Los cuerpos como territorios de disputa

herramientas para pensar las luchas feministas y la violencia contra las mujeres

El 26 y el 27 de octubre de 2018, más de veinte organizaciones sociales y medios libres de comunicación volvimos a encontrarnos en el tercer trabajo colectivo de reflexión sobre nuestras prácticas en torno al eje “feminismos” en el marco de la Cátedra libre Ideas Menores. Este dossier busca sintetizar y sistematizar muchas de esas ideas menores que pensamos con los pies puestos en las luchas feministas desde la década del sesenta para acá. Con la intención de fortalecer nuestra formación y habilitar herramientas políticas, pedagógicas y metodológicas para seguir construyendo comunicación libre, habitamos la Cátedra Libre Ideas Menores, Pensar con los pies en la tierra.

Proponemos una lectura de las palabras de Mariana Menéndez Díaz del colectivo Minervas en clave de montaje con pequeños fragmentos de lo que ocurrió en este tercer módulo llamado “Los cuerpos como territorios de disputa. Lucha feminista y violencia contra las mujeres”. En este montaje, compartimos algunas imágenes de nuestro encuentro con Casa Comunidad, un espacio de acompañamiento, contención emocional, asesoría jurídica y refugio temporal para mujeres y niñes en situación de violencia.

Mariana Menéndez Díaz comenzó hablándonos de la importancia de explicitar desde dónde hablamos y pensamos. Nos contó que es parte del colectivo feminista Minervas, que inició en el 2012 con compañeras provenientes de distintas militancias, cooperativas, sindicatos, radios comunitarias. Esa riqueza de origen permitió tejer un grupo que fue complejizando lo que hacían. Comenzaron haciendo las autoconciencias, donde hablaban de lo que les sucedía en sus organizaciones y también en sus cotidianos con sus vínculos afectivos-sexuales-políticos y las violencias que atravesaban.

Las Minervas se nombran como feministas populares. Durante varios años, fue un proceso de ir y venir cruzando el Río de la Plata para encontrarse con compañeras de los barrios, del movimiento piquetero, de compartir lo aprendido y andado para fortalecerse como organización.

Mariana nos planteó que el feminismo es muy diverso e hizo referencia al ciclo de luchas de la década del sesenta y setenta como una temporalidad clave para comprender un momento de rebelión de las mujeres. Partir de ahí para decir “no empezamos nosotras luchando, hubo otras antes que nosotras y tenemos mucho que aprender de lo que pasó ahí. Qué cosas hicieron, cómo se organizaron, cuáles eran sus consignas”.

El feminismo de esos años, nos cuenta Mariana, revolucionó la forma de entender la transformación y revolucionó también el cómo y desde dónde producir pensamiento y teoría crítica: desde aquel momento histórico, podemos traer algunos aprendizajes para pensar la lucha en clave anticapitalista, antipatriarcal y anticolonial: tres claves que tenemos que aprender a hilar.

“Pienso que, en los sesenta y setenta, surgen muchos movimientos, sujetos colectivos, el movimiento negro, la lucha por la descolonización en África, los propios feminismos que van a poner claves nuevas. No podemos pensarnos sólo en término de clase social o de proletariado en el código más clásico, sino que tenemos que poder denunciar otras formas de dominación y creo que, hoy, los feminismos lo vuelven a lanzar con mucha fuerza”.

Otro punto clave, además de revisitar las luchas de los sesenta-setenta, fue trabajar desde los feminismos pensando las violencias: cómo ésta opera, cómo está hilada, cómo es la violencia la que anuda una amalgama de dominación (capitalismo, patriarcado, colonialismo), al decir de Raquel Gutiérrez Aguilar. Y dice Mariana: “A través de pensar la violencia y cómo se está desplegando, podemos entender cómo se va estructurando el racismo, el sexismo, cómo nos van precarizando nuestras formas de vida”.

Hubo tres pensadoras y activistas clave que rondaron nuestros diálogos durante los dos días que nos reunimos en la cátedra: Silvia Federici, proveniente de los debates entre feminismo y marxismo; Raquel Gutiérrez Aguilar, que nos acerca su pensamiento después de haber atravesado las luchas por el agua y el gas en Bolivia; y Rita Segato, aporte fundamental para comprender las violencias.

