Capítulo 1: Cuando Internet Desaparezca

“Las tecnologías más importantes son las que desaparecen.” — Mark Weiser, Xerox Parc Labs, 1991
“Diría simplemente que Internet va a desaparecer.” — Eric Schmidt, Google, 2015

El índice Promedio Industrial Dow Jones, también conocido como el Dow Jones o simplemente el Dow, es uno de los índices de bolsa más antiguos en el mundo. Durante más de un siglo, ha estado midiendo el rendimiento de las acciones de las 30 empresas más grandes de EEUU y, gracias a su larga historia, es, tal vez, el índice de mercado más famoso. En la actualidad, en el Dow Jones permanece solamente una empresa que también estaba en 1896, cuando el índice se publicó por primera vez. Es la única empresa que logró mantenerse entre las líderes mundiales durante más de 100 años, adaptándose a todas las dramáticas revoluciones tecnológicas que nos trajo el siglo XX mientras que la mayoría de sus competidores no sólo no están más en el Dow Jones sino que dejaron de existir hace décadas.

Esta empresa es General Electric. Originalmente fue fundada por Thomas Edison en 1892, como una empresa de lámparas eléctricas y hoy vuelve a encontrarse en medio de una transformación histórica. GE está apostando su futuro a una tendencia tecnológica que la empresa llama la Internet Industrial, la idea de que con la miniaturización y la caída de precios de los componentes electrónicos, ahora podemos agregar comportamientos inteligentes y conexión a Internet a todas las máquinas industriales, desde turbinas eólicas hasta camiones y trenes.

Este mismo fenómeno también es el motor subyacente tras los términos como ciudades inteligentes, internet de las cosas, los wearables, la red de todo y muchas otras tendencias digitales que están cambiando nuestra vida. En el fondo, todas estas corrientes de cambio comparten el mismo origen: los precios de la computación y la conectividad están bajando tanto que ahora podemos agregar comportamientos inteligentes y conexiones inalámbricas a todas las cosas que nos rodean: a los autos, a los relojes, a los teléfonos, a los robots voladores que conocemos como drones. Y cuando agregamos sensores, una CPU y una conexión inalámbrica a un nuevo objeto, este objeto, de repente, existe no sólo en el mundo físico sino que también tiene un avatar en la red. Las cosas que nos rodean, desde las maquinas industriales hasta los autos y relojes, ya no son simplemente productos sino que se convierten en un nuevo punto de conexión entre el mundo físico y el mundo digital. Todo se vuelve hardware y la increíble flexibilidad del software ya no se aplica sólo para las computadoras sino para todas las cosas que hay a nuestro alrededor.

Es un cambio en la naturaleza de los productos cuya magnitud es difícil de comprender por completo y las empresas de tecnología están compitiendo entre sí con pronósticos que, a veces, parecen exagerados. Ericsson promete 50 mil millones de dispositivos conectados a la red en el año 2020, más de 7 por cada persona del mundo; General Electric predice que Internet Industrial añadirá 15 trillones de dólares al PBI mundial en los próximos 20 años, un importe similar al actual PBI total de EEUU; John Chambers, el CEO de Cisco Systems dijo recientemente que la Red del Todo es una oportunidad de más de 19 trillones de dólares para las empresas de tecnología.

Si bien estas empresas tienen incentivos propios para su optimismo y las predicciones de tendencias nunca son ciertas, es fácil ver las razones para su entusiasmo. Estamos viendo una gran convergencia entre el mundo informático y el mundo industrial, una fusión de las dos grandes revoluciones donde casi cada máquina, cada auto, cada reloj y cada electrodoméstico puede beneficiarse de las habilidades inteligentes para darnos productos más conectados, maquinas más confiables y una manera mucho más eficiente de usar los recursos de nuestro planeta. La próxima década ofrecerá oportunidades increíbles a los empresarios y emprendedores a medida que los enormes sectores de la logística, el transporte, la agricultura y manufactura empiecen a transformar su base industrial, agregando comportamientos inteligentes y conectados a todos sus sistemas y procesos productivos. Como veremos más adelante, esta convergencia también potencia el desarrollo de la economía compartida y puede llegar a cambiar incluso nuestro concepto de propiedad y lo que valoramos en términos de estatus social.

