La memoria como acto metafórico

herramientas para descolonizar nuestras prácticas comunicacionales

“El comunicador tiene esa disyuntiva de estar siguiéndole el pulso al presente. Siempre está en la urgencia y, de algún modo, dejando de lado la posibilidad de pensar la profundidad de los lazos históricos que nos ligan al territorio. Mucho más ahora que hay mucha itinerancia: los colectivos, las personas, muchas veces, se desarraigan porque, justamente, su activismo los lleva de un lado a otro y no terminan de arraigarse. Entonces, yo pienso que, en los lugares de trabajo, es muy necesario restituir, reestablecer los nexos intergeneracionales. Trabajar en la relación entre viejos y jóvenes”.

El 31 de agosto y el 01 de septiembre de 2018, más de veinte organizaciones sociales y medios libres de comunicación nos encontramos cara a cara, cuerpo a cuerpo, a alimentar nuestras energías cognitivas. Un trabajo colectivo de reflexión sobre nuestras prácticas, sobre las memorias, sobre la imagen, sobre las capturas del Estado y tantas otras puntas que se fueron abriendo mientras salíamos del núcleo de nuestras actividades y urgencias para “mirar más allá y ver qué tenemos en común con otras luchas”, al decir de Silvia Rivera Cusicanqui.

Este dossier busca sintetizar y sistematizar muchas de esas ideas menores que pensamos con los pies puestos en el territorio urbano. Aquellas que surgieron de la palabra, de la escucha, de los intentos de potenciar la capacidad de mirar y mirarnos. ¿Qué tiene que ver el agua con las demandas feministas, con la comunicación alternativa, con la represión del Estado?, se pregunta y nos preguntamos con Silvia. Y es la lucha por la vida. La lucha por “todo lo que está siendo avasallado con este sistema tan tenaz y perverso”.

Con la intención de fortalecer nuestra formación y habilitar herramientas políticas, pedagógicas y metodológicas para seguir construyendo comunicación libre, habitamos la Cátedra Libre Ideas Menores, Pensar con los pies en la tierra.

Proponemos una lectura de las palabras de Silvia Rivera Cusicanqui en clave de montaje con pequeños fragmentos de lo que ocurrió en este primer módulo llamado “La memoria como acto metafórico”.

En este montaje, compartimos algunas imágenes de nuestra visita territorial al Pueblo de La Toma, en barrio Alberdi, Córdoba, donde pudimos conversar y tejernos con miembros de la comunidad kamechingón.


Urgencia y memoria histórica

“Retomar la capacidad de alzar la voz va paralelo con la capacidad de levantar la cabeza, mirar y devolver la mirada. El primer gesto de resistencia es devolver la mirada. Levantar la cabeza. Y salir de esa asimetría impuesta. Pero eso pudo ser posible al darnos cuenta de la profunda arbitrariedad de esas jerarquías. Y en eso, la mirada tiene que ser desfamiliarizadora, desnormalizadora”.

Sí, es cierto. En general, las urgencias del presente nos llevan a descuidar la memoria histórica. Por eso, Silvia hace hincapié en prestar atención, mirar el anclaje histórico de las luchas en las regiones/territorios que habitamos. Darle relevancia a las otras generaciones que han pasado por otras luchas, similares a las nuestras o antecesoras. Y también a los espacios que habitamos: “Hay lugares emblemáticos: cerros, casas, tomas, lugares resignificados por la lucha, se descubren lugares que han sido lugares de tortura o sitios donde habitan energías nefastas, y también sitios que permiten recordar momentos, épicas sociales que nos dan mucha energía para continuar”, dice Silvia.

“El olvido y la desmemoria son herramientas de ruptura de la continuidad de estas luchas y también herramientas para que nos saquemos de encima la tarea de reflexionar sobre nuestros fracasos y nuestras derrotas, además de sobre nuestros éxitos y victorias”, afirma Silvia. Y es que el capital y el mercado tienden a provocarnos situaciones de olvido.

No, no somos los primeros en luchar: “Hay una larga historia de reveses que hemos sufrido en todos los terrenos, pero, a la vez, hay una fuerza, en muchos casos espontánea, de no dejarse vencer por esos reveses. Esta generación no es la primera que viene sufriendo los embates del capital y del Estado. Y tenemos nexos con otras luchas”.

