La importancia de llamarse equipo

Martes, ocho y media de la mañana. Entro en un bar cualquiera de una ciudad despertándose. Es una semana extraña tras muchos acontecimientos mundiales que mantienen a occidente fuera del universo fútbol, pero aún así, siempre de soslayo, cuando hay un partido de ese calado en el horizonte, aparece una conversación táctica, de sensaciones, de los equipos, casi colándose entre la rabiosa actualidad.

Después de sentarme y pedir mi desayuno, y tras una estupenda sonrisa de la camarera decido ponerme a leer cualquiera de las noticias que encuentro en mi móvil, no tengo nada mejor que hacer, no hay televisión y no tengo manera de distraerme en esta sociedad sobreestimulada.

-Este año si que podemos, es un equipo mas flojo que otros años

-Sí, el Barça esta mucho menos fuerte que otros años, pero mira el año pasado, eran lobos con piel de cordero y acabaron ganando el triplete otra vez.

El Barça otra vez, parecía un lobo con piel de cordero, un equipo más terrenal. Un equipo ganable.

La conversación fluía entre dos aficionados del Madrid. Estaban animados, se sabían capaces, tenían un equipo fuerte y el Barça parecía otra vez un equipo más terrenal, menos endiosado, más ganable. Ese era el pensamiento común, era la idea que nacía en la esperanza de todos los aficionados, socios, abonados y demás simpatizantes blancos en torno a una mesa y un café.

Son las 17:45 de la tarde de un sábado aciago, oscuro, el cielo encapotado y el viento arrecia en mi cara como un cuchillo helado cortando mis labios. Camino saliendo del parking hacia el estadio. Dos cacheos y un cinturón de seguridad corta el ambiente, hace que el deporte pase a un segundo plano, que las ganas de disfrutar se vean ensombrecidas por la necesidad de sentirse atenazado, inseguro… miedo.

La policía, los cordones de seguridad y los cacheos rebajan la sensación de deporte, de tensión, de diversión. Parece mentira que estuviéramos yendo a divertirnos

Entro al campo, el ambiente mejora, el frío se mantiene pero solo hasta que encienden las estufas. Aparecen los equipos, ambos entrenan fuerte, están motivados, con intensidad, sin demasiados gestos de complicidad en el caso del Madrid, sin demasiada algarabía en ambos casos. Se saben en una situación en la que 600 millones de personas están mirando.

Todo preparado para un momento épico. 80.000 personas entregadas a su equipo, y éste recibe el cariño en un pulcro mosaico de un blanco inmaculado, en un cantar común de voces animando

Es un momento sobrecogedor, que si fuera futbolista, en mi humilde entender, me daría ese plus por el que los partidos en casa siempre valen más, la razón por la que jugar en casa del rival te lleva a ganar en caso de empate, la verdad más absoluta de los deportes de equipo. El público es el jugador número doce, y nosotros, cumplimos nuestra parte

Hala Madrid, y nada más cantamos casi a capela 80.000 personas en un grito de ilusión, en un canto en conjunto, en equipo, como no demuestran ser ellos. El público es el jugador número 12, y nosotros, cumplimos nuestra parte

Un equipo encerrado, esperando, aturullado, como si se supieran claramente inferiores, sin entrar al pie, sin morder, sin ganas de jugar. Un equipo que desde arriba se ve apagado, aturdido, acabado.

Pero ese equipo tiene un nombre, un personaje que de grande no entra en su pecho, engominado y sobrevalorado, idolatrado y llevado al extremo de querer compararlo con el resto de 7 de la historia de este equipo, se lleva la palma.

El sábado había 86.001 espectadores viendo el partido. Uno estaba dentro del campo, y portaba un siete la espalda

Parado, en la quietud de saberse sobrepasado, se entrega en el minuto 12 de partido, cuando el Barça elabora jugadas de tres minutos sin que el Madrid huela un balón. Un baño es algo demasiado suave para lo que presenciábamos, impertérritos, en el frío de una noche en la que ir a ver a tu equipo parecía que era literal, jugarse la vida.

Toda la primera parte después, somos ochenta y seis mil los que ofuscados, buscamos respuesta en once, en aquellos que en su mente tienen la capacidad de cambiar algo. Bueno, en once no , en doce, porque hay un señor en un banquillo, que teóricamente es capaz de generar cambios, de intuir el ritmo, de cambiar la historia. Y ninguno de ellos, hace nada.

Cansados, enfadados, empapados en la ira de quién se empieza a sentir humillado, levanto por segunda vez la cartulina, pero esta vez para pedir sangre, para que rueden cabezas, para que no se crean que no somos conscientes de la debacle.

La segunda parte fue un calco de la primera, un buen entrenador es aquel que es capaz de arengar a la tropa y hacer cambiar la mentalidad de un equipo. El que cambia el rumbo, genera el aliento que falta en el minuto preciso, el estratega con el as en la manga. El líder. El verdadero líder. Y ese, ese no existió en el momento en el que se le presuponía.

El partido acaba. Todos pitamos y un rugido ensordecedor atrona el campo entero. No nos permiten hablar, no nos permiten opinar, solo podemos batir al vuelo un gesto de repulsa por no entender el concepto que se espera de ellos, el concepto de cuidar lo que supone jugar ahí, y sin caer en la demagogia de hablar de los sueldos, de jugar con esa ilusión, de todos aquellos como los anónimos de un café mañanero sueñan con disfrutar de un rato de placer, de una punzada de empatía con su equipo, con su camiseta, con su escudo.

Nadie exige una victoria cada partido. Pero si sudor, si ganas, si entrega, si trabajar juntos en un empeño que ella das, con sangre y sudor, acompaña el Bernabéu en cada una de esas grandes noches de las que siempre se habla.

De ahí la importancia, de llamarse equipo.