Muchos críticos dicen que estas predicciones no son realistas y, en parte, no son más que “humo” vendido por las empresas. Además, los desafíos técnicos asociados con Internet de las Cosas son enormes. Sin embargo, la popularidad de servicios como Uber y Tinder y el potencial de los dispositivos conectados como el reloj de Apple para revolucionar los ámbitos de salud y el cuidado de las personas mayores, nos dan un presagio de los profundos impactos sobre la economía, la cultura y nuestra relación con la tecnología que pueden resultar de la disponibilidad de sensores conectados e indican que el momento bisagra está llegando.

¿Por qué, por ejemplo, Uber y Tinder aparecieron en la segunda década del nuevo siglo y no en 2005 o 1995? El mundo estaba lleno de gente que buscaba taxis o pareja en aquel entonces al igual que hoy; así que si no existían, seguramente no es por falta de demanda. En ambos casos, la pregunta tiene la misma respuesta: la dramática caída de los precios de los chips de la geo localización y la disponibilidad casi universal de la conexión inalámbrica a Internet que no llegó hasta hace unos años.

Uber y otras aplicaciones parecidas funcionan gracias al chip de GPS, un componente que se comunica con un conjunto de satélites en órbita alrededor del planeta. Estos satélites usan el método de triangulación para ubicar el chip que pueda indicar la ubicación del pasajero, auto o pareja potencial. Los chips GPS costaban varios miles de dólares en los años 80s, bajaron de precio hasta 500 USD en 1997, mientras que hoy cuestan tan solo 2–3 USD. Ahora cada auto y cada teléfono puede tener un GPS sin que aumente mucho su precio, algo que hace tan solo 10–15 años no era posible.

Lo mismo pasa con todo tipo de componentes electrónicos. Un chip de 2.000 transistores que costaba 1000 USD en 1970, en 1990 bajó a 1 USD y hoy en día cuesta menos de 2 centavos. En un solo fin de semana largo en 2014, Apple vendió más poder computacional en sus teléfonos que el equivalente al poder computacional del mundo entero en 1995.

¿Qué puede ser más aburrido que hablar de los precios históricos de CPUs y chips de GPS? ¿A quién le importa? La verdad es que nos importa a todos. Cuando una CPU, un chip de GPS, una cámara de fotos, un módem de conexión inalámbrica cuesten menos que un café, la manera en la que percibimos la red y nuestras computadoras va a cambiar. Empezarán a desaparecer.

En una conferencia reciente, al presidente de Google Eric Schmidt le preguntaron sobre el futuro de Internet. Schmidt contestó:

“Diría, simplemente, que Internet va a desaparecer. Va a haber tantas direcciones IP, tantos dispositivos, cosas que tienes puestas encima, cosas con las cuales estás interactuando que ya ni siquiera vas a sentirla. La red, simplemente, será parte de tu presencia todo el tiempo. Imagínate que entras a una habitación… y estás interactuando con todas las cosas que están ahí.”

Schmidt se refiere a un futuro quizás no tan lejano, cuando todas las cosas de su casa desde el termostato hasta las luces y las cortinas estén conectadas a la red, permitiéndole controlarlos desde su teléfono móvil o simplemente con la voz o con gestos. Los analistas tecnológicos están divididos sobre con qué velocidad toda esta tecnología va a llegar a nuestros hogares, pero nuestra relación con Internet ya está cambiando de la manera que dice Schmidt. Cuando aprieta un botón en la app de Uber para llamar a un taxi, ya no está pensando, “Voy a usar la web en mi computadora o smartphone para pedir un taxi.” Cuando aprieta ese botón, las palabras “Internet” y “web” ya no pasan por su mente. Es un ejemplo temprano donde Internet ya ha desaparecido. Quedó un botón mágico que le pide un taxi a donde esté.