La genealogía y los guiños de la rebelión

“Las miradas feministas no parten de la abstracción, no leemos teoría y creamos pensamiento en el aire. Sino que partimos de nuestras propias experiencias, porque nos atraviesa la vida misma, las tenemos que poner a jugar, porque esa es la forma de ir aprendiendo también”. (Mariana Menéndez Díaz)
“(…) la memoria histórica afecta de manera decisiva a la voluntad colectiva y política de cambio. En realidad, es su único nutriente”. (Susan Buck-Morss)

Un ejercicio, que parecía muy simple, nos llevó a profundas reflexiones sobre la forma en que construimos la historia y la importancia de hurgar en nuestras genealogías para comprender las opresiones y las violencias que nos atravesaron a nosotras y a nuestras antepasadas. Como generación, estamos aprendiendo a no quedarnos calladas. Hemos hecho un montón de movimientos que nos hacen repensar nuestra historia, afirma Mariana y todas las que la escuchamos: “Yo no podía hacer estas conexiones en mi propia historia. Y las pude hacer también en diálogo con otras. Fuimos intentando pensarlas. Tenemos que saber nuestra historia, qué nos está jugando”.

¿Cuán difícil o fácil se nos hace reconstruir nuestro árbol genealógico de acuerdo a nuestro origen de clase? ¿Cuánto tiene que ver la historia que leímos en manuales escolares con nuestra historia cotidiana? A partir de estas preguntas que nos interpelaron, vimos cómo, a aquellas que tenemos un origen de clase un poco más “acomodado”, se nos hacía más fácil reconstruir nuestro árbol. Al entender de Mariana, esto sucede (entre otras cosas) porque las familias, “hasta por la cuestión de las herencias”, tienen ese “orgullo del apellido” y sus árboles llegan a viejos antepasados. Para quienes tenemos un origen más de abajo, el árbol familiar se nos corta más rápido.

En nuestras genealogías, nos preguntamos por esas personas de nuestras familias moldeadas en instituciones violentas, militares, policiales. ¿Qué pasa cuando esos cuerpos entran al mundo doméstico?, nos preguntamos con Mariana. Y es que esos cuerpos también tienen una casa: “Hay un pasaje de la violencia muy fuerte”. Es importante trabajar el traspaso y la división que se suele hacer entre el mundo público y privado, y que, en muchas ocasiones, la izquierda más clásica sostiene, nos advierte Mariana. Una división donde, “en el mundo público, vos podés ser terrible militante revolucionario y, en el mundo privado, comportarte de un modo distinto porque se supone que el mundo privado no es político”. Hay que deconstruir esta división porque allí se encarna una contradicción.

Si lo miramos desde el punto de vista de las mujeres que formaron parte de nuestra genealogía y comenzamos a detectar los trabajos que realizaron a lo largo de sus vidas, podemos encontrar cuestiones significativas que nos ayuden a comprender nuestros presentes y nuestras luchas. Abuelas dedicadas mucho más al trabajo doméstico que a otro tipo de trabajo, abuelas que, cuando salieron a trabajar asalariadas, estuvieron vinculadas a tareas de cuidado. Abuelas que se escaparon de la mano golpeadora de su marido. Madres que sostuvieron el adentro y el fuera del hogar.

Nuestras historias están atravesadas por violencias patriarcales, nos dice Mariana. Secretos que no sabemos. Silencios que atravesaron a las mujeres que nos parieron y nos criaron. Dolores ocultos de nuestros antepasados. Conexiones impensadas de violencias políticas dentro y fuera de la casa. Abortos de las generaciones anteriores que, quizás, desconocemos. Partos que se conectaron y se desconectaron del placer del cuerpo. Gestos de rebeldía, momentos en que las mujeres y disidencias de nuestras familias pudieron revelarse de algún modo.

¿Qué ha pasado con estos cuerpos que nos parieron y nos criaron? ¿Qué podemos aprender de esas historias que, a veces, nos pesan y nos angustian? Mariana nos invita a no pensarlas a estas mujeres y disidencias en términos de victimización, sino a partir también de sus gestos de rebeldía ante un sistema patriarcal y machista. Traer los gestos de rebelión a nuestro presente.

“Pequeños y grandes, para dejarlos acá. Estas mujeres que sí pudieron rebelarse de algún modo. Ellas nos han abierto caminos, cada vez que nuestra madre no se calló, que supo poner un límite, nos enseñó que eso se podía hacer, nos hizo un guiño para que nosotras nos pudiéramos agarrar de algo”.


