Postmark, el café y la abeja

En Park Slope un recóndito y acogedor café artístico

La primera vez que me encaminé a Postmark pensé que iría a sentarme en un sofá. Tenía unos cuantos, según Yelp, y las personas daban la impresión de estar pasándola muy bien allí sentadas. Ya van ocho veces que visito el lugar y, al parecer, nunca he llegado lo suficientemente a tiempo para lograr poner mi trasero en alguno de los acolchonados asientos. De todos modos, no es que me ha hecho mucha falta. Siénteme donde me siente la mañana y la tarde resultan realmente cómodas siempre que estoy allí —incluso cuando estoy en el área children friendly.

La última vez, un jueves, llegué pasada las diez de la mañana e hice un poco de avance. Es decir, pude quedarme con el espacio de la ventana. Lograr un spot de estos, en Postmark, es motivo de celebración —y todo un honor—. Debió ser por eso que no titubé en sentarme ahí aun cuando una abeja rondaba el sándwich de la vecina —al final le hice un favor a la chica porque la abeja encontró suministro fresco en mi bagel con cream cheese.

Pero ni al caso con la abeja. Al rato me acostumbré a ella y ella a mí y se volvió parte de toda mi ecuación. Ahora iré a lo que vine: les contaré de qué va el acogedor Postmark Cafe

Un café de vecindario con espacio justo y alma caritativa

Lo primero es que está escondido en la sexta calle entre la cuarta y la quinta avenida del barrio Park Slope. Di con él porque realmente lo estaba buscando; es decir, buscaba los cafés con los que coexisto en Brooklyn. No estoy segura de que hubiese podido dar con él de otra forma porque, y valga decir, Park Slope no es mi vecindario y Postmark tiene toda la pinta de ser exactamente eso: un café de vecindario —pequeñito y rodeado de residencias floridas con bicicletas amarradas a los árboles.

Siguiendo el tema de pequeñito, lo segundo es que el establecimiento no es tan espacioso que digamos. Esto no es ninguna novedad, sin embargo, teniendo en cuenta que estamos en Nueva York — más espacio significa más renta—. Pero lo del espacio justo no es que sea un impedimento para que siempre lleguen visitantes. Aun cuando parece que no hay ni una silla disponible todas las personas que entran encuentran siempre un rincón para la computadora y el café.

Durante la semana, además, el recibidor se convierte en el escenario de comedy shows, open mics y exibición de obras de arte. Y si queda alguna duda de que el pequeño establecimiento es lo suficientemente grande, todos los viernes a las diez de la mañana llegan los niños para el storytime. ¿Te he convencido de que no necesitan mas espacio?

Algo curioso, por otro lado, es el tema de la propina. Mensualmente escogen una casa de beneficencia y allí va a parar lo centavos que tiramos en el pequeño vaso de cristal que está junto a la caja registradora. En el recibidor, una pizarra te deja saber lo que han recogido mensualmente y presenta una comparación del recogido monetario de los meses y los años anteriores. Que los clientes se animen a dejar dinero para caridad me parece un acto muy bonito, pero mi mayor admiración va dirigida sin duda a los empleados, quienes tienen que despedirse de su tip al final del día.

El menú y su ambiente

Teniendo en cuenta los estándares de la ciudad, podemos decir que los precios en el menú no son ridículos. No es para nada variado, ciertamente, pero las dos o tres opciones de sándwiches y bagels son suficientes para que los visitantes mantengan el hambre controlada por un buen rato. Si bien inicialmente fui por el tema del sofá, luego regresé porque el café espresso está a $3 —recordemos que estamos en Nueva York— y el bagel con cream cheese a $1.75. Los biscuits —de esos que compras congelados en el supermercado— son más deliciosos de lo que imaginaba, sobre todo con mozzarella y tomate, y los croissants, aunque estoy casi segura que tampoco son horneados en el local, igual son blanditos y mantequillosos.

En cuanto al ambiente del establecimiento, entre las computadoras abiertas que esconden algunas cabezas, los dichosos que ocupan los sofás mientras leen un libro y los que usan las mesas más largas para esparcir sus documentos, Postmark muy bien da la impresión de ser una pequeña y simpática oficina. Pensaría que todos los que llegamos allí traemos la misma intención de no pararnos nunca de la silla —o del sofá—. Sé que si nos miran desde afuera todos parecemos pertenecer al lugar; ya saben, como si viniéramos con todo el paquete.

Por lo regular, en Postmark no hay mayor ruido que la cafetera espresso y la voz de la risueña asiática repitiendo tu orden. Cuando da la hora del almuerzo, eso sí, llega una manada de críos de la escuela vecina a comer mac and cheese —con suerte, puede que te toque un poco— y a tomar Italian soda. Pero esta interrupción dura relativamente poco. Cuando se van del lugar, a los poco minutos, todo vuelve a estar como de costumbre: silencioso y con Billy Joel de fondo.

En fin, en Park Slope un café bueno, bonito y barato

En Postmark Cafe todo tiene la sensación de cargar arte, inspiración y humildad. Es una simpleza de lugar que, no solo tiene sofás acolchonados y abejas inofensivas como compañeras de trabajo, sino también empleados llenos de sonrisas y buenos modales. Ni hablar del señor de anteojos que te lleva el bagel a la mesa y ofrece buscarte más espacio si le parece que estás muy apretado; es una verdadera maravilla.

Una de las mejores opciones si se busca un café bueno, bonito y barato se encuentra en Park Slope. Aún no lo visito un viernes en la noche, cuando se transforma en el escenario artístico, pero lo tengo en agenda —en sus redes sociales comparten la información de los eventos que están por ocurrir—. Con suerte, para mi próxima visita puedo poner mi trasero en el tan solicitado sofá y saber de una vez por todas si me he estado perdiendo de algo.

En fin, si sucede, les diré qué tal…