela “El libro de la almohada de Sei Shonagon”.

“Oscurece y casi no puedo seguir escribiendo y mi pincel está gastado. Sin embargo, yo quería agregar unas cosas antes de concluir.
Escribí estas notas en mi casa, cuando tenía mucho tiempo libre, y por lo tanto nadie se enteraba de lo que estaba haciendo. He incluido cuanto he visto y he sentido ya que mucho de lo que hay en él puede parecer maligno o aun perjudicial para otros, tuve cuidado de ocultarlo. Ahora se ha hecho público, que era lo último que yo podía esperar.”
“Después de todo, lo escribí para divertirme y puse las cosas exactamente como ocurrieron. ¿Cómo podrían mis apuntes compararse con los muchos libros memorables que existen en nuestro tiempo? Los lectores han declarado, sin embargo, que puedo enorgullecerme de mi trabajo. Esto me sorprendió mucho, pero supongo que no es tan raro que a la gente le guste mi obra, porque como se desprenderá de estas notas, soy la clase de persona que aprueba lo que otros aborrecen y aborrece lo que les gusta. Piense lo que piense la gente de mi libro, todavía me arrepiento de que haya visto la luz.”

El anterior es de uno de los pasajes más intensos e íntimos de la novela “El libro de la almohada” de Sei Shōnagon, en el cual la autora analiza su necesidad de creación. Y lo hace desde una sensibilidad sentida y contemporáneo. No es el único en un libro de enorme complejidad emotiva pero que también, recorre lo cotidiano desde cierto método expresivo caótico de sorprendente efectividad. A primera vista, se trata de una narración moderna y cercana, que refleja esa inquietud de nuestra época por lo que se oculta bajo lo que somos y lo que pretendemos ser. Eso, a pesar de los casi mil años que han transcurrido desde su publicación y sobre todo, el hecho que su autora era miembro de una jerárquica, restrictiva y muy machista corte del Japón imperial. No obstante, su poderosa visión sobre el quehacer literario demuestra la convicción de su autora sobre el valor de la independencia intelectual y su capacidad para reflejar la época y el mundo que le rodea. Con una conmovedora profundidad, Sei Shōnagon analiza no sólo la circunstancia que le rodea sino esa intimidad invisible que dota a su relato de una rara vitalidad. No sólo se trata de contar, dirá más adelante la escritora, sino de utilizar las palabras como un reflejo del recuerdo vivo de lo que somos.

Sin duda, Sei Shōnagon simboliza el enigma japonés. O al menos, esa es la percepción romántica e idealizada que se tiene: Una especie de delicadísima escena entre tatamis y árboles de cerezo, apenas entrevista entre un silencio reverencial. Tal vez deba a que la mayoría de las nociones sobre el Japón que han sobrevivido a esa ancestral discreción social, sean sobre la época Feudal y sobre todo, acerca de las enigmáticas relaciones entre el poder, el arte, la belleza y el honor del llamado Japón Heian, etapa histórica que parece resumir toda una percepción sobre lo que lo que Japón es y más allá, cómo se percibe más allá de sus fronteras. Japón, como idea cultural pero sobre todo, creación imaginaria de Occidente, es una mezcla de ideas y visiones más o menos incompletas sobre una sociedad basada en iconos que en la mayoría de las casos, no logran definir a una sociedad tan compleja y profunda como la nipona. Una perspectiva que simplifica esa noción sobre los extraños elementos que la conforman y lo que asumimos sobre ella.

Por ese motivo, una de las pocas características que trasciende de la cultura Japonesa, sea el misterio y las limitaciones que sufre el sexo femenino. La percepción nos llega desde la perspectiva de nuestra cultura y se crea a partir de nuestros prejuicios. La mujer japonesa se asume como una criatura frágil, sufrida y melancólica, que deambula de un lado a otro de la historia nipona, envuelta y sujeta por el prejuicio de una cultura que la menosprecia. Y no se trata de la percepción sobre el tradicional machismo japonés — lo cual es por cierto, parte de la historia del país — sino de su habitual concepción de la mujer como elemento marginal de la sociedad. No obstante, aunque nadie duda que Japón fue y es una sociedad machista donde las mujeres formaban parte de una significativa idea de obediencia, tampoco es menos cierto que la obediencia, la sumisión y el respeto parecen ser elementos indispensables para comprender la cultura japonesa en su totalidad y sobre todo, con la profundidad necesaria para lograr hacernos una idea real sobre su historia y sociedad. El papel de la mujer japonesa tiene un especial significado en este intrigante interpretación cultural japonesa, donde el enigma y lo sugerido crean una nueva percepción sobre lo real.

Sin duda, todo lo anterior hace de “El libro de la almohada”, de Sei Shōnagon toda una rareza no sólo dentro del Japón histórico sino de la literatura Universal. No sólo se trata de la descripción más precisa que se tiene sobre los entresijos de las Cortes Niponas medievales — que ya de por sí, lo haría toda una excepción a esa cultura del silencio tan japonesa — sino que además está escrito por una mujer. Y no cualquier mujer: Sei Shōnagon era la hija del Gobernador Provincial Kiyohara Motosuke, lo que hacia una observadora privilegiada del poder y sus intrincadas implicaciones. Es ese particular punto de vista lo que permite a Sei Shōnagon no sólo contar la historia sobre la Corte japonesa sino además, mostrar de manera muy clara la época en que le tocó vivir. Sei Shōnagon nació en un momento de enorme florecimiento de la cultura de su país, luego de largos años de una notoria influencia china. El país que muestra y describe no sólo es de incomparable belleza, sino la visión de un país que recupera con lentitud su identidad cultural.

