Los Cánones de Dort

Sínodo de Dort. El Sínodo de Dort fue un sínodo nacional que tuvo lugar en Dordrecht, en Holanda en 1618/19, por la Iglesia Reformada Holandesa, con el objetivo de regular una seria controversia en las Iglesias Holandesas iniciada por el ascenso del Arminianismo.

Todo el mundo conoce el acrónimo TULIP, pero no todos saben de dónde proviene este acrónimo. Los Cánones de Dort están entre las más conocidas, aunque no leídas, deliberaciones de cualquier Sínodo Reformado. Los Cánones son más que cinco letras. Los Cánones enseñan una doctrina pastoral de gracia y proveen un modelo para el manejo adecuado del Evangelio.

Los Cánones (reglas) del Sínodo de Dort fueron escritos luego de años de controversia entre las Iglesias Reformadas en Europa y Gran Bretaña. A finales del siglo dieciséis, las doctrinas Reformadas acerca del pecado, la gracia, la justificación, la expiación, la perseverancia y la seguridad [de la salvación] enfrentaron una creciente resistencia. Durante este tiempo, James Hermanson (c. 1559–1609), conocido por nosotros como Jacobo Arminio, era estudiante de la Academia de Ginebra, donde demostró compromiso y no precisamente evidencias obvias de heterodoxia.

Las preguntas acerca de la doctrina de Arminio se levantaron de forma temprana en 1590, pero Jacobo contrajo matrimonio muy bien y sus benefactores le protegieron. Cerca de 1594, él desarrollo una nueva lectura de Romanos capítulo 7, en la cual argumentaba que Pablo no podía estar describiendo a una persona regenerada. Para 1596, luego de estudiar Romanos capítulo 9, concluyó que la inclusión en el Pacto de Gracia no estaba determinada solamente por el decreto soberano de Dios, en vez de eso, la voluntad de Dios ha sido la de aceptar a aquellos que buscan de Su aceptación por medio de la fe. Ese fue un movimiento astuto. Aparentemente, él defendía la justificación por fe, todo mientras redefinía la doctrina de la Elección y la definición de fe. Con el pasar del tiempo, sus opiniones comenzaron a ser más conocidas. Los pastores confesionales y teólogos en los Países Bajos y otros lugares comenzaron a hacer sonar la alarma. Se llevaron a cabo diálogos y Arminio habló conforme a la verdad, dejando a los ortodoxos incómodos, pero sin pruebas contundentes del error. A pesar de las dudas que le rodeaban, los regentes de la Universidad de Leiden designaron a Arminio como profesor de Teología. Casi inmediatamente, Arminio se volvió controversial. Se reportó que enseñaba que Dios elegía a aquellos que de antemano conoció que creerían. Asimismo, levantó cuestionamientos acerca de la doctrina Reformada del Pacto de Obras. En público, sin embargo, Arminio se salía de su camino para concordar con sus colegas ortodoxos.

No obstante, para 1605, los pastores Reformados confesionales pedían la disciplina contra Arminio y su creciente grupo de seguidores (los Arminianos). Los ortodoxos convocaron un sínodo nacional para disciplinar a los Arminianos, pero los políticos se opusieron. En vez de eso, los líderes Arminianos en el gobierno, solicitaron un sínodo para revisar la Confesión Belga y el Catecismo de Heidelberg para hacer que fuesen más amistosos a las opiniones de Arminio.

Arminio murió en octubre de 1609 y la controversia entró en una nueva fase. Los Arminianos publicaron una protesta en contra de las Iglesias, en la cual esbozaron cinco objeciones a la doctrina Reformada. Algunas respuestas preliminares fueron redactadas a principios de 1611, pero fueron los Remonstrantes los primeros en darnos cinco puntos a los cuales las Iglesias Reformadas responderían en el gran Sínodo de Dort.

El Sínodo de Dort por poco no acontece. Fuerzas políticas dentro del gobierno trabajaron fuertemente para prevenir un sínodo nacional para abordar el problema. La crisis teológica amenazaba con estallar en una guerra. El príncipe Mauricio de Nassau (1567–1625), quien simpatizaba con los ortodoxos, llamó a un sínodo nacional. Los Remonstrantes respondieron organizando disturbios en 1617. El principal rival de Mauricio amenazó con la guerra, pero cuando Mauricio llegó a Utrecht (un bastión Arminiano) en 1618 con veteranos probados en batalla, la oposición se derritió.

El grandioso sínodo Reformado internacional fue convocado en Dordrecht, el 13 de noviembre de 1618. Estuvieron presentes delegados de toda Europa y Gran Bretaña. La delegación francesa estuvo notablemente ausente, debido a la prohibición de su asistencia por parte de Luis XIII.

En 1610 los Remonstrantes propusieron éstos cinco puntos:

  1. Elección condicionada a la fe y obediencia previstas [por Dios].
  2. Expiación universal.
  3. La regeneración habilita a los pecadores para hacer el bien para su salvación.
  4. Gracia resistible.
  5. Los creyentes pueden caer y apartarse.

