Darío Fo, en una imagen de 1988.

Dario Fo ha muerto, una tarde con el amigo irreverente de todos

ESPECIALES / El dramaturgo y premio Nobel murió a los 90 años. Esta es la crónica de un encuentro en su casa de campo

Jueves, 13 de Octubre de 2016

Dario Fo recorrió parte de su vida una tarde lluviosa en su casa de campo italiana, cuando las nubes estaban tan bajas que si alguien se hubiera subido a un árbol habría podido tocarlas. Dos años, un mes y once días después, Dario Fo ha muerto. Tenía 90 años. Ha muerto el hijo de un ferroviario socialista y un ama de casa que con su teatro satírico e irreverente fue un revulsivo para los italianos y el mundo occidental, y su pensamiento y palabras un azote para los políticos y la Iglesia. Por eso, al principio, no se creyó mucho aquella mañana de octubre de 1997 cuando le anunciaron que era el nuevo Nobel de Literatura.

Se ha ido aquel hombre que de niño quiso ser pintor, nacido el 24 de marzo de 1926 en Sangiano, Bolonia. A los 17 años se alistó como paracaidista en el Ejército nazi-fascista de la fugaz República de Saló, de Mussolini. En 1952 publicó el primero de casi un centenar de libros: Poer Nano e altre storie. En 1954 se casó con Franca Rame, la actriz, escritora y activista política con la que trabajó el resto de su vida, convertidos en referencia de la cultura y la izquierda italianas.

Hace dos años Dario Fo publicó su primera novela: Lucrecia Borgia, la hija del Papa (Siruela). Y para sorpresa de todos, empezando por la suya propia, reivindicaba su figura y decía que no era tan mala y nefasta como la historia la había pintado. Él investigó, desempolvó papeles, recorrió sitios, habló con expertos y, al final hizo, su propio fresco de Lucrecia. Pocas veces como entonces, el “Nobel rojo” como lo llamaban algunos, reivindicó tanto a las mujeres. Fue en una entrevista que le hice para El País semanal, de EL PAÍS (puedes ver AQUÍ la entrevista completa)

Una tarde de 2014, Fo habló mucho de ese hallazgo que convirtió en novela, y que fue un éxito. Es el martes 2 de septiembre. Es un día lluvioso en Bolonia. Detrás de unos árboles, a la vera del silencioso camino de Sala di Cesenatico está su casa de campo. Sencilla, blanca, de ventanas azules y contraventanas abiertas que dejan entrar la luz serena que regala los últimos días del verano.

El escritor está en la cabecera de una gran mesa de comedor de madera rústica. Está sentado en una silla de madera de toda la vida, de patas firmes y sin adornos. Se levanta a saludar sonriente. Serán dos horas en las que hablará de todo. Siempre con el borde de la sonrisa sobre su cara. Viste un pantalón beige y una camisa azul celeste de rayas blancas, cuyo cuello está oculto por una bufanda de seda roja.

Fo habla de manera pausada. Después de cada pregunta guarda silencio. Nunca se precipita a contestar. Aunque, de repente, puede tomar impulso y hablar rápido, en otros momentos recupera el ímpetu de otro tiempo, es cuando en tres minutos da una clase magistral de política contemporánea y nos invita a ser más combativos: “Hay que decir ¡Basta!”… Sonríe y vuelve a su estado de serenidad.

Fo tiene entonces 88 años. Está lúcido, es rápido de pensamiento, bromista, pero cauto. Su mente no parece concordar con su cuerpo, o con la idea que tenemos de alguien así de inteligente y creativo. Se ve cansado, es de movimientos lentos. “Tengo que cuidarme. Lo mejor ya pasó”, dice como si tal cosa. Un halo de tristeza lo cubre. El año pasado murió Franca Rame, su otra mitad en lo personal y artístico, con quien compartió su vida en los últimos 60 años.

Fo es un un juglar. Con cada respuesta crea un relato, va al origen de todo y desde ahí desencadena una pequeña historia que concluye con el desenlace de su respuesta. Los codos apoyados en la mesa. Su voz clara, pausada, se oye aquella tarde en que el otoño se coló en el verano de 2014, y sus palabras llegan hasta aquí mismo:

“Las verdades nunca son absolutas, porque la misma realidad se encarga de desmentirla y contradecirla”…

“Es un escándalo el que ha producido nuestro ex primer ministro que atesoraba una colección de mujeres y las tenía en una especie de residencia, listas para hacer el amor. Es un proxeneta. Era una organización, un espectáculo como había antes. En el extranjero también hay situaciones parecidas a las vividas en la época de los Borgia”…

“Ahora los gobernantes son pobres de mente”…

“Ahora, todo es dinero, oro, aunque la verdad es que los ladrones no entienden de arte”…

“Nunca habría que ceder… Incluso se juega el prestigio de los intelectuales. La población, la ciudadanía, está atónita, ebria, borracha de promesas, de programas políticos, de tener esperanza”…

“El problema es cómo salir de este impasse. La pregunta es de Premio Oscar… “¡Cómo salir!” … sobre todo porque las cosas están yendo al revés, están yendo de manera espantosa…

“En la antigüedad los judíos estaban dominados por los egipcios, entonces Dios les mandó siete plagas, eso tiene un origen de venganza, claro, pero existe la paradoja… Las siete plagas tocaban la riqueza, la higiene moral, la corrupción… Son las mismas claves de la actualidad… La cuestión que más se parece a las siete plagas es el hecho de cómo se produjeron, cómo llegaron, porque todavía ahora hay científicos que investigan y discuten como locos intentando encontrar el porqué… por qué la sociedad se encuentra en medio de estas dificultades”…

“Para poder salvarnos es necesario volver al valor del ciudadano, a los valores de la generosidad. Ser capaces de alejarnos de la codicia, escapar de ese poder que quiere agarrar cada vez más y más, sin importarle nada. Es necesario dejar de lado el Gobierno, su cultura, su forma de mentir, sus fábulas… ¡Basta! Empecemos a decir: “No os creemos más”; “no os tenemos ninguna confianza, confianza cero… porque ¡sois unos ladrones, sois corruptos, sois inventores de engaños!”…

“NO hay conciencia social para sacar adelante el mundo”…

Su tiempo de la premura ya es historia. Pero es él: Dario Fo. Dos horas después de desandar parte de su vida el escritor y dramaturgo, que tanto desvelos provocó, se levanta para despedir la visita. Camina lento, abre la puerta y los olores de su campo italiano le llegan como una marea.