Las luchas que nos arden

“Por eso, los sesenta/setenta y volver allí, conocer un poco qué se estaba haciendo, qué cuestionamientos, qué ideas se tejieron, nos puede ayudar a establecer un diálogo con el presente”.
“No es que volvemos al pasado de una forma nostálgica, no es un diálogo nostálgico. Es porque el pasado nos ilumina el presente, nos puede ayudar a ver cosas. Dialogamos con el pasado desde acá, desde nuestros desafíos políticos y nuestros problemas de hoy”.

Mariana nos invita a un pensamiento esperanzador: comprender la dominación y las violencias desde los momentos de lucha y de rebelión. Ella nos cuenta que algunas feministas, como Silvia Federici o María Rosa Dalla Costa, ya dejaron algunos fueguitos para pensar desde las luchas que vamos llevando adelante: “Cómo cada lucha que se va desplegando ilumina los problemas y las fuerzas que vamos teniendo, y también a los que están enfrente”.

Esto no implica desconocer las jugadas de los sectores dominantes y las respuestas que van dando ante nuestras luchas, tratando de cooptarlas, opacarlas o anularlas: “Lo que van a plantear estas corrientes, que mucho tiene que ver con los marxistas autonomistas italianos, es hacer una mirada distinta. Pensar, primero, cómo la lucha se desplegó y cómo las respuestas de las clases dominantes ocurren porque nosotras estamos luchando”.

Para muestra, basta un botón: la consigna “con mis hijos no te metas” no es casual, nos advierte Mariana: “En realidad, es una respuesta a nosotras que estamos criticando cómo criar, estamos pensando la educación sexual. Cada respuesta que las clases dominantes hacen de manera reaccionaria, cada respuesta con violencia, está directamente vinculada a las luchas que nosotras y nosotros desplegamos”.

Se vuelve imprescindible transitar las décadas del sesenta y del setenta para reconocer, allí, momento fundante de nuestras miradas y prácticas políticas: “Es la última vez en el tiempo en donde hubo una revolución mundial, un momento donde todas las fuerzas emancipatorias logran desordenar el mundo”.

La revolución cubana, las guerrillas latinoamericanas, las luchas obreras, los procesos de descolonización desde África, el movimiento negro en Estados Unidos y un fuerte momento de rebelión de las mujeres son algunos de los elementos de ese ciclo de luchas. Mariana destaca que las luchas antirracistas y de las mujeres pusieron en crisis el sistema capitalista, que se reestructuró para responder a nuestras luchas e intentar capturarlas. A modo de ejemplo, Mariana marca el ingreso masivo de las mujeres al mercado del trabajo: “No es únicamente porque el sistema capitalista lo precisa, sino también porque muchas de nosotras sí queríamos entrar al mercado de trabajo, porque lo que pensábamos era que si teníamos un poco de autonomía en término de dinero, eso nos iba a dar un poco de autonomía respecto de los varones”.


Las nietas de las brujas

“El feminismo no es una perspectiva única donde todas pensamos igual. Cada quien va elaborando de su realidad concreta y su experiencia”.
“Tirar hilos y aprender. Partir de la experiencia”.

El neoliberalismo comienza en los setenta como una intensificación de la explotación y también como una respuesta a las luchas que hicimos. A esas luchas, que, inevitablemente, desordenaron y pusieron en cuestión el sistema de dominación. Por ello, es importante hablar de una memoria que pueda potenciar la densidad histórica de nuestro presente. En esto, dice Mariana, las mujeres venimos aprendiendo mucho:

Se trata no sólo de una memoria mística y espiritual, o de una fuerza que viene desde muy atrás, sino también en términos de conocer más para entender mejor nuestro presente. Porque, entre la construcción del neoliberalismo a las políticas de ajuste de los noventa, encontramos mucho más que privatizaciones y ajustes: hay allí un mandato de cómo tenemos que vivir, nos dice Mariana. Un mandato puesto en jaque por las luchas que se dieron desde los sesenta y se prolongaron en los setenta, pese a la expansión de las dictaduras en el cono sur.

De ahí, la importancia de detenernos en ese momento histórico. Porque los feminismos de los sesenta/setenta hacen una crítica a dos bandas, al sistema de dominación y también a cómo se piensa la transformación.