La Computación Ubicua

Este concepto de Internet y computadoras invisibles no es reciente. En el año 1988, Mark Weiser, de laboratorios PARC, originó el término “computación ubicua” (ubiquitos computing). Weiser imaginaba computadoras y sensores integrados invisiblemente en todo nuestro alrededor ayudándonos en nuestra vida cotidiana. Las lámparas que automáticamente se ajustan a la luz ambiental para dar la iluminación necesaria, los despertadores que preparan café recién hecho antes de despertarlo, las ventanas que sutilmente le dicen el pronóstico que se puede ver desde un rincón de su mirada, los pines que lo identifican a la habitación y ajustan la temperatura y el volumen de la música a su gusto. Y no sólo imaginaba, muchos de estos inventos que todavía nos resultan futurísticos en 2015 tenían prototipos experimentales en su laboratorio a finales de los años 80s. Acerca de la visión de la tecnología que estaba tratando de construir, dijo lo siguiente en su artículo “La Computadora del Siglo 21”:

“Las tecnologías más importantes son las que desaparecen. Son las que se entrelazan con el tejido de nuestra vida cotidiana hasta que ya no son distinguibles de ella.”

¿Cómo podemos lograr todo esto? Muy simple. Poner centenares de pequeñas computadoras y sensores conectados a la red en absolutamente todo: interruptores, ventanas, heladeras, televisores, termostatos, zapatos, ropa. En la época de Weiser esto parecía una locura y, aún hoy, parece algo extravagante. Sin embargo, las transformaciones parecidas ya han sucedido en nuestras vidas. Tenemos varias tecnologías invisibles, un buen ejemplo es la electricidad.

Cuando los primeros motores eléctricos se empezaron a usar en el siglo XIX, reemplazaron los motores a vapor que impulsaban las maquinas industriales en las fábricas. Un motor eléctrico enorme estaba conectado a un sistema de cintas y engranajes que distribuían la fuerza a donde fuera necesario y daban movimiento a docenas de máquinas distintas.

Hoy en día, los motores eléctricos se volvieron tan baratos, tan pequeños y eficientes que ninguno de nosotros ni siquiera puede contar cuántos tiene en su vida. Hay uno en la aspiradora, otro en el secador de pelo, los motorcitos que mueven las batidoras y licuadoras y los que giran el plato que ponemos en microondas… Además, cualquier auto promedio tiene más de 20 motores — el que arranca el auto, él que limpia el parabrisas, él que sube y baja las ventanillas, varios motores en el acondicionador de aire y muchos más. Los motores eléctricos se entrelazaron tanto en nuestras vidas que ya hace años desaparecieron por completo. Nadie piensa, “Voy a activar un motor para subir la ventanilla o para secarme el pelo”, simplemente sube la ventanilla o se seca el pelo. Weiser decía que es inevitable que termine pasando lo mismo las computadoras, que algún día las computadoras iban a desaparecer de nuestras vidas dejándonos con un mundo donde todas las cosas a nuestro alrededor sean inteligentes y conectadas.

¿Qué es Internet de las Cosas?

Pasó un cuarto de siglo desde que Weiser publicó su visión y aquel algún día está llegando hoy. En 2015, los productos estrella del show más importante de electrodomésticos, el Consumer Electronics Show en Las Vegas, fueron productos inteligentes conectados a la red. Había una maceta inteligente que sabe exactamente lo que necesitan sus plantas con sensores para medir la humedad y la temperatura del suelo y que es controlable desde el teléfono móvil. Había una batería para las alarmas de incendio que siente cuando se está agotando y manda un mensaje para avisarlo. Un productor Japonés presentó un anillo que permite controlar las cosas inteligentes de su casa a través de gestos con la mano. Casi cada electrodoméstico del show, desde los clásicos, como los televisores, hasta los futurísticos, como el anillo, contenía pequeñas computadoras conectadas a la red.

