El sesgo de retrospectiva: los peligros de confiar en la memoria (I)

Hugo Sáez
Mar 19 · 9 min read

Antes de empezar a hablar de este sesgo voy a describir dos situaciones bastante comunes, que seguramente has experimentado alguna vez en tu vida. Para facilitar el análisis posterior, utilizaré dos protagonistas: Javier y Elvira.

Primera situación: el equipo favorito de Javier ha llegado a la final de una competición importante. A lo largo de los partidos que le han llevado hasta allí los jugadores han demostrado un buen desempeño en el campo pero también han sufrido para ganar algunos partidos complicados. El equipo rival al que tendrán que enfrentarse es un oponente duro de roer que, además de su talento, ha tenido suerte en momentos clave para llegar a la final. Los días previos los analistas deportivos no tienen claro quien ganará ya que el duelo parece bastante igualado.

Llega el día de la final y el equipo de Javier arrasa con una victoria clara y contundente. Al día siguiente en las crónicas del partido todos los periodistas coinciden en señalar que estaba claro que las virtudes del equipo de Javier se impondrían a las del rival, que el entrenador estaba más capacitado y que el talento de los jugadores era mayor. Aunque durante la semana anterior al partido Javier había hablado con sus amigos y tenía dudas de lo que pasaría, ahora coincide con los periódicos: sabía que su equipo ganaría sin problema.

Segunda situación: Elvira acaba de enviar un email a su pareja David con una oferta de trabajo que le encaja como un guante. David al verla decide atreverse a dar el salto y presentarse a la entrevista, que es dentro de dos días. El problema es que en su trabajo actual hay un montón de proyectos en curso y seguramente tenga que hacer horas extra para terminarlos, por lo que le será muy difícil sacar tiempo para prepararse. De hecho así acaba siendo: David no consigue escaparse ni un momento para mejorar su currículum o ensayar las posibles respuestas. Durante las horas previas a la entrevista le comenta a Elvira que duda si acudir porque se siente poco seguro de si mismo. Elvira le anima a que lo haga, aunque internamente sabe que está poco preparado y que es probable que no lo consiga.

Sorprendentemente al salir de la entrevista David cree que no ha ido tan mal. Pasados unos días le llaman por teléfono y le confirman la buena noticia: le han elegido para el puesto. Cuando se lo cuenta a Elvira, ella le responde: “¡Sabía que te darían el trabajo, lo sabía!”.

Si te fijas bien en ambas historias se produce un cambio de opinión: Javier antes del partido no tenía claro quien ganaría pero cuando su equipo vence tiene la impresión de que sabía que lo haría. Lo mismo sucede con Elvira, quien cree que David puede que no consiga un nuevo trabajo y después afirma que sabía que se lo darían. Situaciones similares nos ocurren constantemente en nuestra vida diaria sin darnos cuenta: afirmamos haber predicho que ciertas cosas pasarían cuando ya han sucedido y tendemos a olvidar que en el pasado no lo teníamos tan claro como lo vemos ahora. ¿Por qué nos sucede esto?

Detrás de este fenómeno se esconde el sesgo de retrospectiva, un sesgo cognitivo que sucede cuando una vez que sabemos lo que ha ocurrido, tendemos a modificar el recuerdo de la opinión que teníamos antes de que sucedieran los hechos en favor del resultado final. Incluso una vez que conocemos el resultado llegamos a pensar que siempre supimos lo que iba a ocurrir (la típica frase de “lo supe desde el principio”).

En realidad lo que nos sucede es que el resultado de los acontecimientos nos condiciona muchísimo. Lo hace de una manera tan fuerte que cuando volvemos atrás para intentar averiguar lo que pensábamos que ocurriría, muchas veces modifica ese recuerdo en favor de lo que realmente ha terminado sucediendo.

Este sesgo fue descubierto a principios de la década de los 70 por el psicólogo Baruch Fischhoff cuando acudió a un seminario donde hablaba otro psicólogo, Paul E. Meehl. Paul defendía que los médicos sobreestimaban su habilidad de predecir el desenlace de los casos particulares tras ver el resultado, alegando que “sabían desde el principio lo que iba a pasar”. A Fischhoff le pareció un fenómeno curioso y decidió investigar sobre el.

