Antonio Orejudo esta semana en Madrid durante la presentación de ‘Los cinco y yo’, / Fotografía de Winston Manrique

La soledad del escritor antes de salir al escenario, al encuentro con sus lectores

ÁLBUM / Las presentaciones de libros no son el final de un etapa para el escritor, sino el comienzo de otra: la promoción que no parece acabar nunca. Fotografías de Lisbeth Salas

Jueves, 6 de abril de 2017

Los libros no se venden solos. Por muy buenos que sean requieren de una estrategia de promoción donde la primera pieza de esa infraestructura es el propio escritor. El autor termina su obra después de un trabajo solitario de meses o años de escritura, la entrega al editor, la revisan, se imprime y cuando creía que su trabajo ya había terminado y podía salirse de ese mundo… es entonces cuando empieza una etapa que puede ser tan pesada y larga como el mismo proceso de creación. O peor aún: girar todos los días sobre el mismo eje para contarlo a los demás. Es la promoción, el periplo por ciudades para hablar del libro, las rondas de entrevistas con diferentes medios de comunicación, radio, prensa, televisión y ciberespacio; las sesiones de fotografía con cada medio, las mesas redondas con los lectores y así día tras día durante varios días, semanas o meses. Y cuando, por fin, creía que ya podía dedicarse a leer tranquilo o a escribir de nuevo, llega la invitación a un festival literario. El silencio, la soledad y la concentración siguen expulsados.

Hay algunos momentos en toda esta vorágine en que los escritores pueden reencontrarse con la tranquilidad. Son los minutos previos a salir al escenario al encuentro con sus lectores, o los intervalos entre entrevista y entrevista. Con las presentaciones de las novedades literarias de las últimas dos semanas he querido recoger esos instantes fugaces de la soledad del escritor, y mostrar en este fotorrelato las escenas que pueden suceder antes, durante y después de salir al ruedo.

Todo está listo, todos aguardan

Escenario donde se anunció el ganador del XX Premio Alfaguara de Novela, en el Hotel Ritz de Madrid. / Fotografía de Winston Manrique

Las sillas esperan al escritor para que presente su libro, a los conferenciantes para que hablen de una novedad literaria o para que se siente el jurado y anuncie quién es el ganador. En alguna parte cerca de allí, mientras todos posan la mirada sobre el escenario, el escritor pasa sus últimos minutos solo, consimo mismo, pensando quizá en qué diablos ha escrito, en qué entenderán los lectores, en si sus intenciones literarias serán comprendidas, o en la felicidad de contar oralmente lo que ha escrito. Piensa eso mientras se arma de paciencia y se recubre de una coraza. Sobre todo eso y menos o más pensarán los autores en esos momentos fugitivos de soledad antes de que suba el telón.

Esperar junto a otros libros

Eloy Tizón en la librería Rafael Alberti el pasado mes de Marzo. / Fotografía de Lisbeth Salas

Mientras llega el momento de salir, y si es una librería la presentación, el autor no pierde la oportunidad de mirar otros libros. Es lo que hizo en la Rafael Alberti, de Madrid, Eloy Tizón antes de hablar junto a Andrés Neuman de sus cuentos reunidos en Velocidad de los jardines que en una nueva y ampliada edición celebra los 25 años. Un volumen de relatos ya clásicos, editados por Páginas de Espuma.

Leer a otros mientras llega la hora

Elegido un libro de la estantería, el autor invitado y protagonista del acto aprovecha para leer la obra elegida, mientras llega su hora. La surcoreana Han Kang hizo lo propio, también en la Librería Alberti, antes de hablar de La vegetariana (Rata) la novela con la cual obtuvo del Booker Internacional el año pasado. Una novela que le permite decir que “la pregunta fundamental es qué es el ser humano y por qué anida la violencia en él”

Mejor un repaso al propio libro

Guillermo Carnero antes de presentar su poemario, este mes de abril. / Fotografía de Lisbeth Salas

Si unos autores se distraen con libros ajenos, otros prefieren repasar su propio libro. Del que van a hablar en breve. Guillermo Carnero leyó algunos de sus poemas de Regiones devastadas (Fundación José Manuel Lara / Vandalia). Fue antes de que el poeta Antonio Lucas lo presentara en el Hotel de las Letras, de Madrid. Es un nuevo poemario después de ocho años de Cuatro noches romanas. Aquí insiste en la identidad, la memoria, el amor, el fraude de la existencia. Hoy sus versos dicen cosas como esta: “Toda belleza duele y es violencia, / no plácida y tranquila como el fondo de un mar / ajeno a la inquietud de su oleaje”.

Distraerse siempre viene bien

Antonio Orejudo, esta semana en Madrid. / Fotografía de Lisbeth Salas

Antes de que el escritor salga a hablar con los lectores, algunos periodistas lo entrevistan. Antonio Orejudo estuvo todo un día de periodista en periodista hablando de Los cinco y yo (Tusquets), hasta que por la tarde-noche tuvo el encuentro con el público en la Librería La Central, sede Callao, de Madrid. Una novela que parte de las aventuras Los cinco de la escritora Enid Blyton que el autor leyó en su infancia y adolescencia. A ese mundo al que quiso pertenecer y que en un proceso narrativo se acerca ahora. No es nostalgia, más bien ajuste de cuentas con una generación y lo que quiso ser.

