El día que mi blog se viralizó

El recorrido para convertirme en una persona pública

Me desperté en la mañana del domingo 7 de Junio y me di cuenta que más de 2 mil personas habían leído mi blog post en menos de 24 horas. La noche anterior, había recibido varios mensajes de otros estudiantes paraguayos, la mayoría estaba estudiando en el extranjero, me decían que finalmente alguien hablaba por ellos, que alguien estaba mostrando que las cosas no eran solamente blancas o negras, que el sistema era más complejo, que mis palabras le trajeron lágrimas.

Me desperté ese domingo de mañana y mire mi rostro frente al espejo. Observe a una lágrima que caía por mi rostro. Hablar en contra de las injusticias no es fácil. Hablar en contra de las injusticias no soluciona el problema, solo lo expone. Hablar en contra de las injusticias expone tu propio privilegio, el privilegio de tener una voz. Mientras escribes, mientras sostienes el micrófono, mientras gritas en el medio de la multitud, cargas con el peso de tu propia voz.

Al escribir un blog que critica al estado Paraguayo — al gobierno corrupto — y que cita la historia de otro estudiante paraguayo que dejó su hogar para estudiar en el extranjero sin tener recursos para pagar su educación, yo estaba contando mi propia historia. A pesar de la objetividad y neutralidad de mi redacción, yo estaba exponiendo injusticias que yo había visto, algunos de los desafíos que yo enfrente.

Pero mientras las estadísticas de lectores de mi blog crecían exponencialmente, yo al mismo tiempo experimentaba el pequeño gozo de ser escuchado pero el gusto amargo de saber que otros no lo eran. En el transcurso de 24 horas, más de 3 mil personas entraron a mi blog, unos días después, el número llego a 7 mil vistas y fue compartido más de 2 mil veces en Facebook. De esos 7 mil que accedían a mi sitio, más de 3 mil leyeron el post completo, un post con más de 2 mil palabras. Aunque los números no eran tantos — aunque haya otros bloggers que tengan más lectores — yo sabía que era la manifestación de algo significativo.

De alguna forma el sistema ahora estaba dispuesto a escucharme, de alguna forma al no ser más una víctima del estado opresivo y del sistema educativo de mi país, mi voz ya no sonaba como una queja. Las quejas no trascienden. Las quejas no suenan alto en la multitud. Yo sabía que mis palabras no tendrían el mismo efecto si no hubiera incluido el título “Narraciones de un Paraguayo estudiando en el extranjero”, si no hubiera mencionado en los primeros párrafos que yo estaba estudiando en los Estados Unidos, si no hubiera usado un tono gentil, si no hubiera sonado racional, parcial, sin enojo. La crítica al sistema con enojo nunca se escucha, de alguna forma las emociones hacen que el cuestionamiento sea inválido. El sistema no escucha hasta que demuestres tu valor, un valor que reside en el status, en la inteligencia, en la apariencia, en el poder. Mis casi 16 años de educación me permitieron tener una voz, yo la había entrenado — yo sabía cómo elegir las palabras correctas, darle forma a las oraciones y parecer inteligente.

Escribir para mi es catártico, a veces hasta se convierte en una actividad espiritual, las palabras vuelan en mi mente, me desafían. Mientras escribía mi último blog yo oraba, mientras redactaba le pedía a Dios que me ayudara a decir la verdad, mientras unía las oraciones yo intencionalmente perdonaba. Les perdone a las personas que antes no me escucharon. Yo perdone al sistema deficiente que excluye a los paraguayos, que no les permite obtener una identidad pública. Al redactar, me seguía preguntando si debería publicar o no. Yo sabía del poder que las palabras tienen, yo sabía del potencial que tienen de esparcirse, de viajar, y finalmente tocar. Pero exponer nunca es fácil. Mientras buscaba un lugar donde seguir redactando en el edificio en donde vivo, me encontré con otra estudiante internacional de mi facultad, alguien con una historia desafíos, de lamentos, pero también de gozo en medio de todo eso — una historia de redención. Mientras me describía sus batallas, ella confesó con cuidado, con un tono de auto censura “Yo siempre soy positiva en la vida, yo siempre soy optimista durante mis días, pero a veces deseo que la vida fuera más fácil”.

