Derek Walcott, (Santa Lucía, 1930–2017) / Fotografíade Lisbeth Salas

Muere Derek Walcott, el poeta del mar y el compromiso multicultural

ESPECIAL / El Nobel de Literatura antillano falleció a los 87 años. Es autor de obras como Omeros y Garcetas blancas

Viernes, 17 de marzo de 2017

Yo vivo solo
al borde del agua sin esposa ni hijos.
He girado en torno a muchas posibilidades
para llegar a lo siguiente:

una pequeña casa a la orilla de un agua gris,
con las ventanas siempre abiertas
hacia el mar añejo. No elegimos estas cosas.

Mas somos lo que hemos hecho.
Sufrimos, los años pasan,
dejamos caer el peso pero no nuestra necesidad

de cargar con algo. El amor es una piedra
que se asentó en el fondo del mar
bajo el agua gris. Ahora, ya no le pido nada a

la poesía sino buenos sentimientos,
ni misericordia, ni fama, ni Curación. Mujer silenciosa,
podemos sentarnos a mirar las aguas grises,

y en una vida inmaculada
por la mediocridad y la basura
vivir al modo de las rocas.

Voy a olvidar la sensibilidad,
olvidaré mi talento. Eso será más grande
y más difícil que lo que pasa por ser la vida.

Se fue el poeta que escribió estos versos titulados Desenlace. Murió Derek Walcott (Santa Lucía, 1930–2017). Dramaturgo, pintor y, sobre todo, poeta, obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1992 “por su obra poética de gran luminosidad sustentada en una visión histórica nutrida de un compromiso multicultural”.

Un poeta de esos que crean imágenes para contemplar. Miró atrás, y en ese mirar sus palabras alcanzaron el pasado para que todos fuéramos testigos de ese iluminador reencuentro. Su obra se levanta sobre mitologías, amores, emociones, decepciones, naturaleza, multilingüismo, ilusión, colonialismo, raíces de sus ancestros y, claro, su isla, Santa Lucía y todo lo que ella conlleva por su condición física, espiritual y metafórica y de pérdida como paraíso; y lo que la rodea y le da vida y vida a él: el mar.

El mar, el sonido del mar, sus rugidos que son varios, sus formas que son muchas, sus vientos sobre sus propias aguas, sus vientos sobre todo lo que alcanza, sus olores… El mar que mece su obra.

Walcott publicó en 1990 un poema narrativo muy hermoso titulado Omeros (siete libros divididos en 64 capítulos; donde cada uno consta de tres cantos). Un homenaje a la Odisea, de Homero, pero situada en el Caribe y que va hasta el Atlántico norte reviviendo sus leyendas. Sus palabras van por aquellas aguas empujadas por el antiguo viento griego sin Tiempo.

“El mar fue mi privilegio
Y un pueblo fresco”

Un mar que para él es “un poema épico donde cada línea fue borrada
pero vuelve a escribirse en páginas de rompientes que explotan”.

Y el amor, claro, y El amor después del amor, también:

Un tiempo vendrá
 en el que, con gran alegría,
 te saludarás a ti mismo,
 al tú que llega a tu puerta,
 al que ves en tu espejo
 y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,
 y dirá, siéntate aquí. Come.
 Seguirás amando al extraño que fuiste tú mismo.
 Ofrece vino. Ofrece pan. Devuelve tu amor
 a ti mismo, al extraño que te amó
 toda tu vida, a quien no has conocido
 para conocer a otro corazón
 que te conoce de memoria.
 Recoge las cartas del escritorio,
 las fotografías, las desesperadas líneas,
 despega tu imagen del espejo.
 Siéntate. Celebra tu vida.

Los versos de Walcott hablan con fuerza de la identidad de las Antillas. De la historia, del pasado, del presente de su raza. Merodear por los recuerdos y las ideas que nos han dado forma para descubrir lo que somos y seremos no debe ser fácil. Y ese camino lo hizo Derek Walcott en su penúltimo poemario Garcetas blancas (Bartleby).

En uno de esos poemas rodeado de mar y cubierto de cielo, Walcott crea un fresco vívido al convocar recuerdos, emociones y sentimientos postreros y presentes llenos de sabiduría, mientras avista el horizonte:

Los yates blancos que al sol puesto cabalgan las aguas
 anaranjadas del puerto deportivo y la risa,
 bajo el bauprés, de amarras en la vidriera del mar;
 llega allí antes de que oscile una luz verde en el mástil,
 refluja el castillo de proa mientras el ocaso
 cuelga de sogas y crucetas con un cielo lívido
 como lilas, nublado con espuma de cerveza
 herida por el sol, mientras las estrellas irrumpen
 para ver morir la tarde. Esta hora azafrán, sus luces,
 la habría escrito Dante, tres versos juntos, acorde,
 su tensión, mudos compases que se rizan sacados
 del Paraíso mientras escribe un bote neumático
 versos con el parco metro del golpear de sus remos
 y nosotros, hechizados, casi sin hablar podemos.
 Más feliz que nadie ahora es aquel que con su amigo
 de siempre bebe vino bajo el titilar de estrellas
 y la firme lámpara de arco al final del andén”

Allí estará Derek Walcott.

Acuarela de Winslow Homer, uno de los pintores favoritos de Derek Walcott.

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