La salida al escenario

Ray Loriga al anunciar su nombre como ganador del Premio Alfaguara de Novela. / Fotografía de Winston Manrique

Llega el momento en que el autor debe salir. Y si la espera es por el anuncio del ganador de un premio literario la expectación es mayor. Ray Loriga estuvo un buen rato escondido mientras los invitados comían en el Hotel Ritz. Hasta que llegó la hora del postre y anunciaron el ganador del XX Premio Alfaguara de Novela, presidido por la mexicana Elena Poniatowska. Loriga lo obtuvo este miércoles 5 de abril por la obra Rendición. Luego de que anunciaran su nombre, la puerta por la que todos habían entrado hora y media antes al salón se abrió, allí estaba Loriga. Avanzó entre las mesas, subió al escenario, y entre las cosas que dijo, afirmó que “no saldría de casa sin pensar en Juan Rulfo. Nadie camina sin sombras”. Aseguró que las preguntas que se hace en el libro son: ¿Quiénes somos cuando nos cambian las circunstancias? ¿Quiénes somos de verdad? Una obra que, según el jurado, “es una historia kafkiana y orwelliana sobre la autoridad y la manipulación colectiva, una parábola de nuestras sociedades expuestas a la mirada y al juicio de todos. Una fábula luminosa sobre el destierro, la pérdida, la paternidad y los afectos”.

Entre cámaras está el ganador

Antonio Ortuño, al recibir el Premio de Cuento Ribera del Duero. / Fotografía de Lisbeth Salas

Conocido el nombre del ganador, el escritor pasa al frente y lo primero son las fotos de los reporteros gráficos de los medios. El mexicano Antonio Ortuño lo hizo a la perfección este martes 4 de abril: Antonio, mira aquí; Antonio más atrás, Antonio, sonríe; Antonio, levanta el premio; Antonio, a este lado; Antonio, Antonio, Antonio… No es para menos, obtuvo el V Premio Ribera del Duero de Cuento, de editorial Páginas de Espuma por el volumen de relatos La vaga ambición. La alegría por el mundo del ciberespacio latinoamericano fue total. Según Ortuño, los cuentos narran la vida de Arturo Murray, “casado, con hijas, un poco venido a más, medio conocido y que va llegando a los cuarenta. Revisa momentos de su pasado y presente desde una óptica un poco amarga y otro poco satírica y aborda la escritura desde una óptica descarnada: la de quien, para escribir, sobrevivió al naufragio personal, familiar y laboral, transitó por burlas, miserias, humillaciones y pequeños triunfos y se resignó a un mundo de talleres, entrevistas, contratos, relaciones públicas, envidias, rencores, presentaciones a medio llenar y toda esa broza que todos padecemos y de la que rara vez se escribe”.

Frente a todos

Presentación de ¡Yo, Farinelli, el capón’, en la Escuela Superior de Canto de Madrid. / Fotografía de Lisbeth Salas

Como se ve, los escenarios son variopintos: desde una librería o los salones de un hotel hasta espacios insospechados como la Escuela Superior de Canto de Madrid. Fue el lugar elegido por Jesús Ruiz Mantilla para hablar de Yo, Farinellli, el capón (Galaxia Gutenberg). Lo acompañaron Iñaki Gabilondo y Joan Tarrida, su editor. Bajo una maravillosa lámpara contaron la vida del cantante castrado más famoso de todos los tiempos. Una leyenda en vida que triunfó en toda Europa, y en España, incluso, se llegó a decir que su canto curó la depresión de Felipe V. Una de las voces eternas del Siglo de la Luces que Ruiz Mantilla pidió homenajear en Madrid.

Y tras la vorágine de preguntas y respuestas… el teléfono

Marta Sanz la semana pasada en la Librería Tipos Infames. / Fotografía de Lisbeth Salas

Una vez pasada la soledad de los minutos previos a la presentación, los nervios antes de la salida al escenario, las sonrisas para los fotógrafos, la charla con los lectores, llegan los aplausos el escritor queda libre… O eso cree él, porque es el momento de activiar los móviles y empezar a entrar llamadas de felicitación o el ¿Cómo ha ido? Que lo diga Marta Sanz. Pasó por todo el proceso durante la presentación de Clavícula (Anagrama) en la Librería Tipos Infames. Doscientas o trescientas personas tomaron el lugar. Había gente hasta en la calle y asomada en los escaparates. En alguna parte, al fondo del todo, estaba ella, no se le veía, pero estaba ahí. Pero era su voz. hablana del dolor, sí de lo que qusi contar y transmitir en su novela más íntima y en una línea narrativa inexplorada por ella. Una hora después de charla llegó el momento de firmar libros. Un buen rato después, cuando ya todos tenía su libro firmado, incluso tomado algunas fotos con la autora, irrumpió el mundo exterior en el teléfono. La primera llamada, el comienzo de una nueva jornada vía celular.

¿Sí? ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?


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