Para ello contó con la ayuda de su compañera Ruth Beyth y juntos llevaron a cabo una encuesta antes de que el presidente Nixon visitara China y la Unión Soviética en 1972. Los encuestados debían asignar probabilidades a quince posibles resultados de las actividades que Nixon planeaba hacer durante el viaje. Tras décadas de enemistad, ¿se pondrían Estados Unidos y la Unión Soviética de acuerdo en alguna cuestión importante? ¿Visitaría Nixon la tumba de Lenin? ¿Estaría dispuesto Mao Zedong a recibir a Nixon? ¿Afirmaría Estados Unidos que el viaje había sido un éxito?

Al regresar Nixon de sus viajes, Fischhoff y Beyth pidieron a las mismas personas que recordaran la probabilidad que originalmente habían asignado a cada uno de los quince posibles resultados. Y las conclusiones fueron muy claras: si un posible acontecimiento se había producido los encuestados exageraban la probabilidad que le habían asignado anteriormente. Y si el posible acontecimiento no se había producido, los participantes recordaban equivocadamente que siempre lo habían considerado improbable.

Por poner un ejemplo, si alguien había predicho que el viaje de Nixon sería un fracaso tendía a no recordar bien su predicción, ya que había sido un éxito. El resultado de los acontecimientos modificaba el recuerdo: como el viaje había supuesto un triunfo para el presidente, les costaba concebir que ellos habían realizado una predicción con otro resultado. De esta manera Fischhoff y Beyth confirmaron la existencia del sesgo de retrospectiva.

En 2012 los psicólogos Roese y Vohs publicaron un artículo analizando y recopilando una gran parte de las investigaciones sobre este sesgo. A raíz de su trabajo, estos psicólogos defienden la existencia de 3 niveles del sesgo de retrospectiva:

El primer nivel consiste en la distorsión de memoria sobre las predicciones de un evento, lo que nos provoca recordar incorrectamente una opinión o juicio anterior (“dije que pasaría”).

El segundo nivel se centra en la creencia de que el evento en sí era inevitable (“tenía que pasar”).

El tercer nivel es la creencia de que personalmente sabíamos que el evento pasaría y que fuimos capaces de predecirlo (“sabía desde el principio que pasaría”).

Modelo de Roese y Vohs sobre el sesgo de retrospectiva

Un ejemplo de la aplicación de los tres niveles del sesgo: cuando una película de misterio termina y se revela el asesino, tendemos a olvidar quien creíamos que era el asesino antes de conocer la verdad y ese recuerdo se sustituye por el resultado final. A posteriori analizamos las variables (situaciones, personajes secundarios) y pensamos que era inevitable que fuese él. Después concluimos que habíamos predicho el resultado: sabíamos desde el principio quien era el asesino.

Así es como funciona el sesgo de retrospectiva pero, ¿por qué sucede?

Existen múltiples razones que nos llevan al sesgo de retrospectiva. La primera es la forma en la que recordamos. Como ya expliqué en los artículos sobre la regla de pico y final, nuestra memoria no funciona como una videocámara. Cuando queremos recordar algo no accedemos a una especie de disco duro y extraemos un recuerdo intacto, exactamente como sucedió. La realidad es que nuestros recuerdos se construyen con fragmentos de información y los vacíos son llenados de manera inconsciente con inferencias. Cuando estos fragmentos se integran con nuestras deducciones y el resultado tiene sentido forman lo que llamamos “recuerdo”.

Este proceso funciona bastante bien pero a veces comete errores. Estos errores suceden sobre todo cuando nuestro conocimiento sobre algo se ha ido actualizando con el tiempo. El psicólogo británico Frederick Barlett fue uno de los primeros en señalar que la memoria trabaja más de manera reconstructiva que reproductiva: cuando una nueva información aparece se conecta automáticamente con estructuras de memoria ya existentes y en el proceso reconstruye los recuerdos.

En el ejemplo de Javier y su equipo de fútbol favorito, este proceso de reconstrucción cambia sus miedos iniciales por seguridad: el sabía desde el principio que iban a ganar. La realidad es que el resultado aplastante y las crónicas de los periódicos generaron nuevo conocimiento, que modificó sus recuerdos.