¿Qué lugar tenemos nosotras en estas teorías y prácticas de transformación? ¿Tenemos un lugar o, en realidad, se están anunciando estas teorías solamente desde la mirada masculina?

Las feministas de estas décadas se dan cuenta y empiezan a problematizar que algo de lo que se estaba haciendo y diciendo en las izquierdas no las contemplaba como mujeres y disidencias.

Muchas de estas feministas venían de las propias izquierdas y comienzan a asentar una clave radical de lucha: “Si lo personal es político, mi vida cotidiana es política, mi cuerpo es político, mi sexualidad es política. No paran de hacer conexiones que es un poco lo que estamos haciendo hoy. Ahí se vuelve a abrir una lucha de mujeres muy potentes que derivan en varias corrientes”.

Mariana destacó y explicó tres corrientes de los feminismos de esos años, que a ellas, como colectivo Minervas, les sirvieron para pensar las prácticas y elaborar comprensiones del mundo al traerlas al presente.

Las feministas radicales

“No te pasa a vos porque sos loca. Por ejemplo una relación violenta y pensar que es nuestra culpa. Cuando te juntás con diez más y ves que a todas nos pasó, empezás a hilar. Acá hay una cosa política. Poner la experiencia en común, desplazar la culpa y construir. Politizar lo cotidiano”.

La corriente de feministas radicales son las que elaboraron las primeras prácticas en torno a la autoconciencia. De ahí, sale la frase: lo personal es político. Empiezan a tejer una gran red que se llamaba Redstockings, pequeños grupos que se multiplicaron e hicieron que la red se expandiera junto con el movimiento feminista. Esto sucede, en mayor parte, en Italia y en Estados Unidos. Mariana nos recuerda una historia en torno a esta red: la policía manda a infiltrar los grupos que la integraban, pero la información que obtienen les resulta indiferente para sus tareas de inteligencia, así que, al poco tiempo, las feministas desaparecen del mapa de los grupos considerados “peligrosos”. Los policías se encontraron con mujeres hablando de aborto, orgasmo, trabajos domésticos y desestimaron que estos temas podrían ser más subversivos que cualquiera: “Dos años después, esos grupos habían crecido como hongos. Porque esta potencia de hablar de nosotras mismas radicaliza. Es un horizonte de transformación muy profundo”.

Con esta primer corriente, también surge la idea de patriarcado como sistema de dominación específico, como un sistema autónomo que es fundante en la dominación. Ellas postulan que no existiría el capitalismo y la colonialidad sin esta estructuración. Entonces, lo primero que había que atacar era el patriarcado. Mariana nos aclara que lo que se les criticaba a las feministas que vienen del marxismo y forman esta primer corriente era lo genérico y hasta transhistórico del concepto de patriarcado. Si bien es muy potente, necesita ser anclado a un momento histórico específico: “Si siempre existió, entonces, ¿cómo lo cambiamos? ¿Es natural a la sociedad humana? Otras, lo que van a decir es “sí, existe desde hace 5 mil años, pero no en todos los momentos es igual y se comporta del mismo modo”, explica Mariana, para dar pie a contarnos acerca de la segunda corriente de feminismos de los sesenta y setenta.

Feministas de la diferencia sexual

“Hablemos de mujeres en plural y no como una cosa homogénea”.

“En un momento, hay una división entre aquellas compañeras que querían renunciar al horizonte de la igualdad. Lo que decían era ¿iguales a quién? ¿Iguales a los varones? Entonces, debemos partir de las diferencias y no de la igualdad”, nos explica Mariana. Ellas van a desarrollar, con mucha potencia y densidad, la práctica de autoconciencia, dándole mayor sistematicidad. De ahí, surgen las ideas de partir de sí, entre mujeres, la creación de otro orden simbólico: Partir del entre mujeres implica desplazarnos de la mediación patriarcal, dejar de estar disciplinadas y subordinadas, pensar con cabeza propia, nombrar el mundo como nosotras queremos, construir otro orden simbólico y descolgarnos del orden simbólico patriarcal, define Mariana.

También nos nutrimos de los feminismos negros y chicanos. Mariana nos dice que uno de sus aportes más importantes fue el dejar de hablar de mujeres como identidades monolíticas. Parafraseándolas y poniéndonos en su piel: “Somos mujeres, tenemos una experiencia común, pero habemos mujeres negras, mujeres migrantes, mujeres lesbianas, lesbianas que no se nombran mujeres. Entonces, hablemos de mujeres en plural y no una cosa homogénea que, en realidad, las que terminan hablando son las mujeres de capas más altas, en general, blancas y heterosexuales”.

