La España inexistente

De 2014.


Entre los 330 kilómetros que separan Zaragoza de Cuenca tan sólo hay una población que supere los 10.000 habitantes: Teruel. Se trata de una histórica capital de provincia cuyo número de habitantes está muy lejos de prácticamente cualquier ciudad mediana de la costa mediterránea. Entre los 353 kilómetros que hay que recorrer para unir Zaragoza y Segovia tan sólo hay un municipio donde se reúnan más de 10.000 almas: Soria. En función de la ruta, podemos contar otro más: Calatayud. La primera es otra capital de provincia, la única a la que aún hoy no llega autovía alguna en todo el país. La segunda es la cuarta ciudad de Aragón. A duras penas suma 20.000 personas. Los vértices del triángulo formado por las tres ciudades que suponen el inicio y final de ambas rutas dibujan la España inexistente. Un inmenso conjunto de kilómetros cuadrados donde no vive nadie.

Un nadie metafórico ahora de actualidad, gracias al interesante reportaje que El País publicó hace no demasiados días y que se tituló bajo el nada alentador “La España terminal”. En él, las tierras comprendidas entre el valle del Ebro, la meseta castellana y el sistema ibérico son definidas como el desierto demográfico más notorio de Europa Occidental, semejante a las llanuras abandonadas de Siberia o a las tierras impracticables de Laponia, cubiertas durante la práctica totalidad del año de nieves perpetuas. Hay semejanzas entre unos y otros: las condiciones climáticas extremas, la dificultad de acceso, la historia a espaldas del curso de la humanidad. La España terminal no lo es tanto: tan sólo cumple el sino al que parecía arrastrada durante toda su historia. El de pervivir en los márgenes, alejados de cualquier centro de poder, en un constante limbo donde el tiempo no parece pasar para nada ni para nadie. El de no existir, no al menos para la mayor parte de personas que habitan el resto de España.


Los caminos que logran conectar a duras penas los puntos antes mencionados del triángulo casi desértico lo hacen a lomos de montañas inhóspitas y llanuras en las que la vida sólo se entiende a orillas de los ríos. El caso de Teruel — y Aragón en su práctica totalidad — es paradigmático: antes de que la A-23, la autovía mudejar, fuera finalizada, la antigua carretera que llevaba desde la frontera francesa hasta Valencia circulaba sinuosa a través de los pequeños pueblos de la cuenca del Jiloca, siempre cerca de su cauce. Entre todos ellos sigue destacando Calamocha, capital comarcal y población más grande entre los 180 kilómetros que dividen a Zaragoza, quinta ciudad de España, de Teruel, una de las capitales provinciales más diminutas. A día de hoy Calamocha no alcanza los 5.000 habitantes, lo que la convierte en la cuarta población por número de habitantes de una de las provincias españolas más extensas.

El resultado es al mismo tiempo desolador y fascinante. Por la depresión que surca la A-23 parece no haber pasado el tiempo: las escuetas casas de ladrillo que adornan los márgenes del Jiloca sólo son intrusas en un desierto demográfico que abarca tanto como alcanza la vista. Lejos del río, tan sólo pequeños montes y baldías sierras interrumpen de tanto en cuanto los campos de secano que dominan el paisaje. Verde cuando se acerca el verano, amarillo algo antes de él y marrón entre el otoño y el invierno, el paisaje del Teruel provincial es la viva imagen de la nada. Los kilómetros se consumen uno tras otro mientras los carteles de la autovía nombran poblaciones lejos de la ribera tan enigmáticas como recónditas. Allí, entre carreteras autonómicas y comarcales que surgen de las rotondas de acceso al caudal circulatorio principal, existe una vida aún enraizada a la agricultura, donde el Aragón profundo se despliega indómito.

Si bien Teruel no es tan pobre como otras provincias del sur de España, la sensación es de una pobreza solemne. Aragón ha edificado su identidad colectiva también alrededor de esta dignidad en la carencia, la del campesino cuya recta heroicidad consiste en permanecer vivo entre el polvo, el viento y el sol de justicia, aún resistente a las ideas y venidas del Estado que tanto ha crecido pasando por encima de él. En estos lugares la Historia es un conjunto de relatos sobre el abandono y la soledad. Son pocas las personas que hacen su día a día en la inmensidad del desierto aragonés, y serán menos en el futuro. Su existencia se antoja incógnita y fascinante para todos aquellos que o bien venimos de la gran ciudad o bien conocen una realidad demográfica repleta de grandes poblaciones, fértiles tierras y abundantes vías de comunicación. Para todos aquellos fascinados por la despoblación, fenómeno alrededor del cual nuestra imaginación ha atravesado el oeste norteamericano, el norte de Canadá, la Rusia asiática y el desierto del Sáhara, la España inexistente es un campo de recreo.

Y el Sistema Ibérico su epicentro. Teruel cuenta con una altitud media nada desdeñable, pero gran parte de su territorio también es llano. Esta suerte de altiplano más o menos regular está rodeado de viejos sistemas montañanosos de altura media que impiden la llegada de las corrientes marinas. En consecuencia, el clima es extremo. Mucho calor — y sol — en verano y mucho frío — y muy pocas lluvias — en invierno. El Sistema Ibérico es el más importante de todos ellos: divide el antiguo Reino de Aragón del antiguo Reino de Castilla. Es en sus márgenes donde se han desarrollado dos urbes también en la oscuridad del progreso: Cuenca y Soria. Ambas han crecido, de forma limitada, en las esquinas de dos Coronas que nacieron separadas y terminaron unidas sin que, de forma paradójica, los puntos de unión cobraran vitalidad alguna. Ni como lugares de paso ni como epicentro físico: de nuevo, su ubicación en pleno Sistema Ibérico las relegó a un lugar olvidado, no presente para casi nadie excepto para las pocas personas que vivían y que a día de hoy siguen viviendo allí.