El borrón y cuenta nueva es una política del Estado para intentar eliminar nuestras memorias históricas. Sin embargo, hay “una línea de continuidad que no es progresiva ni lineal ni recta y que va por meandros, que tiene retrocesos, pero, a la vez, hay una sedimentación de las experiencias pasadas, aún si no lo es de modo totalmente consciente”.

¿Cómo refortalecer la conciencia de continuidad espacio-temporal?, nos pregunta y se pregunta Silvia. Ejercitar la visualización de esas continuidades y sedimentaciones, de las segmentaciones y meandros, es un esbozo de posible camino.

En ese sentido, Rivera Cusicanqui destaca el movimiento feminista como un articulador de resistencias, demandas y propuestas: “Irradia un tipo de sensibilidad y de amor por la vida, por la reproducción. Y por todas las temáticas que parecían antes recluidas en el divisorio público/privado y que, en el fondo, salen de lo privado para adquirir connotaciones de repercusión social. O sea, buscar agua limpia y alimento sano ya no son cosas privadas, ya son cosas que atañen al conjunto de las comunidades”.


Políticas del Estado y el capital: entre el olvido y la memoria

¿Cómo hacer memoria sin congelarla? Contra una política que busca encapsular la memoria en un museo, congelar esos momentos del pasado y convertirlos en “fetiche histórico de la nación”, es que nos invita también a reflexionar Silvia.

El capital, el Estado, tienen una fuerte política del olvido sobre la que se basa “la pérdida de identidad, la justificación de la represión, el consumismo, etcétera”. Pero también hay “políticas estatales de la memoria” donde la reflexión y la advertencia debe ser en torno a la paradoja de erigir memoriales del horror y mostrar el genocidio como espectáculo.

Una pequeña y gran respuesta, en secreto: debemos encontrar formas bajo el radar de la gran política.


Visualizar como herramienta

“Hay un nivel tal de saturación visual por la vía de la tecnología de la información que, prácticamente, estamos condicionados a olvidarnos lo que pasó ayer. La visualidad podría ser recuperada para una relación horizontal cuerpo a cuerpo, cara a cara”.

¿Qué es la imagen? ¿Cuáles son los usos que hacemos de ella? La imagen puede ser un “registro descriptivo”, hasta un “modo de expresión de colectividades silenciadas”. La imagen puede también “suscitar memorias”. En ese sentido, también nos preguntamos ¿cuáles son las posibilidades de hacer de la memoria una herramienta?

Uno de los ejes, plantea Silvia, es el de la comunidad “ya sea como una especie de sobrevivencia arcaica o como potencialidad de futuro”. Nos preguntamos y se pregunta Silvia: ¿cómo repensar la comunidad en situaciones de diásporas migratorias, de desmantelamiento de relaciones entre el entorno geográfico y la gente? Y ahí es donde aparece la memoria, y, sobre todo, la memoria visual: “La visualización de un pasado en la cual estas gentes tenían como mayor control sobre sus territorios puede ser un recurso importante para recuperar esa condición de sujetos y también esa relación de reconocimiento con otros sujetos no humanos que son pobladores del territorio”, afirma Silvia.

¿Cómo podemos hacernos cargo de que si nosotros miramos, también somos mirados? Pregunta fundamental para iniciar un proceso de descolonización, creemos después de escucharla a Silvia. “El hecho de la mirada es que es recíproca. Y toda forma de ruptura de esa reciprocidad tiene que ver con la mirada panóptica, con la mirada como un ejercicio de control. Y eso puede pasar desde el cuartel, la escuela, el hospital, el internado y la cárcel. Hay, incluso, expresiones en la casa, en la familia, toda una estructura de control basada en la mirada. Y la necesidad de ser consciente, además, del bombardeo visual”.

Para quienes habitamos las ciudades sobre todo, es ser conscientes de la “textualización del paisaje urbano, que nos condiciona a asociar el significado con la letra y de hallarnos perdidos si no hay el letrero”. ¿Cómo romper esa hegemonía logocéntrica del verbo sobre lo que son las experiencias más horizontales? ¿Cómo hacerle grietas a ese sistema donde la textualidad del mercado capitalista o del Estado nos aplasta con sus letreros enormes? ¿Cómo hacer de la imagen una aliada, en vez de nuestra enemiga? Preguntas que Silvia nos deja dando vueltas por el cuerpo mientras pensamos qué es esto de un paisaje urbano que, al mirar, nos obliga a leer.