Un aspecto clave de este proceso de reconstrucción es que la nueva información activa de manera selectiva la información compatible con ella en nuestra mente (en el caso de Javier, los momentos en los que sí pensó que su equipo podría ganar) mientras que la información no compatible permanece desactivada (los momentos en lo que pensó que probablemente perderían). Las asociaciones que se activan permanecen fuertes y se convierten en recuerdos, mientras que la información no conectada tiende a olvidarse.

Otra motivo por el que caemos en el sesgo de retrospectiva se debe a la necesidad humana de que la realidad tenga sentido. Las personas buscamos constantemente que los eventos que suceden en el mundo encajen dentro de un relato coherente, tengan causas claras, desarrollo y consecuencias acordes. Cuando pensamos que algo va a suceder y no sucede, sufrimos una disonancia cognitiva: tenemos dos pensamientos al mismo tiempo y están en conflicto. Nuestras ideas preconcebidas no encajan con la realidad y como la realidad es muy difícil de cambiar, modificamos nuestros pensamientos.

Esta modificación no sucede de cualquier manera sino que nuestra mente busca generar una causalidad entre los hechos que ocurren para generar una historia. Cuanto más buena es la historia que generamos, más posibilidades de que el evento que ha ocurrido nos parezca inevitable. De ahí que los relatos entretenidos y bien estructurados sean más convincentes y generen más sesgo de retrospectiva.

Esta necesidad de causalidad y de que la realidad encaje en una historia coherente también nos ayuda a no pensar en el mundo como un lugar impredecible (y por ello peligroso). Cuando un evento nos parece inevitable (por malo que sea) y tenemos la sensación de haberlo predicho, experimentamos una sensación de control sobre nuestra realidad que nos proporciona tranquilidad. El sesgo de retrospectiva es un mecanismo que contribuye a generar historias en las que los eventos son previsibles y por lo tanto pueden ser controlados.

Por otro lado a nadie le gusta sentir que se ha equivocado. No nos gusta tener una visión negativa de nosotros mismos y de nuestros pensamientos y nuestra mente tiene mecanismos para evitarlo. Uno de ellos es el sesgo de retrospectiva: cambiar nuestras ideas pasadas para ajustarlas con la realidad nos hace quedar bien con nosotros mismos y con el entorno. En la sociedad está muy mal visto reconocer que “nunca vimos venir” un evento negativo y por contra, es premiado el que fue capaz de predecirlo. Y no solo eso, sino que además puede cargar la culpa a los demás y eximirse de responsabilidades.

Para concluir, el funcionamiento del sesgo de retrospectiva puede resumirse así: tendemos a recordar selectivamente la información que encaja con nuestra visión actual del mundo y tratamos de crear una narrativa que tenga sentido con la información de la que disponemos. Cuando esta narrativa es fácil de generar, interpretamos que eso significa que el resultado debía haber sido previsto. En el momento en el que sucede algo que no hemos predicho, inmediatamente ajustamos nuestra visión del mundo para dar en él cabida a la sorpresa.

El gran problema derivado de este ajuste es que a la mente humana le cuesta muchísimo reconocer conocimientos o creencias que han cambiado. Una vez que adoptamos una nueva visión del mundo perdemos una gran parte de nuestra capacidad para recordar lo que creíamos antes de que nuestro pensamiento cambiara.

En definitiva la esencia del sesgo de retrospectiva se encuentra la necesidad humana de resumir nuestras experiencias presentes, pasadas y futuras en una buena historia. Una narrativa que nos ayude a encontrar sentido a los que hacemos y a lo que ocurre en el mundo y que nos deje en buen lugar. Esa historia debe reconciliar a nuestro yo del pasado con nuestro yo presente para ser consistentes con nosotros mismos y evitar así la disonancia cognitiva: no toleramos tener dos pensamientos en conflicto al mismo tiempo.

En el próximo artículo hablaré sobre otro sesgo muy similar al de retrospectiva, el sesgo de resultado y explicaré las consecuencias que ambos tienen en nuestro día a día y como nos influyen a la hora de tomar decisiones.

Fuentes:

Kahneman, D. Thinking, Fast and Slow

Neal J. Roese and Kathleen D. Vohs Hindsight Bias

Hugo Sáez

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Escribo sobre publicidad, digital y Behavioral Science. Twitter: https://twitter.com/Hugo_saez / Linkedin: www.linkedin.com/in/hugosaez / hugosaez85@gmail.com

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