Como si te persiguiera un tigre, pero sin tigre

Una cosa un poco larga sobre la ansiedad

Sex Criminals, issue #10

1. El principio no fue la primera vez

En los sitios que están muy lejos del ecuador los amaneceres y las puestas de sol duran varias horas. Durante una porción significativa del día hay una luz azulada mortecina que, hasta que empecé vivir aquí, solía durar diez o quince minutos. Es la luz con la que se vuelve a casa después de salir de fiesta, o después de salir de clase al principio del otoño. Es una luz bajo la cual todo adquiere una cualidad un poco onírica.

Es la luz bajo la que salí de casa una tarde de marzo, con una sensación extraña en el pecho y unas ganas de llorar que no entendía muy bien de dónde habían salido. Me senté en un vagón casi vacío. Empecé a contar respiraciones, porque la mejor manera de imponer un ritmo en algo irregular es contar los tiempos. Es como tocar un instrumento.

Lo siguiente que recuerdo es estar apoyada contra una fachada en una calle entre la estación de tren y el sitio a donde iba, intentando respirar más lento y fracasando, pero aún así sintiéndome como si esto fuera una situación en la que yo había elegido estar. Recuerdo a unos chicos de mi edad, que resultaron ser malagueños, parándose a preguntarme qué pasaba; y a mí misma diciéndoles «habladme de cosas.»

La semana siguiente vuelvo a España por Semana Santa, y lo primero que hago al llegar a casa de mis padres es pedir hora en el médico. Le explico lo que ocurrió, después de haberlo ensayado miles de veces en mi cabeza. Le cuento que después de aquello la sensación en el pecho no se ha ido, que me cuesta respirar casi todo el rato. Que lleva una semana doliéndome la tripa como si me acabara de acordar de que me he dejado el fuego encendido. Que cuando me voy a la cama y apago la luz oigo mi propio corazón y lo siento palpitar hasta en las manos. Que me despierto todas las mañanas sobresaltada sin razón aparente. Que llevo una semana durmiendo lo justo como para ser funcional pero para estar cansada todo el tiempo. La médico me dice que eso suena a ansiedad, y me receta Lorazepam para tomar ocasionalmente (es súper adictivo), por si no me puedo dormir, o si veo que me va a dar un ataque.

Días más tarde me acuerdo de que tengo un examen en dos semanas para el que no he empezado a estudiar, no paro el hilo de pensamiento a tiempo, y estreno la caja de pastillas. Me dejan tiradísima, pero hacen su trabajo. El simple hecho de tenerlas ahí en el cajón me da tranquilidad. Saco buena nota en el examen, empiezo a comer sano otra vez, el psicólogo ayuda, dejo de vivir encerrada en mi casa para estudiar, empiezo clases nuevas que tienen buena pinta. Parece que las cosas mejoran.

2. La primera vez no fue el principio

La primera vez que me encontré con la ansiedad tenía doce o trece años. Una chica de la clase de al lado estaba en un banco del pasillo, rodeada de gente preocupada, respirando muy rápido y muy fuerte, llorando a moco tendido. «Está teniendo un ataque de ansiedad,» me dijeron cuando pregunté qué pasaba. Lo archivé mentalmente como una de esas Cosas Que Le Pasan A Otras Personas, como las borracheras de no acordarse de nada o los accidentes de coche.

La primera vez que me encontré de cerca con la ansiedad tenía veinte años, aunque no lo supe hasta unas horas después. Fue al final de segundo de carrera. Un amigo me llamó por teléfono y me dijo que le estaba latiendo muy fuerte el corazón, «como si me estuviera persiguiendo un tigre, pero sin tigre.» Le acompañé a urgencias, estando ambos un poco confusos, porque podría ser cualquier cosa. La ansiedad es lo de hiperventilar y llorar mucho, y esto no era eso. Solo que sí lo era, y la médico le recetó Bromazepam para tomar una semana, y luego en caso de necesidad.

La primera vez que me encontré de cara con la ansiedad fue ese mismo verano. Al acabar los exámenes descubrí que me costaba respirar, y que se me olvidaba durante un rato si no pensaba en ello conscientemente hasta que empezaba a faltarme el aire. Fui al médico. Cometí el terrible error, que no he vuelto a cometer, de usar la palabra. «Me pasa esto, creo que podría ser ansiedad.» La médico me mandó a casa con un folleto sobre el estrés y la meditación.

3. El final no fue el final

Volvamos al presente. Resulta que las clases que tenían buena pinta son más difíciles de lo que esperaba. Mi cuerpo, aparentemente, empieza a dejar de ser capaz de manejar el estrés. Llevo una semana tomando Lorazepames en días alternos; porque no solo tengo todos los síntomas físicos que tenía aquella semana pre-Lorazepam, sino que vivo permanentemente al borde de un ataque de ansiedad. La culminación de esto es en la silla de la peluquería.

Lo estoy viendo venir, pero una peluquería es un lugar extremadamente inconveniente para que te dé un jamacuco. También es un lugar extremadamente inconveniente para levantarse a por la pastilla que va a hacer que no te dé un jamacuco. Así que, con el juicio nada nada nada impedido, decido que por mis cojones que no me va a dar un jamacuco. La ansiedad, desafortunadamente, no funciona así, y me da tal jamacuco que tengo esas horas borrosas en la memoria.

