Nuestro Dios Trinitario

La Trinidad es una doctrina incomprensible y, sin embargo, incuestionable en las Escrituras. Como ha señalado Jonathan Edwards, después de estudiar el tema extensamente: “Creo que [la doctrina de la Trinidad] es el máximo y más profundo de todos los misterios divinos” (Un tratado inédito sobre la Trinidad).

Sin embargo, a pesar de que la totalidad de la Trinidad va mucho más allá de la comprensión humana, es sin duda la forma que Dios se ha revelado en las Escrituras como un Dios que existe eternamente en tres Personas.

Esto no quiere decir, por supuesto, que la Biblia presenta tres dioses diferentes (cp. Deut. 6:4). Más bien, Dios es tres personas en una sola esencia; la esencia divina subsiste íntegra e indivisiblemente, al mismo tiempo y eternamente, en los tres miembros de la Trinidad — Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Las Escrituras son claras en que estas tres Personas son conjuntamente un único Dios (Deut. 6:4). Juan 10:30 y 33 explica que el Padre y el Hijo son uno. Primera de Corintios 3:16 muestra que el Padre y el Espíritu son uno. Romanos 8:9 deja en claro que el Hijo y el Espíritu son uno. Y Juan 14:16, 18 y 23 demuestra que el Padre, el Hijo y el Espíritu son uno.

Sin embargo, al exponer la unidad entre los miembros de la Trinidad, la Palabra de Dios de ninguna manera niega la existencia simultánea y el carácter distintivo de cada una de las tres Personas de la Trinidad. En otras palabras, la Biblia deja claro que Dios es un Dios (no tres), pero que el único Dios es una Trinidad de Personas.

En el Antiguo Testamento, la Biblia implica la idea de la Trinidad de varias maneras. El título Elohim (“Dios”), por ejemplo, es un sustantivo plural que puede sugerir multiplicidad (cp. Gén. 1:26). Esto se corresponde con el hecho de que el pronombre plural (“nosotros”) se utiliza a veces de Dios (Génesis 1:26; Isa. 6:8). Más directamente, hay lugares en los que el nombre de Dios se aplica a más de una persona en el mismo texto (Sal. 110:1; cp. Gén. 19:24). Y también hay pasajes en los que se ve trabajar a las tres Personas divinas (Is. 48:16; 61:1).

El Nuevo Testamento se basa en gran medida en estas verdades, revelándolas más explícitamente. La fórmula bautismal de Mateo 28:19 designa las tres Personas de la Trinidad: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.” En su bendición apostólica a los corintios, Pablo subrayó esta misma realidad. Él escribió: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios [el Padre], y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros” (2 Cor. 13:14). Otros pasajes del Nuevo Testamento también explican la gloriosa verdad del Dios Trino (Romanos 15:16, 30; 2 Corintios 1:21–22; Efesios 2:18).

En la descripción de la Trinidad, el Nuevo Testamento distingue claramente tres Personas que están activas simultáneamente. Ellas no son simplemente modos o manifestaciones de la misma Persona (como afirma incorrectamente la teología de la Unicidad) que a veces actúa como Padre, a veces como Hijo y a veces como Espíritu. En el bautismo de Cristo, las tres personas estaban activas simultáneamente (Mateo 3:16–17), con el Hijo siendo bautizado, el Espíritu descendiendo y el Padre hablando desde el cielo. Jesús mismo oró al Padre (cp. Mat. 6:9), enseñó que Su voluntad era distinta de la del Padre (Mateo 26:39), prometió que pedirá al Padre que envíe al Espíritu (Juan 14:16) y pidió al Padre que le glorificara (Juan 17:5). Estas acciones no tienen sentido a menos que el Padre y el Hijo sean dos personas distintas. En el resto del Nuevo Testamento, el Espíritu Santo intercede ante el Padre a favor de los creyentes (Rom. 8:26), como lo hace el Hijo, quien es nuestro Abogado (1 Juan 2:1). Una vez más, la diferencia de cada persona está a la vista.

La Biblia es clara. Sólo hay un Dios, pero Él existe y ha existido siempre, como una Trinidad de Personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu (cp. Juan 1:1, 2). Negar o malinterpretar la Trinidad es negar o malinterpretar la naturaleza de Dios mismo.

Por John MacArthur

Este artículo originalmente apareció aquí en Gracia a Vosotros.