Ojos.
celerno
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Ojos III

Ofrezco mi palabra que lo que leerá a continuación, tal como las secciones I y II, es completamente verídico. No entremos en un debate, por favor, sobre qué es la verdad y la mentira y abracemos la idea romántica y redundante de que la verdad es de quien cree en ella.

Los siguientes relatos, es lo que recuerdo de una mañana de septiembre de 2014, suceso ocurrido más o menos 23 y 13 años después de lo comentado las secciones I y II, mientras despertaba por tercera vez en una pequeña cabaña en Zihuarén, Michoacán.

Había ido ahí, por que me lo recomendaban por ser un buen lugar para combatir mis problemas de insomnio. Como todo buen consejo que le dan a uno, pasó por mis oídos como pasa el ruido de los carros. Curioso fue cuando yo nunca había hablado de mis problemas de sueño con aquella muchacha de nombre Lucy, la psicóloga de recursos humanos.

Supo llamar mi atención con su atrevimiento para darme un diagnóstico sin siquiera consultarle mientras le encendía fuego en las improvisadas áreas para fumar del viejo edificio. Quise llamar su atención lanzando indirectas para que fuéramos juntos. Intenté con amabilidad, libido y razón, pero poco pude hacer pues me era imposible leer sus ojos por su pose al fumar: castigando sus chichis con el brazo izquierdo y apoyando el codo del brazo derecho, a lo que debía alzar siempre la barbilla y mantener la vista a las 2 de su reloj. Tras haberme ignorado en nuestro rato libre, recibí dos correos de su parte: uno con los detalles del lugar y otro con mi diagnóstico que decía “ESTRES” por alguna parte y dos días libres aprobados.

El lugar era más bien sombrío (sobre todo por que el aquí presente que se crió en el desierto de Sonora, donde la vegetación regular no pasa de 1.2 metros). Lo más cercano a las cabañas era la oficina a 5 kilómetros donde me registré y dejé mi auto. Me sentía totalmente abrumado por la vegetación y buscaba con mis ojos la poca luz del sol que se colaba por los altos árboles como sediento náufrago busca la brisa de agua dulce con su lengua.

Una vez en la cabaña, la vista al lago alumbrado por varias fogatas era hermosa. Y aproximadamente a 500 metros se encontraba una fogata de buen tamaño. Por el número de piernas que alcanzaba a contar, eran más de 20 mujeres y más de 20 hombres. Por supuesto que me dieron ganas de ir pero recordé que el motivo principal era descansar y dormir era un placer que en realidad ansiaba reencontrar. La cama me llamó de un susurro y no recuerdo haber visto el techo antes de caer en profundo sueño.

— Tic, tic, tic.

Desperté. Podía sentir que no había pasado mucho tiempo pues aún me sentía bastante adormilado cuando escuché que alguien tocaba el ventanal. A través del vidrio miré, para grata sorpresa, a Lucy, la psicóloga. Ahí les puedo contar sin pena que ya había despertado completamente.

— Tienes qué salir. Ven, únetenos.

Puse un pie en el suelo. No había sentido un suelo tan frío en mi vida. La sensación subió rápido a mi nuca y enchinó toda mi piel. Sin embargo, las ganas de hacer contacto llevaron el segundo pié al suelo en espera que el frío se dividiera y la distancia a Lucy se acortara.

— Tic, tic, tic. Tienes qué salir. Ven, únetenos.

«Pero qué le pasa», pensé, pues ya estaba en pie. «Tal vez no puede ver por que de éste lado no hay luz, aunque me está viendo directamente a los ojos». Aquello me pareció raro, por supuesto, pero más raro fue cuando al abrir la ventana, las fogatas se veían un poco más cerca y más grandes que cuando antes de dormir, y el clima afuera estaba más frío que el viento de noviembre en el desierto. Mientras abría el ventanal volteaba yo al suelo, no sé porqué siempre he tenido la costumbre de voltear al suelo cada que abro una puerta, pero lo que vi, terminó por dejarme petrificado.

Desperté. Podía sentir que no había pasado mucho tiempo pues tenía la típica taquicardia que he tenido siempre al despertar sin haber descansado apropiadamente. Sin embargo ahora era diferente. Tardé en recordar que estaba en una cama ajena y una habitación ajena. El clima húmedo y frío me recordó que estaba también en un pueblo ajeno. Y, cuando el líquido encargado de transportar los sueños irrigó mi hipotálamo, comencé a recordar la terrible imagen que me había despertado. El simple recuerdo de las patas de animal que vi en mi pesadilla parecían torcer mi cabeza para que voltease por la fuerza a las cortinas que danzaban en el ventanal abierto. No quise voltear al suelo por tanto miedo que me invadió, y esa fue la trampa pues al alzar un poco la mirada encontré el par de ojos que toda mi vida me habían estado persiguiendo. Sentí que mi sangre se congeló y un coagulo puntiagudo de sangre congelada pinchaba por dentro mi corazón.

Desperté ahí, como comenté al principio, por tercera vez.

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