Dado que el sínodo respondió a los Cinco Artículos de los Remonstrantes punto por punto, el orden de los Cánones, no es en realidad el TULIP. El primero de ellos fue el de la doctrina concerniente a la Divina Elección y Reprobación. Junto al apóstol Pablo, Agustín, Lutero y Calvino, el Sínodo estableció que, en virtud de la caída de Adán, nosotros somos tan profundamente pecaminosos que solo merecemos la condenación y no podemos hacer nada para prepararnos para [recibir] la gracia o inclusive el cooperar con ella para nuestra justificación (1.1). El instrumento de la justificación es una fe que abraza solo a Cristo para salvación (1.2–4). Solo los elegidos vienen a la fe (1.5–6). La elección en Cristo es decisión eterna e intransferible de Dios sobre un determinado número de personas para la salvación, y no está condicionada por ninguna cosa en el pecador (1.7–11). Los creyentes encuentran consuelo en ésta verdad, dado que solo los elegidos creen y su fe es evidencia de la gracia de Dios para con ellos. El elegido tendrá, en diferentes formas, seguridad de la gracia de Dios para con él, “no cuando, por curiosidad, escudriña los misterios y las profundidades de Dios”, sino por creer al Evangelio y prestar atención a los frutos infalibles de la elección (1.12). Aquellos que dudan, sin embargo, [deben] “hacer uso de los medios por los que Dios ha prometido obrar en nosotros estas cosas” (1.16).

La segunda doctrina principal enseña que la muerte de Cristo no se limitó a hacer que la salvación estuviese disponible para todos los que deseen, sino que en vez de eso, nuestro Salvador aseguró realmente la salvación de todo Su pueblo. Su muerte satisfizo la justicia de Dios para todos los elegidos (2.1–2). La muerte de Cristo es infinitamente valiosa, pero bajo la intención de satisfacer la ira de Dios por los elegidos. Por lo tanto, la promesa del Evangelio es que “todo aquél que cree en el Cristo crucificado no perecerá, sino que tendrá vida eterna” (2.5). Contrario a la caricatura del Calvinismo, el sínodo dijo que, por Su muerte, Cristo redimió gente “de entre todos los pueblos, tribus, linajes y lenguas; a todos aquellos, y únicamente a aquellos, que desde la eternidad fueron escogidos para salvación, y que le fueron dados por el Padre” (2.8).

La tercera y cuarta doctrina presentada fue combinada para articular la doctrina Reformada del pecado y la regeneración. A pesar de que fuimos creados buenos y justos, nosotros libremente elegimos el pecado y con él, la muerte (3/4.1). Somos tan corruptos por naturaleza que somos incapaces de vivir o elegir libremente a no ser por “la gracia regeneradora del Espíritu Santo” (3/4.3). El conocimiento de la naturaleza y la ley de Dios sólo nos condena (3/4.4–5). Solo el Espíritu de Dios “a través de la Palabra o el ministerio de la reconciliación” levanta al elegido a la vida (3/4.6). Nosotros creemos porque Dios nos ha hecho vivir (y no al revés), pero el Espíritu nos da vida por la operación del ministerio de la Palabra; la proclamación externa del Evangelio es sincera y su promesa sincera (3/4.8,11,17). Aquellos que rechazan el Evangelio son responsables de su elección y la regeneración de los elegidos debe ser acreditada solo a la gracia soberana de Dios (3/4.10,12). La soberanía de Dios no nos vuelve “troncos y bloques” porque el Espíritu obra a través de la Palabra. Ella “nos sana, nos vuelve mejores espiritualmente y nos doblega con amor y a la vez con fuerza […] donde antes imperaba la rebeldía y la oposición de la carne” (3/4.16).

El quinto punto defendió la perseverancia de los santos. Aquellos a quienes Él les otorga el don de la fe, a quienes “regenera por el Espíritu Santo, a éstos les salva ciertamente del dominio y de la esclavitud del pecado” (5.1). Abandonados a nuestras propias fuerzas, caeríamos y nos apartaríamos, pero la gracia “misericordiosamente nos confirma y poderosamente nos preserva” incluso “hasta el fin” (5.3). Algunas veces los creyentes, como David, caen en pecados graves y pierden la sensibilidad del favor de Dios, pero Dios los preserva (5.4–5). Dios nunca le permite a Su pueblo “recaer hasta el punto de que pierdan la gracia de la aceptación” (5.6). Cristo “ciertamente y efectivamente renueva” a Su pueblo “al arrepentimiento, a un dolor sincero y piadoso por sus pecados” (5.7). El Espíritu le garantiza seguridad a Su pueblo, no obstante, éste no es según “alguna revelación peculiar” sino “por la fe en las promesas de Dios” (5.10). La seguridad de la gracia no produce inmoralidad entre los cristianos; sino “un cuidado mayor en observar diligentemente los caminos del Señor” (5.13). Del mismo modo en que el Espíritu nos da vida a través de la predicación del Evangelio, Él fortalece nuestra fe y la asegura a través de los Sacramentos (5.14).

Los Cánones de Dort representaron un consenso notable de las convicciones existentes entre las Iglesias Reformadas sobre las doctrinas esenciales. De hecho, la reforma estuvo en juego. Si el favor de Dios está condicionado por alguna cosa en nosotros, entonces estamos perdidos, porque nosotros estamos muertos en pecados. Si el Evangelio es reconfigurado para incluir nuestra obediencia [como una condición, en vez de una respuesta], entonces ya no es el Evangelio. Si la expiación es meramente hipotética, si los elegidos se pueden perder, entonces la gracia ya no es gracia.

La respuesta del sínodo fue cuidadosa, pastoral y firme. El sínodo concluyó que no es una ayuda a nuestra piedad ni nos brinda seguridad el que nuestra salvación dependa de algo que haya en nosotros. El Evangelio es Cristo a nuestro favor. Los Cánones de Dort son una herencia que debe ser atesorada, pero también debe ser usada en nuestras congregaciones, en nuestras clases de catequesis — doctrina — , y son un ejemplo de cómo responder a los retos.

Por R. Scott Clark. Es profesor de historia de la Iglesia e Historia de la Teología en el Seminario Westminster de California y ministro asociado en Escondido United Reformed Church. Es autor de Redescubriendo la Confesión Reformada.

Este artículo originalmente apareció aquí en Meditaciones Reformadas.