Desde el norte, a Cuenca se llega una vez la N-420 se impone frente a la N-330, que se dirige a Valencia. A través del corazón del sur del Sistema Ibérico son nulas las poblaciones de tamaño respetable. El primer pueblo de la provincia es Casas Nuevas, pedanía de Salvacañete y gran ironía, dado lo vetusto de sus construcciones. Justo después del Rincón de Ademuz, la sierra de Cuenca se despliega en su inmensidad, lacónica y salvaje. De lo primero es especialmente testigo el otoño, cuando alrededor de sus hoces y angostos valles crecen las hojas amarillas, rojas, naranjas de los centenares de árboles caducifolios que sobreviven gracias a los cauces tempranos de los ríos montañosos. Por aquí nace el Tajo y también el Júcar, entre las montañas perdidas de un lugar donde la actividad económica ha sido siempre marginal. Inalcanzable para el ferrocarril, con pocas porciones de tierra cultivables, Cuenca provincia, mucho antes de La Mancha, es un lugar de aterradora belleza en el que las oportunidades históricas siempre pasaron de largo. Sus poblaciones son escasas, y cuando las hay, diminutas, incrustadas en un paraje de belleza tan singular como ignorada.

El trasiego de cadenas montañosas y árboles es semejante al de la provincia de Soria, una vez la cordillera central se ha consumido en los últimos vestigios de la provincia de Segovia, cuya cercanía a Madrid y mejor conexión con el resto de ciudades castellanas le ha permitido esquivar el olvido. Soria, mucho más lejos de todo, siempre estuvo apartada del sistema de urbes que hizo de Castilla el reino más próspero de la Edad Media. Hoy en día se enmarca dentro de Castilla y León, un conjunto de provincias más o menos homogéneo que forma un rectángulo casi perfecto en la mitad norte del Estado. Se trata éste de un dibujo roto al oeste por Soria, protuberancia incrustada entre el sur de La Rioja y el norte de Guadalajara, dos provincias que, al igual que ella, viven en un extraño limbo identitario. Sin embargo, Soria, que vive de espaldas al resto de su comunidad política y administrativa, tampoco penetra en Aragón, allí donde culturalmente también mira hoy en día gracias a la proximidad, la universidad y a la emigración. El Sistema Ibérico se lo impide. En consecuencia, sobrevive en soledad.

Su aislamiento no es metafórico: Soria es la única capital de provincia todavía no conectada por autovía alguna. Su extensión territorial es amplia y es atravesada por la N-122, desde San Esteban de Gormaz hasta Ágreda. Tomada desde el sur, en Soria aún pervive parte de la escueta pero frondosa belleza de las postimetrías del Sistema Central, entre un serpenteante trazado que traviesa las suaves colinas moldeadas desde hace milenios por la cuenca del Duero. Alcanzado El Burgo de Osma, uno de los numerosos pueblos del interior que albergan en su seno tanta historia como belleza, el paisaje torna árido y seco, amenazante si las nubes crecen de forma oscura. Antes de llegar a Soria capital y explorar su norte salvaje, montañoso y deshabitado, ya cerca del Moncayo, desde El Burgo de Osma se puede llegar a Almazán, de unos 5.000 habitantes, a través de la CL-116, siempre de la mano del Duero. Tan sólo un puñado de pueblos a su vera trufan de vida el trayecto que las une, mediante el cual se ha cruzado la mayor parte del sur de la provincia, de nuevo una de las más grandes de España.

Y a partir de ahí, la carretera devuelve a Aragón, provincia de Zaragoza, a través de la A-2, antigua vía de comunicación entre Madrid y Barcelona convertida hoy en la arteria de tráfico más transitada de la península. Tanta vida atesora la autovía como de ella carece su entorno, extremo no geográfico del país, abandonado, pobre, desposeído de personas y recursos. Una vez los prodigios de la ingeniería moderna permitieron salvar los grandes obstáculos físicos derivados del Sistema Ibérico, los antiguos cauces de transporte a lo largo de la vega del Jalón quedaron abandonados a su suerte, y así la autovía dibujó una forma extraña sobre el mapa geográfico de Aragón, pasando por encima de los canales verdes que pintan sus ríos y circulando sobre las montañas sin árboles y con piedras, sobre las llanuras de polvo y cultivos precarios que definen a Aragón. Terreno fantasmal. Inexistente. De tránsito.


Todas estas tierras observan ya sin resignación el ir y venir de la civilización. Han quedado apartadas del sino del progreso, del relato principal de la Historia. Y es su carácter permanente, inalterable, su principal seña de identidad. He cruzado durante años sus carreteras, las he mirado a través de los cristales de un automóvil, de un tren, y siempre han parecido devolver su mirada de forma inmutable. Debe ser por ello, por la necesidad de mirar a los ojos de quien pertenece a un mundo que siempre está de paso, por lo que los pocos habitantes, casi siempre mayores, que quedan en estos ya abandonados pueblos miran fijamente a los ojos de los conductores. Sólo desvían la atención de sus pupilas una vez el vehículo ha doblado la siguiente esquina. Es entonces — siempre es entonces — cuando pienso que quizá no tengan quien les escriba — y que por tanto no existan — , pero que nadie más hoy en día sostiene la mirada así. Que nadie escruta y altera el alma de ese modo.

El concepto “España inexistente” fue acuñado, o al menos a él se lo leí por primera vez, por @probertoj. Poco después lo utilicé en este artículo sobre música y viajes en Hipersónica.

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