(Todos aprendemos que el sistema no quiere que expongamos las injusticias, todos sabemos que para algunas personas sería incomodo que expresáramos en voz alta que algunos la tienen más fácil que otros. Así que cuidamos nuestras palabras, las reprimimos, creemos que está mal cuestionar, pensamos que nadie nos va a escuchar, tenemos demasiados cosas que probar y demonstrar a los demás para ganar su atención…)

Le dije “No está mal desear eso, no está mal desear que las cosas te fueran más fáciles, que las circunstancias fueran diferentes”. Le dije que su historia era una inspiración para mí, una historia increíble con un potencial enorme para cambiar vidas — una historia que debería ser escuchada. Ella me confesó que desea escribir una autobiografía algún día, yo le motive a que lo hiciera. Esa noche ella me recordó que las historias deben ser compartidas, que tienen poder. Yo seguí escribiendo. El día siguiente llame a una amiga paraguaya que está haciendo una pasantía en Boston — una amiga que vino a estudiar a los Estados Unidos el mismo año que yo. Le conté que estaba criticando al estado paraguayo injusto, que estaba narrando nuestra historia de una manera impersonal, pero que tenía dudas sobre compartirla en la red. Ella me dijo que recordara. Con un tono pacifico pero seguro me recordó de lo injusta que es la realidad, me recordó de la arrogancia de aquellos en el poder, y de la indiferencia de aquellos que si pueden cambiar la vida de las personas pero no lo hacen. Yo me di cuenta que ella también tenía una voz, yo podía sentir el poder en sus palabras. Ambos habíamos cambiado en los últimos tres años. Nuestra educación y experiencias tuvieron el mismo efecto en ambos. Ella me insistió que publicara. La mañana siguiente compartí el blog.

Mientras miraba a mi rostro en el espejo ese domingo de mañana recordé las palabras de mi hermana en la mesa de nuestra casa en aquellos días en los que deseaba que la vida fuera más fácil, en los cuales estaba asustado y frustrado, en los cuales casi renunciaba a mi sueño de ir a estudiar en el extranjero “Nadie te regala nada en esta vida, vos tenés que luchar”. Esas palabras resonaban en mi mente, me recordaban de mi amiga en Boston, recordaba a mi amiga optimista de Dordt que a veces desea que la vida le fuera más fácil, recordé a mi familia, recordé mi privilegio, me di cuenta de lo fácil que mi vida ha sido y sigue siendo. Pero también recordé cuanto costó ganarme mi voz y hacerme escuchar, recordé el costo de mi educación — el estar lejos de casa, de la inseguridad inicial. Recordé que tuve que probarle al sistema que tengo valor, que soy capaz de articular pensamientos, que tengo que expresar mis ideas bajo sus reglas para poder ser escuchado. Recordé los rostros que conforman al pueblo paraguayo, recordé a la gente en los asentamientos, recorde a los campesinos, recordé a los niños en las calles asuncenas. Deseé que su vida fuera más fácil. Deseé que alguien les escuchara.

“Mi larga educación me favorecería. Yo podía actuar como una persona publica — capaz de defender mis intereses, de formar sindicatos, de levantar mi voz — de cuestionar y hacer demandas. Yo nunca voy a saber lo que es el verdadero trabajo […] Su silencio permanece conmigo ahora […] Su silencio cuenta más. Ellos no tienen una identidad pública. Ellos permanecen profundamente alienados. Personas aparte” Richard Rodriguez- Hambre de Memoria (p.138)

El lunes llegó. El blog se siguió compartiendo por Facebook. Irónicamente, mientras trataba de silenciar la voz de mi privilegio, recibí una carta de American Express que ofrecía ampliar el límite de mi tarjeta crédito con letras grandes que anunciaban “Privilegios”. Rompí la carta y seguí trabajando. Recibí un mensaje de texto de mi papa, no habíamos estado en contacto por varios meses — “de repente” yo volvía a existir. Al enterarse que mi blog se viralizó un amigo brasileño me sugirió que ganara dinero por medio del mismo, su voz era fuerte, me sentí tentado a escucharle. Fui incluido en un selectivo grupo en las redes sociales compuesto por estudiantes paraguayos en los Estados Unidos — por más de que fuera el inicio de un grupo más inclusivo sentí que no pertenecía. Estaba enojado con el sistema, enojado con la estructura — el enojo no es racional, el enojo es infantil.

Uno no vale por el mero hecho de existir. Uno mismo, tu identidad singular, no es suficiente. Tenés que ser inteligente, tenés que actuar de cierta forma, tenés que cuidar tus palabras, tenés que tener “onda”, tenes que ser “facha”, y no te olvides que necesitas un título — por lo menos un prefijo anteponiéndose a tu nombre. Tu valor es determinado por tu potencial para el consumo, para el servicio del sistema, para perpetuarlo. Eventualmente eres consumido en esta búsqueda por valor, todos lo somos. La letra de una música escrita por una buena amiga sonaba alto en mi mente, una canción que describe al sistema con elocuentes palabras gráficas. Una mezcla de voces, su voz contra las otras voces, mi voz contra las voces distantes del estado y de los medios en Paraguay:

“Criado rodeado de voces, sus charlas sin fin. Criado confiando en ellas, en las palabras que decían. Ellos escupen las mismas mentiras, todos los días. Hasta que están en nuestas mentes, en replay […] Nunca somos lo suficientemente buenos, nunca soy lo suficientemente bueno, y ella nunca es lo suficientemente buena, para nosotros, para él, para ella. Todo lo que queremos es comer a la belleza […] Consumir la belleza […] nunca somos lo suficientemente buenos para nadie” Por Jerusha Pimentel- Eating Beauty
(Como diría el mercado — “Haz click para escuchar”)

