Y nunca más rasparse las rodillas al caer

Estaba llegando a la estación de servicio cuando afortunadamente recuperé aquella conclusión de que me encanta vivir y de que todo se arregla sonriendo más. Miré algunos de los autos que esperaban ansiosamente el cambio de luces y traté de distinguir alguno que pudiera reconocer. Por supuesto que no reconocí ninguno, fue una idea absurda desde el principio. Crucé la puerta y los empleados hablaban de algo que no pude entender. Espero no sea que tengo una necesidad innata de entender todas las conversaciones ajenas. Tomé una gaseosa y en el mostrador, haciendo una de esas famosas compras de último momento tomé un chocolatín. Le pagué al empleado mientras la chica linda que a veces atiende y que una vez me hizo ir hasta mi casa a buscar mi documento para pagar con tarjeta de crédito y volver miraba desde un costado. Siempre pienso en esas escenas hollywoodescas en las que uno toma coraje como si se tratara de tirar de un piolín en el bolsillo del pantalón y cuando ella pregunta “¿Algo más?” nuestro personaje le responde “Sí… ¿Me darías tu teléfono junto con esos caramelos?”

Cuando volvía a casa, en la oscuridad interrumpida por las luces de la calle no habían siluetas, no había nada. Creo que alguien desde un auto me miró. Caminé hasta la puerta y no la cerré con llave al dejarla atrás.
Tengo una bicicleta intergaláctica. Si alguna vez olvidé mostrártela es porque la guardo en ese cuartito abajo de las escaleras, el que mi hermana llama el “cuarto del muertito” porque dicen que el antiguo portero — el último que tuvo este edificio — fue encontrado ahí sin vida luego de encerrarse por unas semanas. Parece que lo querían echar y él se resistió. Pero no importa, tampoco sé mucho de esa historia, sucedió cuando yo todavía estudiaba electricidad en el secundario.

Nunca me puse a pensar realmente en lo que sea que la hace intergaláctica. El señor que la vendía, tan seguro de lo que decía, me dijo que perteneció a un tipo importante, a uno de esos que aparecen en todas las fotos con la misma cara y pareciera que nada pudiera afectarles. No me acuerdo bien qué era lo que ese tipo había hecho para ser famoso, pero esas cosas cambian con el tiempo y mejor no detenerse a indagar en el asunto. Quizás en algún momento, cuando este era un mundo de infinitas posibilidades y los cohetes salían todas las semanas llevando y trayendo sueños que evocaban tanta esperanza en los hombres normales, esa bicicleta servía para pasear por la luna. Hoy escuché una canción que decía algo de jugar golf en la luna, no me detuve en ella y seguí con lo que estaba haciendo pero, ¿acaso no sería un poco desesperante ver cómo tu bola se aleja hacia la oscuridad?

Quizás sólo se tratara de un chiste entre los empleados del negocio de bicicletas, pero cuando estaba subiendo las escaleras de mi edificio no pude evitar dejarme llevar por la idea de salir a pasear por el espacio que tan irrespetuosamente consideramos vacío y pensé en qué luces debería tener mi bicicleta. ¿Tendrá sentido ponerse esas lucecitas que se prenden y apagan en la espalda?

speakers” by turksen kizil (CC BY-NC 4.0)

Y quién te dice, quizás te cruzás con alguien interesante en la bicisenda del espacio.

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