Sobre unicornios y pensamiento mágico

Una reflexión sobre la tolerancia
con las creencias personales

Últimamente percibo a mi alrededor la existencia de una energía persistente: se trata de las vibraciones positivas de los creyentes en cualquier variante del pensamiento mágico. No sé si es una moda que aumenta con los años, o acaso soy yo que me he hecho más escéptico y soy más sensible a la presencia de este tipo de opiniones. Francamente, lo ignoro.

Hace poco cumplí mi primer año de blog. Es en ese espacio donde me he ido curtiendo en divulgar ciencia, en desmontar mitos, y en desacreditar pseudociencias con información, datos y estudios en mano. Es algo que no resulta demasiado complicado desde la lejanía y el anonimato que permite el uso de internet, que me separa físicamente del lector final de mis artículos.

Pero divulgar ciencia y razonamiento crítico es harto más complejo cuando tienes que enfrentarte a diario con amigos o familiares — personas a quienes quieres de una forma u otra, y por quienes te preocupas — que han caído en las avariciosas garras de la superstición. Un tema de discusión entre divulgadores es si en estos casos conviene informar o no a estas personas. No es extraño que al intentar convencer a amigos del peligro para la salud que supone seguir ciertas creencias te miren mal, se enfaden o incluso afecte seriamente a la relación. En estos casos trato de tolerar — fíjate en que no digo respetar: se respeta a las personas, pero no sus creencias — las creencias de cada uno: la fe en un dios, en una vida más allá de la muerte, o en unicornios de color rosa pertenece al ámbito de lo personal.

Se respeta a las personas, no las crencias (fuente).

El problema aparece cuando estas creencias personales trascienden del ámbito personal y se extienden a un plano social. Como dijo Matthew Schultz:

“Tienes derecho a creer en un dios. Tienes derecho a creer en unicornios que viven en tus zapatos, si así lo quieres. Pero el día en que me digas cómo ponerme los zapatos sin molestar a los unicornios, tú y yo vamos a tener un problema. Y si llega el día en que involucres a tus unicornios en las decisiones de este país, ese día tendremos un gran problema.”

Esto ocurre cuando el pensamiento mágico invade el terreno de la ciencia y la medicina. Y es algo que, por desgracia, ocurre con demasiada frecuencia. Deja que te exponga un par de ejemplos extremos, aunque reales.


Matthew (fuente).

En junio de 1977, los padres de Matthew (Detroit) se dieron cuenta de que tenía problemas para caminar. Al pertenecer a la Iglesia del Cristo Científico (sí, en serio) no tenían permitido acudir al médico, así que se encargaron del niño los sanadores de la iglesia, que básicamente rezaban por él. Al no obtener ningún resultado, llevaron a Matthew al hospital, donde terminó muriendo de meningitis con 16 meses de edad por un diagnóstico tardío.


Puede que estés pensando que éste es un caso extremo, que hoy en día no ocurriría algo así y que — al menos en España — no existe tal nivel de religiosidad (¿seguro?). Pero ahora el papel de la religión lo está tomando el misticismo y la espiritualidad, y su intromisión en la salud es cada vez mayor. Por ejemplo, una creencia muy extendida es que las personas poseen una energía espiritual que nos hace humanos y nos conecta entre nosotros y con el universo… aunque no haya absolutamente ninguna evidencia de que esta energía exista. Como he dicho antes, respeto a las personas que tienen estas creencias (aunque no respete la creencia en sí misma), siempre que esta fe no pase de ese punto.

Porque si alguien cree en que existe una energía espiritual, el paso siguiente (y no resulta muy complicado de dar) es pensar que dicha energía es la causa de enfermedades. Y aquí es donde empiezan a aparecer «sanadores mágicos» que se van a encargar de solucionar tu problema de salud gestionando esa energía vital. Sí, hablo de practicantes de reiki, acupuntura, shiatsu, curación con cristales, chamanismo, etc. ¿Crees que esto no puede tener consecuencias en tu salud?


A principios de la pasada década, Debra Harrison fundó una terapia (Consegrity) basada en el reiki para la curación de todo tipo de enfermedades mediante la manipulación de «energía vital». Al poco tiempo su madre enfermó, pero ella no le permitió acudir a ningún médico e intentó curarla mediante su terapia. Cuando la enfermedad degeneró y su madre pudo ir al médico, se le diagnosticó un cáncer de hígado y riñón en estado avanzado, del que murió al poco tiempo. Debra culpó del cáncer a la energía negativa de los médicos. A los dos meses del fallecimiento de su madre, Debra Harrison murió por no tratarse de una diabetes.


Me cuesta aceptar que en esta sociedad tan avanzada en ciencia y medicina siga existiendo gente que crea en estas ideas tan estrafalarias. Algo deben de hacer mal los científicos, divulgadores y medios de comunicación para que el conocimiento científico no cale en la sociedad. O algo deben de hacer bien los charlatanes para que esto no ocurra. Como decía Carl Sagan en 1996:

“Crecemos en una sociedad basada en la ciencia y la tecnología y en la que nadie sabe nada de estos temas. Y esta mezcla inflamable de ignorancia y poder, tarde o temprano explotará en nuestras caras.”

En resumen, y pensando en las personas cercanas a mí que creen en la existencia de energía vital, que el universo tiene un plan para todos nosotros, que tienen fe en algún dios o cualquier otro tipo de pensamiento mágico, decirles que las respeto. Incluso puedo aceptar que tomen decisiones erróneas que afecten a su salud en base a dichas creencias, es su vida y su problema. Pero lo que no puedo tolerar es que dichas creencias afecten a la salud de terceras personas (aunque sean sus hijos), bien mediante imposición, bien mediante difusión de sus ideas. Podéis creer en unicornios si queréis pero, por favor, dejadlos en vuestros zapatos.


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