Y nuevamente, la soledad

Imagen: Everybody’s fine

A la primera persona que se acerque, juro que con ella me voy a desahogar.

Porque no hay nadie más.

A veces siento que tengo un millón de cosas por decir, que se quedan en mi cabeza, y como hay tanto material almacenado no me generan más que un terrible dolor de cabeza.

Quisiera poder tener la libertad y la confianza de contarle a alguien todos esos miedos, inquietudes e incluso molestias que pasaron en mi día, así como las ideas, anhelos y proyectos de un futuro no tan lejano. Pero parece que no hay nadie.

Por un lado, está mi pensamiento de que tal vez a la otra persona no le interesa en lo más mínimo lo que tengo que decir, así como también está el hecho de que sé que no entenderá mucho de lo que siento.

Además, si realmente a alguien le interesara se notaría. Y no estaría todas las noches, tras llegar al trabajo, resintiendo ese vacío. Guardando todo lo que quisiera expresar. Guardándolo todo.

Y el dolor de cabeza crece, se hace presente. Y no hay nadie.

La soledad se vive de muchas maneras, aunque supuestamente estoy inserto en un entorno de convivencia con gente a diario, tanto en la oficina como en casa, realmente no hay un nivel de convivencia significativo.

Por lo que resiento esta soledad, la cual no es del todo mala. Pero cansa. Más cuando tienes un atisbo de esperanza, de que está por terminar y sin embargo la realidad es que no era así, y más bien se acentúa.

Sé que ya lo he escrito, pero quisiera tener con quien compartirle, por ejemplo, la sorpresa que me llevé al llegar a mi casa y ver a un cachorro en el patio, así como también poder hablar de mi enamoramiento casi adolescente que ni yo mismo comprendo y que a veces me es totalmente indiferente.

Pero por lo pronto escribo, porque es la única manera de quitarme un poquito este peso, de mitigar el dolor de cabeza. La escritura como ejercicio catártico.