Olivetti y sus historias

Insectos que se acomodaban entre los restos de viejos desayunos y almuerzos, las latas de veneno — vacías — con sus despintadas calaveras que recordaban que hace mucho nadie se preocupaba por el lugar, la ropa que se convertía en una segunda alfombra, y entre todas esas imágenes, un prolijo escritorio con pilas de libros bien alineados, una robusta máquina de escribir que resistía a los años, un cenicero que había sido vaciado recientemente, y un arrugado anciano que sosteniendo un cigarrillo apagado, revisaba notas y correcciones de lo que parecía el borrador de un libro comenzado hace demasiado tiempo.

El viejo no sentía los dedos. Quizás era por la mala circulación, la postura encorvada, o la costumbre de escribir durante horas sin parar en esa ruinosa máquina de escribir. A veces hasta se lastimaba por los rebordes de las teclas y sólo notaba la sangre sobre sus uñas cuando esta ya estaba seca. Lo que había comenzado como un hábito de la vejez, «un capricho porque está viejito» según sus hijos y nietos, una costumbre comparable con fumar puros o dedicarse al modelismo naval, rápidamente se instaló como una peligrosa ocupación.

El viejo no hacía nada más. Apenas si comía para que el cuerpo respondiera lo suficiente como para seguir escribiendo. «¿Pero qué escribes, abuelo?» solía escuchar cuando lo visitaban (principalmente para chequear sus signos vitales). «Escribo novelas, cuentos, poemas, a veces algún relato de viajeros y arqueólogos aventureros, recetas, manuales de instrucciones, cartas de amor, cartas de reclamo y cartas de lector, escribo todo lo que quede por escribir», sin hacerse mucho problema respondía.

Los borradores se amontonaban por la habitación y difícilmente se los podía diferenciar de las obras terminadas; todos los montones parecían ser desordenados puñados de hojas. Su familia ignoraba el orden de todos esos escritos, y muy pocas hojas tenían alguna aclaración. El viejo escribía como si supiera dónde debía ir cada palabra y solía repetir la anécdota de que Marx al escribir de puño y letra nunca hacía correcciones, como si sólo transcribiera cartas ya escritas en su cabeza. No le importaban demasiado sus escritos por el piso, y hubiera sido ridículo siquiera preguntar por publicarlo todo.

Aquél sábado se levantó como cualquier otro, casi a las 7 de la mañana, prendió la hornalla y olvidó poner algo en ella. Se sentó a escribir, y pasó al papel aquellas ideas que le daban vueltas luego de acostarse la noche anterior, y antes de abrir los ojos esa mañana. Recordó la hornalla y puso agua a calentar.

La tumba hoy en día lleva encima una escultura de bronce, réplica de aquella vieja máquina de escribir, lo suficientemente detallada como para que se puedan leer aquellas últimas palabras, con todavía una oración a medio armar y la tecla final a medio camino.


La consigna detrás de este escrito era usar las palabras: sangre, escultura, ignoraba, insecto, calavera.

“Olivetti Typewriter” by Arantxa Hernan
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