El Japón de Sei Shōnagon es de un refinamiento que deslumbra, obsesionado con la estética, la belleza y el lujo, pero sobre todo con los elementos que lo definen. Una visión puertas adentro casi claustrofóbica:. La corte en la que la autora habita, no tiene el menor interés por los asuntos militares, sociales e incluso, por la existencia de otras Cortes semejantes a las suya. Existe en una plenitud inmediata y ajena, aislada entre sus propias batallas, luchas e intrigas. Los miembros de la Corte disfrutan de una existencia privilegiada, etérea, por completo desconectada de la realidad de la pobreza, los terrones de las luchas internas que sacuden al país, incluso la muerte. En la Corte de Sei Shōnagon la vida transcurre plácida, entre sedas, perfumes, el lujo de su indumentaria. Nada parece tocar la belleza ingrávida: la vida en Palacio parecía reducirse a una eterna ensoñación de lujo y estética que ningún hecho externo parecía tocar.

No obstante, la Corte misma es en realidad un pequeño hervidero de intrigas y enfrentamientos palaciegos: una percepción en miniatura de lo que en ese mismo momento ocurre en el Japón histórico. Y es allí donde el papel de Sei Shōnagon crece en importancia: La autora no solamente cuenta de los sucesos de los cuales es testigo sino además, analiza sus implicaciones. Lo hace con la profundidad no sólo del observador, sino con el conocimiento de quien interpreta lo que vive con una lucidez meridiana. Es entonces, cuando se re descubre un inesperado papel de la mujer en la cultura japonesa, mucho más crucial que hasta entonces nos ha contado la historia. Sei Shōnagon utiliza el idioma creado por y sólo para mujeres, el célebre Kana, para relatar con perspicacia y sentido del humor, los concursos poéticos, la música, los peinados y la vida en común que eran parte del ambiente cerrado y exclusivo de la corte. Pero también, describe con inusual buen pulso las ambiciones y dolores, los furiosos enfrentamientos entre cortesanos. Todo un universo de contrastes que parece mostrar un rostro oculto y fascinante de la cultura Japonesa. Uno que sorprende por sus cientos de matices y profundidad.

La mirada de Sei Shōnagon lo abarca todo: desde las puntillosas descripciones sobre las estaciones, las escenas cotidianas hasta sus reflexiones sobre la época que asume “inolvidable y maravillosa” por el sólo hecho de crearse y así misma. Como suele ocurrir con cualquier obra artística Japonesa, hay una ligera melancolía en las descripciones, una noción fatalista que ensalza la fugacidad de lo bello, que admira la fragilidad de la vida en contraposición a lo absurdo y a lo inmutable. La autora, con una precisión y habilidad que sorprende, engloba esa comprensión del mundo en su fragilidad y construye una historia que parece nutrirse de la agudeza intelectual de la una mujer que comprendió el delicado equilibrio entre lo eterno y lo inmediato. Para Sei Shōnagon la Corte no sólo representa al mundo, sino que en cierta medida lo es y se afana en elaborar una idea elaborada a partir de esa universalidad. Si ocurre en la Corte, por tanto ocurre en el Universo entero. En su belleza y tragedia, la visión de Sei Shōnagon resume esa percepción medieval sobre el hombre que trasciende a su finitud y crea un mundo a su medida. En la Corte, todo ocurre y nada pasa. Las mujeres dedican su tiempo a leer y a escuchar relatos populares, a reír y a enfrentarse entre sí por vanidad y por necesidad. Y en medio de ese ambiente tan abrumador quizás, surge ese reflejo del Japón divinizado, construido a mitad de camino entre el romanticismo y la concepción de un país obsesionado con su propia historia.

Quizás lo más sorprendente de “El libro de la Almohada” es que no se trata de una obra única, sino de un género del que sólo sobrevivió uno de sus más significativos exponentes. En la obra, es notoria la influencia de cuentos e ilustraciones similares, que dejan muy claro que la costumbre de escribir y narrar era parte de la espléndida vida de la Corte, de esa existencia donde la mujer parecía ser la principal testigo de la vida que transcurre y se transforma con una lentitud casi majestuosa. Historias que se entrecruzan entre sí, que crean una mirada fresca sobre una percepción siempre a medias tintas sobre una cultura que no se prodiga con facilidad. Una y otra vez, el libro muestra ese otro Japón, que parece contradecir esa imagen arraigada que cultiva Occidente, cautivado por si misterio. Una donde la belleza lo es todo, pero también, la profundidad de esa necesidad de comprenderse así misma a través de su simbolismo. Entre una y otra perspectiva, Sei Shōnagon muestra una versión nueva, asombrosamente cercana y lo que resulta aún más conmovedor, sensible sobre el Japón desconocido. Una mirada a lo simple de lo cotidiano que aspira a la trascendencia de lo histórico.

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