Oportunidades en medio del desierto guajiro

Migrante cuenta sus vivencias durante trayecto de Venezuela hacia Colombia.

Alexander Méndez cuenta los riesgos que corrió cruzando la frontera de Venezuela a Colombia en busca de oportunidades. Foto: WFP/Juan Trillos

Buscar oportunidades. Dos palabras que martillaban en la mente de Alexander Méndez apenas regresaba a su casa, impotente, después de más de 8 horas de trabajo continuo cortando y cargando tejas.

Buscar oportunidades. Dos palabras que retumbaban, como el zumbido de una abeja, en los oídos de este venezolano de 32 años, oriundo de Maracaibo, oeste de Venezuela, al ver que su salario, colmado de ceros a la derecha, solo le alcanzaba para comprar una bolsa de harina pan, seis huevos y tres rollos de papel higiénico. Era enero de 2018 y veía que la situación empeoraba.

Fue así como Alexander, en medio del desespero, agarró una pequeña maleta pintada con la bandera de Venezuela y un par de camisetas, pantalones, calzoncillos, unos zapatos de repuesto, le dio un beso en la frente a su esposa Dayanis, a sus dos hijos Miguel y Sara, y salió de su casa repitiendo el mismo estribillo: buscar oportunidades.

El camino por trocha es peligroso. Fotos: WFP/Carlos Diago

Alexander había escuchado que de su ciudad salían varios camiones atestados de gente rumbo a Uribia, la capital indígena de Colombia, en el departamento fronterizo de La Guajira, norte del país. Pero era toda una aventura por el desierto, durante 17 horas. Una moneda al aire. Cara o sello. Un riesgo tan alto como no saber si efectivamente iba a regresar.

“Fue un viaje durísimo. El camión se dañó varias veces. Atravesamos la frontera por un camino desierto terrible, donde me decían que podían robarnos. Salimos a las 9 de la mañana desde Maracaibo y llegamos a Uribia a la 1 de la mañana del día siguiente.”

Y es que las cifras son alarmantes. De acuerdo con Migración Colombia, a agosto de 2018, casi 1 millón de migrantes — entre ciudadanos venezolanos y colombianos, o colombo-venezolanos, retornados — han llegado a Colombia, provenientes de Venezuela, para enfrentarse a lo desconocido, sin más alternativas. Y lejos de sus familias.

De esta cifra, alrededor del 12% están asentados en La Guajira, un departamento con aproximadamente 1 millón de habitantes según proyecciones del Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones. En otras palabras, estamos hablando de alrededor de 3 estadios de fútbol — con capacidad para 36.000 personas — repletas de seres humanos provenientes de Venezuela buscando oportunidades en La Guajira.

Pero estas cifras podrían quedarse cortas teniendo en cuenta que miles atraviesan la frontera de este departamento por alrededor de 110 caminos desiertos e inhóspitos conocidos como trochas, donde impera la ley de la ilegalidad — el contrabando y el narcotráfico.

Fotos: Diego Fernández y Juan Trillos

Alexander logró su cometido: llegó a Uribia. Pero decidió emprender camino, desierto arriba, rumbo a un pequeño corregimiento de nombre Puerto López. Su instinto se lo había ordenado. Hacía 40 grados al medio día y las estrellas de la bandera de su maleta ya no brillaban: la arena rojiza se las había atragantado. Gotas de sudor y lágrimas de recelo limpiaban su rostro empolvado. Decidió refugiarse, apenas caía la noche y salían los grillos en la Alta Guajira, detrás de uno de los salones destartalados del colegio Aula Rural Mixta de Puerto López.

“La primera noche la pasé en el limbo. Al día siguiente pensaron que era un ladrón, me amenazaron, hasta que hablé con la autoridad indígena de la zona. Les dije que venía en busca de oportunidades y negociamos para que les demostrara que podía ser el cuidandero del colegio en las noches. Ellos me dieron comida y refugio en una ranchería”.

Llegaron las oportunidades y ayuda de WFP

La ayuda de WFP a migrantes vulnerables también se ha extendido a las comunidades receptoras, principalmente comunidades indígenas Wayuu. Fotos: WFP/ Diego Fernández y Juan Trillos

Alexander llegó a la comunidad de Warpana, donde se sitúa el colegio en el que se instaló. La situación es difícil tanto para los migrantes como para las comunidades receptoras, muchas de ellas vulnerables y necesitadas también.

“Todo venezolano busca una oportunidad en cualquier parte del mundo. A mí me tocó en Colombia y aquí en la Alta Guajira. Y se me abrieron las puertas para encontrar un pequeño empleo mientras traigo a mi familia. Quizás en el futuro retorne a Venezuela. Pero ahora no.”

Como parte de su respuesta a la crisis de migrantes, en este departamento fronterizo WFP apoya a personas vulnerables a través de kits alimentarios que contienen arroz, aceite, harina de maíz, maíz blanco, fríjol, lenteja, panela, leche en polvo, atún y avena; bonos de canje por alimentos y comidas calientes (desayuno y almuerzo) en 17 comedores comunitarios.

También ofrece una merienda y un almuerzo en 164 colegios y escuelas — un 56% de las 292 que WFP tiene a cargo dentro del Programa de Alimentación Escolar, en apoyo al Ministerio de Educación de Colombia — a donde han llegado miles de niñas y niños provenientes de Venezuela.

Para conocer más sobre la respuesta de emergencia de WFP, haz click en el siguiente enlace.

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Juan Sebastián Trillos

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