Si bien la visión de las cosas inteligentes está avanzando rápido, el nombre de Computación Ubicua que usaba Mark Weiser quedó en el milenio anterior. En 1999, Kevin Ashton, que en aquel entonces trabajaba en Procter & Gamble como gerente de marketing usó el término Internet of Things (Internet de las Cosas) para explicar aquel concepto todavía novedoso y complejo a los ejecutivos de la empresa. Su idea era poner un microchip capaz de comunicarse por radio en todos los lápices labiales que vendía P&G. De esta manera, explicaba Ashton, cada lápiz podría decir exactamente dónde está inalámbricamente y así Procter & Gamble podría controlar los movimientos de su inventario de una manera mucho más fácil y precisa. El término resultó mucho más pegajoso ya que inmediatamente daba imagen mental de las cosas conectándose a Internet sin la intervención humana y es el nombre más usado hoy en día. Sin embargo, antes de despedirnos para siempre del término Computación Ubicua, este concepto tiene un par de lecciones importantes para mostrarnos de qué trata Internet de las Cosas.

Como explica el profesor de estrategia de Harvard Michael Porter, el término Internet de las Cosas a veces nos da un modelo mental equivocado:

“La diferencia fundamental que brindan los productos conectados e inteligentes no es internet sino el cambio en la naturaleza de las “cosas”. Son las nuevas habilidades de los objetos y los datos que ellos generan que son los factores principales de la nueva era.”

De hecho, la mayoría de las “cosas” inteligentes de Internet de las Cosas nunca se conectan directamente a Internet sino que se conectan mediante protocolos locales como Bluetooth, NFC y RFID a su teléfono móvil, a un router de una casa inteligente (smart home), al sistema de pago, o a un sistema de control industrial que lee los datos de los sensores integrados en una turbina. Muchas veces estas conexiones y datos se quedan dentro de las redes internas de las empresas u hogares.

Además, centrándonos demasiado en la parte de “Internet” de la definición, podemos perder de vista las tecnologías transformadoras como drones cuadricópteros o autos autónomos. Es algo que no encaja en el concepto del IoT si lo pensamos de la manera literal que sugieren sus siglas, pero es una manifestación de las mismas fuerzas de sensores, procesamiento y conectividad barata. Por ejemplo, los primeros cuadricópteros se crearon en los años 1920 pero resultaron imposiblemente difíciles de manejar para un piloto humano. La razón por la que esta tecnología está creciendo ahora es porque hoy podemos controlar sus cuatro motores de una manera automática y precisa, usando procesadores y sensores baratos en cada drone para darle estabilidad de vuelo. Y, por supuesto, los drones se vuelven mucho más útiles cuando, con la conectividad barata, los podemos controlar de forma remota desde nuestros smartphones usando protocolos estándares como el Bluetooth.

En este sentido, es muy útil tener presente que, cuando hablamos de Internet de las Cosas, muchas veces en realidad estamos hablando de Computación Ubicua, de poder agregar las habilidades que antes sólo tenían las computadoras a todas las cosas que nos rodean. Y no sólo en casa, sino también en las plantas industriales, en los edificios, en las calles y en agricultura. En el Internet de las Cosas, las “cosas” no son siempre cosas y se conectan a redes que no son siempre Internet. Mejor pensar el nombre IoT como metáfora de que nuestros objetos se vuelven inteligentes, aprenden a sentir el mundo alrededor de ellos y adquieren la capacidad de comunicarse entre sí, con otros sistemas en Internet y con nosotros.

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Andrei Vazhnov es autor del libro Impresión 3D: Cómo va a cambiar el mundo. Andrei tiene una Maestria en Politicas Publicas de Harvard University y un diploma en fisica de Novosibirsk University.

Twitter: @andreidigital Email: andrei@andreivazhnov.net

Índice del libro
Capítulo 1: Cuando Internet Desaparezca 
Capítulo 2: El Comienzo de la Red
Capítulo 3: Las Lecciones del Humilde Termostato
Capítulo 4: La Internet Industrial
Capítulo 5: La Medicina Conectada
Capítulo 6: La Economía Conectada
Capítulo 8: La Revolución Será Lenta
Capítulo 7: El Planeta Eficiente