Pero el lunes también me trajo esperanzas. Escuche otras voces. Me reuní con una de mis profesoras de Ingles de mi universidad, le conté lo que me había sucedido durante el fin de semana. Ella me confesó “Yo siempre supe que eras alguien que tenía algo que decir. Desde tu primer discurso yo supe que las personas escucharían lo que tenías para decir”. Al instante recordé el primer discurso que di unos años atrás cuando estaba en una de sus clases intensivas de redacción y retórica. Recordé estar parado frente al pequeño grupo temblando. Después de las primeras oraciones no podía seguir, yo me interrumpí y confesé en voz alta “No puedo hacerlo Profesora”. Ella me respondió gentilmente, “Estamos aquí para escuchar, continua, no te preocupes”. Recordé su confianza en mí potencial a pesar de que no tuviera razones para ello. El saber que no tenía que probarle nada a nadie era liberador: la seguridad resultante de saber que uno es escuchado.

Hay excepciones al sistema. Hay personas que escuchan. Hay personas que creen en otras personas. Hay personas que reconocen el valor incondicional.

El lunes, me recordé de Hechos 10:34 “Ahora comprendo que en realidad para Dios no hay favoritismos”. Me recordé de mi Dios, su compañía incondicional a lo largo de mi camino. Yo recordé a Jesús, no el Jesús que es descrito por el sistema, que nos bendice de acuerdo a nuestros términos, haciéndonos ricos y poderosos, pero aquel Jesús que nos ayuda a encontrar sentido en un mundo dividido — en el medio del dolor. No aquel Jesús que dice que todo está bien, que ya todo es perfecto, pero aquel Jesús que reconoce las enfermedades, las injusticias. No aquel Jesús que tiene un plan para mí, para vos, sino aquel Jesús que tiene un plan para todo el universo. El Jesús que escucha la voz de todos — del rico y del pobre — pero que se levantaba en favor de los oprimidos — los enfermos, las mujeres excluidas…

Sigo caminando, sigo buscando sus pasos, su voz en el medio del caos. Sigo escribiendo.

Al salir de la oficina de mi profesora recordé a todos aquellos que creyeron en mí desde el primer momento, aquellos que siempre me escucharon, aquellos que me valoraban incondicionalmente. Recordé a mi mama, como ella siempre creyó en mí, como ella nunca dudo de que lograría mis sueños. Recordé a mi abuela que nos solía decir a mis hermanos y a mi “ustedes son mis diamantes, Dios no me dio dinero, pero me dio los mayores tesoros que tenía”. Recordé a mis hermanos, como siempre nos protegimos, como nos valoramos. Recordé a mis asesoras universitarias de EducationUSA Paraguay, al profesor de inglés que pidió a dicha entidad que me diera una oportunidad, a mis profesores de inglés de mi universidad que leían y escuchaban mis palabras dentro y fuera de la universidad, a mis profesores de ingeniería que pacientemente escuchaban mis preguntas, recordé a mis compañeros extranjeros — sus constantes palabras de motivación.

Pude recordar como mi voz fue formada, estructurada y desafiada, como adquirí lo que Richard Rodriguez describe como “una actitud mental, una imaginación de mí mismo” (Hambre de memoria- p.137). Yo sé que hay un lector, un oyente, alguien al otro lado de la pantalla prestando atención a mi voz. Yo estoy seguro de mí mismo, del poder de mis palabras. El costo fue alto, el costo fue la distancia, el estar lejos de casa, distante de aquellos a quienes amo. Yo he adquirido la seguridad que una persona publica tiene, yo tengo la opción de hablar o no. Yo sé que mis palabras van a viajar, que van a permanecer y ojala lleguen a tocar. Pero mientras hablo, espero por una realidad diferente, por una estructura que reconozca el valor incondicional, en la cual el sonido de las voces no es señal del privilegio de pocos pero de igualdad. Sueño con la harmonía de distintas voces. Somos lo suficiente buenos, todos somos. Escuchémonos.

“Alexa, y los otros invitados, y probablemente hasta Georgina, entendían el escape de la guerra, del tipo de pobreza que destruye el alma humana, pero no podían entender la necesidad de escaparse de la letargia opresiva de la falta de opciones. Ellos no entenderían porque personas como él, quienes fueron criadas bien alimentadas pero en una constante insatisfacción, condicionados desde nacimiento a mirar hacia otro lugar, eternamente convencidos de que verdaderas vidas sucedían en ese otro lugar, ahora estaban dispuestos a hacer cosas peligrosas, o ilegales para salir, ninguno de ellos con hambre, o pertenecientes a aldeas quemadas, pero simplemente con hambre por opciones y seguridad”. Chimamanda Ngozi Adichie- Americanah (p. 341)
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