La imagen, afirma Silvia, tiene la potencialidad de reconstruir pertenencias y hacer palimpsestos: “Todo lo que está de ese pasado, muchas veces, está destruido. Se sobreponen a esos horizontes nuevas cosas, nuevas capas y nuevos edificios. Se demuele uno, se instala otro, pero, en cada lugar, también hay momentos, hay espacios donde se puede reconstruir ese palimpsesto. Sobre todo, hay memorias: memorias barriales, memorias de cartografías urbanas que están insertadas en las memorias de lucha. Uno de los elementos que puede enriquecer la práctica comunicativa es, justamente, reflexionar sobre estos palimpsestos urbanos, rurales o suburbanos que nos permiten encontrarnos con las huellas del pasado en el presente”.

Silvia plantea que, en el espacio, quedan las marcas de ese pasado, pero que no se hacen visibles de forma transparente, sino que están recubiertas por nuevas significaciones. “Las estructuras espaciales urbanas, muchas veces, revelan unas continuidades muy ancestrales. Caminos de arriería que luego se vuelven carreteras, lugares de culto que renacen o vuelven a ser redescubiertos, huacas, lugares sagrados que estaban tapados o tirados, que se reactivan tanto y cuanto a su energía física como lugares o como en su capacidad de hacer vibrar la conciencia de las personas que están por ahí a su alrededor”.


La cámara intrusa y la genealogía propia

Debemos partir de un autoreconocimiento como observadores/as y darnos cuenta también de cuán intrusa puede llegar a ser una cámara fotográfica en los escenarios de las culturas populares. Ella parte del hecho de que es un “aparato colonizador” y que ha venido como parte del “dominio tecnológico europeo sobre nuestro continente”. Aparece, así, la cámara como “herramienta de vigilancia, de clasificación, incluso de craneometría, de estudio de la gente nuestra como objetos de la mirada exotizante antropológica y también científica clasificatoria”.

Así, no podemos dejar de ser conscientes de que la cámara fotográfica tiene una carga histórica, colonialista, “de la cual no nos podemos librar por buena voluntad”. ¿Qué propone Silvia ante esto? Transformar “la desventaja de la cámara en una ventaja y darnos cuenta de que somos intrusos”.

El desafío también de ir en búsqueda de nuestras propias genealogías, problematizar nuestros dolores, nuestros horizontes, darnos cuenta de cuando somos “intrusos” y no terminamos de “captar las lógicas internas de comunicación, incluso por temas de acento, de formas de hablar que nos divorcian”.

La tarea de rescate que nos propone Silvia es amplia: “Rescatar el valor de la experiencia vivida de cada quien y de la comunicación sustentada y anclada en la experiencia vivida; (…) rescatar la noción de que esa experiencia no es solitaria ni única, sino que ha sido con diferentes horizontes temporales”. Rescatar el “ciclo de memoria colectiva en cada memoria individual” y “que uno se mire a sí mismo en relación a los demás”. Esto es, para Silvia, el punto de partida de su trabajo que se plasma en la idea de una Sociología de la imagen.

También tenemos la necesidad de deconstruir los manejos de las imágenes y los manejos imaginarios de los poderosos “para preservar cierta capacidad autónoma de lectura de las imágenes y para poder contrarrestar este proceso de penetración en el subconsciente. Porque las imágenes tienen esa cualidad y esa paradoja: parecen absolutamente calco de la realidad cuando, en realidad, la imagen es profundamente artificial desde el momento en que es un recorte, que congela el tiempo”, nos dice Silvia.

Debemos “mirarnos mirando”, con una necesaria capacidad de autocrítica y usar todo lo que esté a nuestra mano para reconstruir nuestras historias, nuestras memorias de la resistencia y de la lucha.


La reconexión con el ciclo y la región

“La memoria no es una cosa plana que opera como en un espacio liso, sino que trabaja según ciclos de la lucha y aperturas de tipo comunitario de mayor colectivización de la lucha”.

