Echadle la culpa al ‘Trivial’

No, no es una visión aérea de Chicago

Ramón es un as del ratón. A veces le imagino viajando por el ciberespacio a lomos del mítico MiG-31 Firefox, accionando los controles mediante su pensamiento, sin manos. Encuentra lo que quiere en menos de un parpadeo. Desde una receta de cocina en urdú hasta los planos de la Gran Muralla. Si no lo encuentra, no existe, se justifica el mamón. No cuenta con grandes medios materiales, ya que, según él, la Red tiene todo lo necesario. Y, a decir verdad, tampoco es un tipo especialmente culto, que tampoco le hace falta, según él también, y por el mismo motivo. En fin, es Ramón un ratón de biblioteca 2.0 (¿o 3.0?, no sé por dónde va la cuenta).

A Ramón jamás podríais atribuirle una obra genial. Ni obra alguna en general. Ese no es su oficio. Se dedica a demostrar que sabe más que nadie. Más que cualquier catedrático de Derecho comparado, más que cualquier investigador del CERN o más que cualquier gran maestro de ajedrez, por citar algunos ejemplos. Ya que siempre encontrará una sentencia que contradice los argumentos del catedrático, un artículo japonés que cuestiona los avances en el CERN o un códice en sánscrito que ya menciona una apertura del gran maestro ajedrecista. Ramón es un fuera de serie en su Firefox.

Maneja como nadie el lenguaje de las redes sociales: junta, sube, pega, vincula… No es un gran retórico, pero conoce la jerga y la hace suya: “muy fan”, “must read”, “grande!”, “LOL”, “WTF”… Suponemos que sabe leer del inglés, dada su facilidad para apoyar juicios con hemeroteca “everywhere”. Acarrea hordas de seguidores como el flautista de Hamelin, o eso cree. Acompaña una imagen entre la épica y el sarcasmo, quizá para aportar el relumbrón que no logra con sus “aportaciones” en las redes sociales. Lo cierto es que no es mal chico, pero…

¡Ramón, si me estás leyendo, te recuerdo que tienes el cuarto patas arriba! Déjate ya de mensajitos y haz hueco en la leonera, que tienes exámenes a la vuelta de la esquina. Deja de trolear, como tú dices, y a ver si alguna vez haces tu cama. No, si al final tu padre va a tener razón… ¡Dios, qué hijo mío!