Relatos a la carta

Hermeneútica y materialismo

«There’s class warfare, all right, but it’s my class, the rich class, that’s making war, and we’re winning.» Warren Buffett, en New York Times, “In Class Warfare, Guess Which Class Is Winning”, 26 de noviembre de 2006.

El discurso, el análisis, el lógos, que dirían mis amigos filósofos, nos hace inteligible la realidad y nos permite unir hechos aparentemente inconexos entre sí; ahí radica su valor y su fuerza, en que es capaz de ampliar nuestro horizonte, nos dota de armas para enfrentarnos a la realidad.
Pues bien, exactamente eso es un relato: un discurso con el que se pretende hacer comprensible algo que no lo es aún.

Todo relato (así traté de mostrarlo en otro post-artículo-escrito-cosa) ha de ser sólido, mantener una lógica interna, a la vez que ser congruente con la realidad constatable. De lo contrario, no pasará de ser una ficción, ocurrencia y charlatanería, de quien pretende engatusarnos por motivos inconfesados.
En efecto, vivimos un tiempo de relatos construidos a la carta, que lejos de hacernos comprensible la realidad social y política, alimentan una enorme confusión ideológica. Relatos hechos a conveniencia, que pretenden acomodar la realidad a capricho; relatos absolutamente simplistas, incapaces de explicar los hechos o de encauzar la acción política; relatos improvisados, que van supliendo unos a otros, a medida que la realidad los desenmascara como meras quimeras.

Habrá ocasión y tiempo para tratar más la cuestión de la construcción de relatos, y las relaciones entre hermenéutica y materialismo. No obstante, hay particularmente dos relatos a la carta que, por la relevancia que han logrado y el uso y abuso permanente que se hace de ellos, merecen nuestra atención.

El primero de estos relatos a la carta, de un marcadísismo carácter electoralista, pretendía capitalizar el descontento con las políticas de recorte social y pérdidas de derechos que vivimos desde hace casi una década.
Este relato es resultado de sumar, una tras otra, expresiones aparentemente grandilocuentes, pero carentes de contenido alguno: Un “momento histórico” que iba a alumbrar no se sabe qué nuevo tiempo, expulsando a “la casta”, que nunca se dijo qué o quién era (y que dejó de existir tan repentinamente como surgió), en favor de la política de “la gente” [1]; “el cambio” que sería “ahora o nunca” [2], que no llegó a expresarse en propuestas o posiciones claras y concretas, y que nunca se nos dijo qué iba a cambiar (el cambio va a cambiar de cambio, cabría decir), pero que supuestamente significa “la ruptura con el régimen” aunque nadie sepa cómo, dónde, por qué medios o con vistas a qué se realizará dicha ruptura.
Discurso hueco, discurso para engañar a incautos, discurso aparentemente izquierdista que, en el fondo, no expresa más que una enorme ambición personal sin trasfondo político alguno.
Tan pronto como se le pregunta a este discurso cómo se concreta, qué cambios pretende introducir en la realidad política y social, se vuelve más y más vaporoso [3], y arremete contra quienquiera que pregunte, con una oleada más de consignas huecas: “si me criticas, le haces el juego a la derecha”, “si no eres rupturista, eres carrillista” [4]. Así funciona la política para sabandijas.

Este relato, además, va asociado a otro relato a la carta, que es el de “la creación de un nuevo sujeto político”, como si no fuese el propio capitalismo el que marcara quiénes son los sujetos políticos. En efecto, la ex-izquierda, ahora perdida de sí, busca en “la ciudadanía” o en “el 99%” un nuevo sujeto, tratando de alcanzar votos y simpatías en todas las extracciones ideológicas y en todas las clases sociales, haciendo que el único proyecto político congruente sea, pues, aquel que no toque ningún tema relevante para la ideología derechista y los intereses del capital.

