¿Por qué Colombia dijo no? 2da parte

Edwin Murillo Amaris

Una segunda variable de análisis acerca del “¿Por qué Colombia dijo NO?”, muy ligada a la ruptura paulatina de las bases de tejido social, cohesión social y confianza, entre otros elementos, es la incapacidad que se ha instaurado en los colombianos para ser una sociedad abierta al acoger, aceptar la reintegración de aquel que delinquió, creer que es posible el cambio de actitudes frente a las opciones de coexistir y convivir pacíficamente[1].

El alto índice de desconfianza, con sus respectivos efectos negativos sobre la configuración del tejido social y, por ende, la imposibilidad de crear condiciones para una sólida cohesión social, ha producido efectos jalonados por la rabia, el dolor, el resentimiento e, incluso, el odio visceral hacia todo aquel o grupo que se defina como “insurgente, guerrillero, subversivo”. Los 9 procesos de diálogos previos y sus consecuentes acuerdos firmados entre los diversos gobiernos colombianos y algunos grupos guerrilleros que se desmovilizaron, tuvieron puntos respecto a amnistías, indultos y organizaciones políticas posteriores que dieron lugar a movimientos sociales y partidos políticos de tendencia de izquierda, pero no dejaron manifiesto el rechazo “tan visceral” que en esta ocasión produjo el solo pensar que los excombatientes de las FARC fueran a acceder a esos medios de participación y, mucho menos, que surtiera efectos la idea de verlos como senadores o líderes políticos, resultado de una contienda política en las urnas.

Toda clase de manifestaciones en redes sociales al respecto se pudieron percibir, recurriendo a hechos puntuales de ataques a la población civil (por ejemplo, ataque a Bojayá, videos de policías secuestrados, videos de tratos inhumanos a civiles retenidos, etc.) y acompañados de frases como: “¿todavía se preguntan por qué odiamos a las FARC?”, Pero, sumado a lo anterior, la llamada campaña por el NO cobró fuerza porque los mismos líderes, comenzando por el expresidente y senador Ávaro Uribe Vélez, acompañado de personalidades políticas como el expresidente Andrés Pastrana (1998–2002), el exprocurador Alejandro Ordoñez, la exprecandidata presidencial por el partido conservador Martha Lucía Ramírez, entre muchos otros, transmitieron mensajes haciendo interpretaciones puntuales de los puntos que consideran más álgidos y que “atentan” contra la estructura democrática colombiana.

Sin embargo, estas expresiones sociales y políticas son solo una muestra de la imposibilidad de la sociedad colombiana para experimentar esa dimensión humana del “reconocer en el otro, aunque haya cometido errores, la humanidad”. Es un hecho entendible para un pueblo en los que las últimas seis generaciones solo ha visto, leído y escuchado que los enfrentamientos, los secuestros, las incursiones bélicas a poblaciones, los ataques a la fuerza públicas y a las instituciones estatales, han conformado el orden del día.

El asunto no es simplemente un impedimento para el perdón, pues esta variable es complicada al ser un elemento subjetivo (de cada experiencia personal) en todo proceso conducente hacia la reconstrucción social. Es una falla estructural en la capacidad de “dar segundas oportunidades”. Tampoco es algo de “perdón y olvido”, pues las cicatrices de la guerra no se olvidan como por arte de magia, menos en situaciones como mujeres violadas y después obligadas a ver cómo asesinaban a sus esposos o hijos; soldados, campesinos, indígenas, entre tantos, que perdieron algún miembro de su cuerpo por una “mina quiebrapatas”; colombianos que vivieron meses y largos años privados de la libertad, en lo recóndito de las montañas, esperando que se le “definiera” su situación.

He aquí un segundo elemento para analizar. No es solo que se haya roto el tejido social, que la cohesión social este desmembrada y que la desconfianza sea el elemento característico, sino que todo ha creado una fuerte oposición interior en lo individual, grupal y social, para vislumbrar la posibilidad de “hacer un esfuerzo” por “segundas oportunidades”, apoyar y acompañar cambios en quien pensaba que la violencia era la mejor opción o que lo ilegal le “daba mejor estatus” social por tener el poder de las armas y, en últimas, por creer en la inversión profunda por la reconstrucción social.

Las dos primeras variables que tocan los fundamentos de lo social en Colombia, abren el espacio de reflexión y análisis para acceder a lo “más obvio” en las actuales circunstancias políticas de este país: la polarización, centrada en la figura de los dos líderes: Uribe Vs. Santos.

[1] Se diferencia los dos términos en cuanto la esencia conflictiva del ser humano. Las mismas características que configuran la diferencia y diversidad en la condición de persona, colocan la posibilidad del conflicto, más no de la violencia, como algo constitutivo. Así las cosas, la coexistencia es la capacidad de aceptar la presencia o cercanía del otro en el contexto en el que se hayan las personas, pero implicarse. Es la referencia a la tolerancia y demanda la búsqueda de mínimas condiciones de consenso (reconociendo que el consenso absoluto no existe). La convivencia es la capacidad de aceptar y acoger la presencia del otro en los contextos en los que se hayan las personas, pero implicándose. Es la hospitalidad que demanda un ser sociedad, yendo más allá de la tolerancia y llegando la comprensión (“ponerse en los zapatos del otro”). Es la aproximación al consenso en medio del disenso.

Edwin Murillo Amaris es Doctor en Gobierno y Administración Pública. Profesor Asistente Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá, D.C.) Coordinador del Proyecto PanAmazónico, Oficina para el Fomento de la Responsabilidad Social Universitaria, Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá, D.C.)

¿Por qué Colombia dijo no? 1ra parte

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