Volveré pronto y seremos otra vez

Con esa timidez característica me sorprendió cuando salía, y una gotita aquí y otra por allí empezaron a salpicarse las baldosas que tan cuidadosamente esta mañana algún portero habrá limpiado, como todas las mañanas. Seguí caminando, me puse mis lentes oscuros para esconder mi mirada, o quizás para hacerla más interesante, desenredé el manojo de cables que una hora antes todavía era un par de auriculares, intenté acomodar mi pelo para lo que venía. Esperé valientemente en la esquina a que cambiaran las luces mientras las personas tomaban tantas pero tantas decisiones difíciles. Se detuvieron los colectivos y por un segundo la tierra dudó si seguir girando o no, y la luz finalmente se puso verde. Yo sé que ellos sabían lo que se venía, no tenían ni una sola duda.

Las baldosas sin ningún problema empezaron a mutar en aceitosas sartenes y las zapatillas con una suela que no serviría para jugar al fútbol — como las mías — hacían las veces de milanesas que paso a paso dudaban si iban a poder dar el siguiente paso sin darlo en falso. Los colores de todo lo que tenía color comenzaron a cambiar y unos se pusieron más oscuros y otros se dieron vuelta por completo, otros desaparecieron y, quizás por efecto de mis lentes oscuros, se volvieron parte del gris que el cielo sin perder un segundo empezó a desparramar por la ciudad. No puedo contra la tentación… Cada vez que hay un atisbo de felicidad en mi pecho tengo que mirar al cielo. Siento desilusionar a alguno si no busco nada en particular, porque cuando miro al cielo es sólo porque quiero ver el cielo.

En el cielo mismo estaban preparándose miles de gotitas que esperaron toda su vida por ese momento. Casi que podía verlas despidiéndose de sus madres y abuelas, y por qué no padres, hermanos y mascotas, con todo el coraje que toma saltar, prometiendo volver apenas salga el sol otra vez. “¡Este es mi momento de brillar!” creo haber escuchado decir a una gotita antes de saltar a cumplir con su destino, pero el ruido de las bocinas, de los perros, de las viejas de Palermo Viejo y el tic tac de mi corazón no me dejaron oír con toda claridad.

Traté de esquivar todos los balcones, todos los árboles, paraguas y señoritas, para poder mojarme lo más posible. Algo así como cuando en el cumpleaños los chicos entran en contacto con su lado más primitivo y se golpean unos con otros debajo de la piñata; conseguir caramelos es una cuestión de vida o muerte y sólo los débiles se quedarán sin algo. Sólo los débiles… y los que somos más bajitos. Pero la mamá del cumpleañero (o cumpleañera) siempre tiene una bolsita para los que no vimos Rambo tantas veces y una sonrisa para ella sin duda vale la pena. Estoy seguro de que me crucé uno o dos árboles que sonreían. ¡Pero qué lindas las gotitas que se forman arriba de donde pasan los aviones! Y aunque no tengo idea de lo que hacen los aviones cuando llueve, quería sentir las gotas recorrer mi cara antes de llegar abajo, y sin duda no quería tener que ir a buscarlas al suelo.

Otro cruce peligroso sin semáforos y automóviles tan eufóricos como siempre, y los rostros un poco asustados de las personas que no quieren llegar a dónde fuera que estuvieran yendo empapados. Un par de chicas pasaron corriendo y yo pensé en haber tenido un paraguas para dárselo a ellas. En realidad, pensé en que me hubiera gustado tener muchos paraguas para darle a todas esas caras asustadas y a las personas dueñas de esas caras. Algún día, cuando descubra la manera de vender recetas para máquinas imposibles y gane mucho dinero haciéndolo, voy a comprar paraguas para regalar en los días de lluvia. Podría armarme un puestito que pueda llevar bajo el brazo a cualquier esquina de cualquier avenida de cualquier ciudad y cuando escuchara el susurro de las primeras gotitas gritando “¡Jerónimo!” me pondría mis botas especiales para salir a regalar paraguas, tomaría mis llaves, me miraría en el espejo para revisar que todas las partes de mi cara estén en su lugar y me sentaría en mi puestito a gentilmente ofrecerle a la dama y el caballero de hoy una rápida solución a una parte de sus problemas inmediatos. “¿Acaso no quiere usted la solución a un millón de problemitas que están cayendo del cielo ahora mismo?”