Hay un segundo relato a la carta sobre el que quisiera llamar la atención. Es aquel que, precisamente en un tiempo de gran descrédito para la democracia formal, en el que se ha producido un enorme empobrecimiento de buena parte de la clase trabajadora, así como una pérdida de derechos consolidados y garantías sociales, trata de equiparar fascismo y comunismo.
Los supuestos “cientos de millones de muertos del comunismo”, que no sólo jamás fueron demostrados (es difícil demostrar una cifra inconcreta), sino que en ocasiones incluso pueden ser refutados con la lógica más elemental (¿pudo Stalin matar a más rusos de los que existían en la década de 1930?); la permanente apelación a Cuba y Venezuela como “dictaduras”, donde de hecho se celebran elecciones con total normalidad y en las que hay una masiva participación de la población; el torticero “los extremos se tocan”, cuando no ha habido posición política más beligerante y combativa contra el fascismo que la de los y las comunistas, tanto en Europa como en el resto del mundo (no olvidemos cómo las democracias occidentales miraban con buenos ojos el auge del nazismo); la insultante equidistancia entre el genocida régimen franquista y las fuerzas republicanas, bajo el pretexto de que “ambos bandos mataron”, ignorando que el fascismo en España, levantado en armas contra la República, llevó a cabo una política de liquidación física del enemigo ideológico.
Relato a la carta o una burda falsificación de la historia, construida a la medida y necesidades de un capitalismo que, para reflotarse, necesita lanzarse a la ofensiva contra el empleo, los salarios y los derechos y garantías sociales que a ellos van asociados, y que, por ello mismo, difamará y mentirá sobre qué significa el comunismo y cuál fue su historia.

En última instancia, debemos comprender que los relatos confeccionados a la carta pueden muy bien servir a intereses espurios, y alimentar las aspiraciones por alcanzar irrisorias cuotas (personales) de poder; pero nos conducen inequívocamente a un escenario de hegemonía capitalista, en el que el desempleo, la temporalidad de los contratos, los bajos salarios, la situación subalterna de las mujeres, etc., van a seguir siendo la dura realidad que contrasta, no por casualidad, con los ingentes beneficios del capital.

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[1] Debe de ser que, de manera parecida a aquella enciclopedia china de Jorge Luis Borges, la humanidad se clasifica en: a) la gente, b) la gente normal, c) la casta, d) la gente que no es gente, e) la gente incluida en esta clasificación.
Y es que “la gente” no puede ser una categoría socio-política, precisamente porque abarca a la totalidad de la población sin distinción alguna por su posición en la estructura social, por más que estos creadores de relatos a la carta nos quieran hacer creer lo contrario. Decir “política de la gente” o “política para la gente” es tanto como no decir nada (¿es que hay alguna política que no sea “de la gente” o “para la gente”?).

[2] Nótese cómo el “ahora o nunca” no se acompañó de una táctica de acumulación de fuerzas, esto es, de una táctica de movilización social, paulatina concienciación y fortalecimiento de las alianzas, que diese robustez al proceso y permitiese una confrontación prolongada con la hegemonía capitalista, sino que el “ahora o nunca” fue el pretexto perfecto para una durísima competición entre toda suerte de arribismos y oportunismos, que aún se mantiene a día de hoy, frustrándose así la posibilidad de hacer frente al capital.

[3] Un discurso que, con frecuencia, se ve forzado a contradecirse, afirmando aquello mismo que antes negaba. Son numerosos los ejemplos al respecto, de modo que baste con nombrar algunos: ora se llama a la movilización social, aunque sólo de palabra y no de hecho, ora se dice que es una idiotez creer que la movilización puede cambiar cosas; ora se afirma tajantemente la necesidad de nacionalizar el sector de las empresas eléctricas, ora se afirma, con idéntica contundencia, que tal nacionalización no es posible; ora se dice que la abdicación de Juan Carlos I es un logro de la nueva política, ora se calla clamorosamente ante la coronación de Felipe VI.

[4] Si hay ocasión, valdría la pena dedicar un tiempo a mostrar cómo aquellos que se permiten el lujo de lanzar acusaciones de “neocarrillismo” son, precisamente, quienes más firmemente defienden una línea política de corte eurocomunista: centralidad del electoralismo frente a la táctica de acumulación de fuerzas, cercanía (en términos de alianza, pero también en términos ideológicos) a posiciones social-liberales y neokeynesianas.

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