A la mañana siguiente pido cita en el médico de aquí. Le explico la movida y me receta una dosis muy baja de ansiolíticos de los de todos los días. Voy directamente a por ellos.

4. El estigma es omnipresente

Al salir de la farmacia con la caja en la mano se me escapan unas lágrimas. Hago esta cosa que hago yo de imaginarme mi vida como si fuera una novela en la que se narraría ese momento como catártico.

Se le escapan unas lágrimas como si estuviera llorando por su salud mental porque, a partir de este momento catártico, oficialmente necesita medicarse para funcionar. Lleva años diciéndole al muchacho al que acompañó a urgencias y a otra gente en las mismas que los diabéticos no se sienten culpables por tener que pincharse insulina, pero ahí está la tía llorando a la salida de una farmacia porque no es capaz de aplicarse el cuento.

Mis biógrafos imaginarios son innecesariamente crueles, pero no les falta razón. Es más fácil librarse del estigma cuando no te afecta a ti. Me cuesta exactamente cero creerme que mi amiga con ansiedad no ha venido a la fiesta porque no ha sido capaz de salir de su casa. Pero, porque la inseguridad y el estigma se cuelan por las esquinas del miedo a la autocomplacencia, se me hace cuesta arriba creerme a mí misma cuando me pasa algo similar.

Cuando leo a uno de mis escritores favoritos hablando de que le resulta dificilísimo hacer cosas que a la población general le son triviales, me parece lo más razonable del mundo. Cuando a mí me cuesta hacer cosas parecidas, tengo que hablarlo con amigos y convencerme a mí misma de que realmente está fuera de mi control, no depende de mí, y Beatriz, tronca, los diabéticos que conocemos se pinchan sin tener crisis identitarias.

Una parte importante de convencerse de algo es hablar de ello con la gente de tu alrededor. Sé que pertenecer a una comunidad de algo un poco invisible se hace mucho más llevadero si se comparte la experiencia. Tiene sus complicaciones, claro. Pero por cada persona que me dice que deje las pastis y haga más ejercicio, hay otra que me dice que está en las mismas. Mi compañero favorito de barra lleva años con esto y me dio un par de trucos para controlar la respiración. Una chica de mi clase tomaba lo mismo que yo en el instituto, pero ahora ya no le hace falta, por suerte. Una amiga cantante estuvo meses tomando una medicación que no funcionaba, pero luego encontró la que le servía. Tracy Clayton escribió un ensayo que me hizo sentir tan comprendida que antes de acabar el segundo párrafo ya estaba llorando (lloro mucho, habréis notado). Veronica Roth hizo otro por el estilo. Chris Evans habló de lo suyo. John Green habla mucho de ello. Y un largo etcétera de gente, famosa o no famosa, que no necesita (o necesitaría) una explicación más allá de «me cuesta respirar,» porque comparten mi experiencia.

5. Epílogo

No está todo hecho, claro. Los ansiolíticos ayudan un montón, pero me han hecho replantearme un montón de cosas. Resulta que hay un montón de cosas que yo suponía normales que ahora ya no me pasan. Resulta que a la gente normal no se le acelera el corazón durante un buen rato cuando escuchan un ruido fuerte, ni les duele la tripa cuando es posible que lleguen tarde a clase. Resulta que un montón de cosas que yo daba por hecho que le pasaban a todo el mundo en realidad no le pasan a casi nadie. «Eres muy psicosomática,» me dijo una vez mi psicólogo. No tengo muy claro dónde termina mi psicosomatismo raro pero razonable y dónde empieza lo chungo.

En cualquier caso, he aprendido un montón. He aprendido que la ansiedad es muy complicada y difícilmente comprensible (llevo aquí sentada casi tres horas intentando explicarla, y varios días pensando en cómo hacerlo, y me he dejado un montón de cosas). Y que el camino de salir del hoyo es, de momento, largo y coñazo. He aprendido que hay esperanza, mitad porque me funcionan los ansiolíticos y mitad porque he leído a gente que me da esperanza. Pero sobre todo he aprendido que lo más importante es hablarlo. Que no es moco de pavo — todavía estoy intentando encontrar una manera de decirles a otros Erasmuses que no puedo beber sin que la conversación derive en mentir o decir dramáticamente que es por los ansiolíticos.

Pero hay que hablarlo. A un ritmo razonable y siendo consciente de los propios límites, claro. Igual médico primero y psicólogo después, o al contrario; igual amigos primero y familia después, o igual lo primero es llamar a tu madre. Yo qué sé. Hace falta encontrar gente en situaciones parecidas, leer a gente con el mismo problema, rodearse de personas que entiendan que si dices que no puedes es que no puedes, pero que te empujen a buscar la ayuda que necesitas. Hace falta ser menos exigente con una misma y aceptar que las cosas que te resultan difíciles son difíciles.

No hace falta hablarlo públicamente. Yo lo he hecho en parte porque ya cuento mi vida en Twitter de todas maneras, así que juntarlo todo y explayarme en 10500 caracteres en vez de en paquetitos de 140 no es tan distinto. Aunque sea dramático y mogollón de personal — las cosas que me han ayudado a mí han sido dramáticas y personales también. Y si esto puede ayudar a alguien la mitad de lo que me ha ayudado a mí leer a otra gente con ansiedad, todo el dramatismo habrá merecido la pena.