Feminismo de la reproducción

“Es muy claro esto de haber dicho, alguna vez, ‘mi abuela no trabajaba’, sin poder reconocer su trabajo. Si una se pone a reconstruir la vida cotidiana, mi abuela trabajaba todo el día, no paraba y, cuando había fiesta, trabajaba más”.
“Una mujer con dos hijos menores de seis años llega a trabajar 90 horas por semana, con 40 horas de trabajo salarial y 50 horas de trabajo doméstico. No tenemos tiempo ni de ir al baño. Esto desnuda el cautiverio que nos han impuesto”.

Mariana decidió centrarse aquí para compartirnos herramientas de análisis en profundidad. Se trata de una corriente que nace, sobre todo, de los debates con el marxismo, pero también del trabajo de las mujeres negras, nos explica ella: “a fines de los sesenta, principios de los setenta, algunas mujeres de los barrios en Estados Unidos cobraban una especie de plan social. El gobierno hace un recorte y ellas se empiezan a organizar y decir ‘Esto no es un regalo que el Estado me está dando, en realidad, yo trabajo, crío a mis hijos, mantengo la comunidad’. Entonces, estas feministas, entre ellas, Silvia Federici, van a tomar la experiencia de lucha para problematizar el concepto de trabajo y entender qué es.

“Si, hasta ese momento, se había pensado que una actividad era considerada trabajo solamente si cobrabas salario, lo que ellas van a decir es ‘hay todo un terreno de trabajo que no es asalariado, pero que es trabajo. Todas tenemos una historia de ‘¿qué hacía tu abuela?’ y la respuesta era ‘nada’. Ellas van a cuestionar muy fuerte esto y decir ‘sí, nosotras trabajamos’”.

Estas feministas comienzan la “Campaña internacional por el salario para el trabajo doméstico”, pero no están hablando de las empleadas domésticas, nos aclara Mariana; están hablando de todas las mujeres que hacemos trabajo doméstico. Lo que estaban buscando, nos explica Mariana, era la autonomía de los varones, pero también poner en crisis al sistema: “Ellas decían ‘si el capitalismo tuviera que pagar todo el trabajo que nosotras hacemos, entra en crisis’. Si la izquierda solo miró la esfera productiva y los salarios, hay otro mundo. Van a decir que la esfera productiva de la sociedad se sostiene en el trabajo reproductivo”.

La ‘fuerza de trabajo’ la parieron, la alimentaron, la cuidaron quienes ejercieron las tareas del trabajo reproductivo. Si partimos del mundo de la reproducción, podemos poner en crisis el mundo de la producción, nos advierte Mariana desde el presente y con las luchas del pasado rondando nuestra escucha atenta.

Allí, aparece fuerte la huelga de mujeres como herramienta de lucha. Y el origen de la idea de que si nosotras paramos, paramos el mundo. No nos olvidemos de que el capitalismo intentó escindir la esfera productiva de la reproductiva:

“Si nosotras somos las que sostenemos el mundo mayoritariamente y esto está completamente desvalorizado e invisibilizado, también estamos desvalorizadas e invisibilizadas nosotras”.

Estas claves de los sesenta/setenta nos permiten abrir el debate acerca de qué entendemos por trabajo, cómo está organizado el mundo y qué lugar tenemos las mujeres y disidencias en él.

Si podemos desordenar el mundo reproductivo, podemos afectar el mundo productivo. Esto es una invitación, también, a mirar la historia desde el punto de vista de las mujeres, de las disidencias y desde las luchas.

(trabajo en proceso)


Las fotografías que forman este dossier fueron realizadas en el marco de la Cátedra Libre Ideas Menores, en el recorrido por el territorio junto con Casa Comunidad y durante los Paros Internacionales de Mujeres del 8M.

La Cátedra Libre Ideas Menores es un proyecto de formación impulsado por la cooperativa La tinta y cuenta con el apoyo de la Biblioteca Popular Julio Cortázar y la Fundación Rosa Luxemburgo. Fotografías: Colectivo Manifiesto
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Córdoba, Argentina. 2018.