Espero no ser malinterpretado, no es que para mí las gotitas se traten de problemitas, pero no van a decirme que la gente estos días no se hace problema con todo. ¿No es así? Sólo miren esas caras de preocupación… Si uno le sonríe al kiosquero las conclusiones que podrían sacarse probablemente tengan que ver con la presencia en nuestro cerebro de moléculas un tanto divertidas y no tanto con la alegría misma de no haber sido atropellado por una estampida de elefantes esta mañana. La gente nunca piensa en todo lo que podría pasar y se termina asustando porque ahora los puerquitos estornudan… A mí me parece un tanto bobo tomarse algunas cosas así, pero al mismo tiempo pienso que la comida más saludable alguna vez diseñada por algún diseñador de comidas es el yogur con cereales, quizás alguien más iluminado en el asunto pueda aportar otra opinión.

Dejando a las chicas atrás, vi a dos señoras que a unos seguros seis metros de cada una empezaron a discutir. Llegué a creer que iba a ser la primera vez en que vería un duelo a muerte de damas con paraguas, pero se limitaron a gritarse palabras que no pude escuchar por la música en mis oídos y abrieron y cerraron sus paraguas desafiando a la otra, cual dos pavos reales con sus coloridas colas, y siguió cada una en su camino, dejando atrás la posibilidad de perder un ojo honradamente.

Los colectivos y los taxis con sus infantiles carreras de semáforo en semáforo seguramente pudieron verme de cuadra en cuadra, siempre terminábamos alcanzándonos al llegar a la esquina, donde valientemente esperaba mientras las gotas más grandes, las veteranas, esas que hace años o quizás siglos que caen y saben exactamente lo que hacen, me empezaban a mojar la remera. Tenía ganas de que todo ese coraje fuera reconocido por el público, gritos de aliento, una hinchada con pancartas y silbatos que me alentara a recorrer las cuadras que quedaban. Pero no necesitaba de nada de eso realmente, es suficientemente gratificante poder ser parte de la coreografía improvisada que ejecutamos el escuadrón de gotitas paracaidistas sin paracaídas y yo.

Mis manos se movían como siempre se mueven cuando camino escuchando música y me es otorgado el control de la orquesta que se monta entre mis oídos y atrás de mis ojos. Golpeo mi pecho con el pulgar mientras muevo la mano como una pandereta y me encargo de la percusión para pasar directamente a tener control total de las guitarras y complicadas secuencias y armonías que puedo tocar sin problemas. Mi mano se queda al lado del bolsillo izquierdo de mi pantalón, donde están las cuerdas imaginarias de las guitarras imaginarias que hacen sonar la música en mi cabeza y tomo firmemente la púa invisible que hace que la magia suceda. Todo esto mientras los demás sólo ven una especie de banda de un sólo hombre que tranquilamente podría tener Síndrome de Parkinson, como tenía mi abuela, mientras recorre de un punto cualquiera a otro punto cualquiera en esta ciudad que le tiene miedo a mojarse.

Me gusta poder disfrutar del espectáculo improvisado que tantas gotitas formadas arriba de donde pasan los aviones se encargan de poner en escena cuando el cielo pasa del azul al gris y al color que los cielos ponen cuando se aburren. Creo que tiene que ver con todas esas señoras y señores, damas y caballeros, protagonistas de revistas y porteros que no disfrutan tanto como yo llegar a casa empapados en valientes gotitas paracaidistas sin paracaídas que lo dan todo por llegar al suelo.

Creo que estaba llegando a la esquina de casa — que aún huele a pintura porque ayer tuvieron que tapar el descontento de unos con pintura de otros — cuando pensé en la electricidad y todos los cables que miran desde unos metros más arriba también esperando su momento de brillar. Pero creo yo que no hay nada que temer.

Si no nos electrocutamos es porque no somos lo suficientemente eléctricos. Yo solía electrocutarme todo el tiempo.

Vector Landscapes” by Roman Dementev
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