La palabra ciclo cobra gran significancia en las reflexiones que llevamos adelante con Silvia durante la Cátedra. Nos interpela a pensar qué sucede cuando hay derrotas fuertes de las resistencias populares, nos invita a entender el “olvido traumático”, aquel que nos impide recordar una derrota, y nos esperanza a pensar que los ciclos también vienen con momentos de resignificación de luchas anteriores, las huellas “que pueden reactivarse si las amenazas motivan”.

“Hay hilos de continuidad”, afirma Silvia. Por esto también, nos invita a darle importancia a la “memoria cotidiana”. “Normalmente, uno piensa que la historia son los momentos épicos (…) Muchas veces, son formas cotidianas de darle la vuelta a la tortilla, no son tan espectaculares. Hay que conectar la memoria épica con la memoria cotidiana y la individual con la colectiva”.

“Hay coyunturas en que se tiene uno que callar por sobrevivir y hay coyunturas en que se destapa este tapón de la memoria y se empieza a tomar la palabra pública y poner el dedo en la llaga. Pero, previamente, hay que tratar de entender (…) que hay momentos de mayor capacidad de rememorar y hay momentos de mayor densidad del olvido y mayores dificultades por superar esos bloqueos de la memoria que pueden venir con el trauma o, simplemente, con la búsqueda de tranquilidad, de consumo, de estabilidad que lleva a mejor olvidarse de los momentos convulsivos y de los sufrimientos colectivos”.


La rebelión es una cosa seria

“La opresión genera tácticas de resistencia poco visibles y que, por lo tanto, no son registradas en la Historia”, afirma Silvia. Hay que estar alertas, pensamos, para poder detectar aquellos momentos de “disponibilidad colectiva”, donde “una chispita puede encender una pradera”, para usar la metáfora que nos propone Silvia. Puesto que hay momentos en que “por más que armes una fogata, no se enciende”: en esos momentos del ciclo, la gente no toma riesgos.

“Una rebelión es una cosa demasiado seria”, afirma Silvia. Por eso, la necesidad de reflexionar acerca de nuestras rebeliones. Allí, se compromete incluso las capacidades de sobrevivir: “Decidirse entrar en rebelión ha de ser motivo de una muy cuidadosa reflexión y no es algo a lo cual la gente puede meterse en un estado de distracción. No puede uno lanzarse por la bronca del momento. Tiene uno que cavilar y reflexionar mucho antes de dar ese paso que, con seguridad, lo voy a arriesgar a perderlo todo, la vida, la tierra, la familia, todo”.


Episteme india

¿Qué es la posibilidad de una episteme india? Lo entendemos como parte del proceso de descolonizarnos. Silvia plantea cuatro elementos, que sistematiza en una entrevista que se halla en su último libro “Un mundo chi’xi es posible”.

Es reconocer el mundo de lo no humano como sujetos y no como objetos. Entender que los muertos viven y que hay un diálogo entre los vivos y los muertos, con nuestros ancestros, y que la posibilidad de generar comunidad o pertenecer a una de ellas implica entender a la misma no sólo como el mundo humano, “sino como ese nexo que hay entre el paisaje, la sociedad y las entidades sobrenaturales”. También, una episteme india es acercarnos a un idioma indio; “nos conecta con otro modo de aprender el mundo”.

“Para poder deconstruir estos mecanismos de dominación tan tenaces, tan sistemáticos, tan científicos incluso, tenemos que acudir a nuestras memorias ancestrales y a estas epistemes que están flotando en el ambiente. Porque no es que están desaparecidas. Están en la toponimia, están en la memoria, están en la comida muchas veces y están en el suelo que pisamos”.


Las fotografías que forman este dossier fueron realizadas, en su mayoría, en el marco de la Cátedra Libre Ideas Menores, en el recorrido por el territorio del Antigal y la Casona Camichingon del Pueblo de la Toma (Bº Alberdi, Córdoba).

La Cátedra Libre Ideas Menores es un proyecto de formación impulsado por la cooperativa La tinta y cuenta con el apoyo de la Biblioteca Popular Julio Cortázar y la Fundación Rosa Luxemburgo. Fotografías: Colectivo Manifiesto
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Córdoba, Argentina. 2018.