La magia y la crueldad de la primera cita

Imagen de autoría propia

Me manda un mail Maximiliano avisándome que volvió de la costa y proponiendo que nos veamos hoy. Tengo muchas ganas de saber un poco más sobre este biólogo marino que conocí mientras renovábamos el registro. Sugiere vernos en un bar que yo suelo frecuentar. Parece que ya tenemos cosas en común.

Llego entusiasmada y espero puntualmente en la puerta. Él aparece a los cinco minutos, en bicicleta.

Para mí no es una decisión al azar el medio de transporte en el cual voy a una cita: si voy en auto o bicicleta es porque no pienso que la salida de para mucho más que tomar algo liviano y volver a casa sin necesidad de pasar por el momento de compartir auto o taxi con el otro y estar en la situación de posible beso si no estoy segura de querer que pase. Si voy sin vehículo propio, significa que le tengo fe a la cita y quiero dejar que la situación me sorprenda. Igual son decisiones basadas en mi prejuicio pre-cita, el cual muchas veces, por suerte, se rompe.

Nos sentamos en la barra y pedimos tragos y rabas.

Maximiliano habla como cuidando cada palabra que sale de su boca, casi pareciera que las saborea. Tiene un leve tono melancólico que por momentos interrumpe con una risa aniñada.

Pregunta por mi familia y me cuenta de la suya, marcada por algunas tragedias de las que me da una especie de pudor que me las confiese casi sin conocernos. Por suerte hablamos también de cosas alegres y menciona que en pocos días es su cumpleaños, lo que parece que lo tiene entusiasmado. Mientras me habla, me toca la rodilla con frecuencia, como acentuando las palabras.

Por momentos es un hombre cálido y en otros es distante. Dudo si es distancia o misterio pero a mí el hombre misterioso me atrae en seguida sin embargo estar con él me genera una sensación rara y me doy cuenta que lo suyo es distancia. Siento que hay ratitos en los que está muy conectado con nuestra charla y a veces se queda mirando el horizonte o algún detalle de su copa. Son milésimas de segundo pero me llama la atención. Qué difícil es analizar las señales de alguien al que uno no conoce! (Y-por-qué-no-te-relajás-y-punto,-Verita?!)

La estoy pasando bien pero es tarde y mañana tengo que trabajar. Voy al baño y cuando vuelvo él ya pagó la cuenta. Mientras nos levantamos, menciona 
-otra vez- su cumpleaños y dice que quizás vuelva al mismo bar a celebrar con su amigos la próxima semana.

Pienso que, como él vino en bici, nos vamos a despedir en la puerta, pero se ofrece a acompañarme a casa caminando.

Veintisiete cuadras de a pie nos unen con mi hogar y la extensión peatonal de nuestra cita es más animada aún que la estática. Se ve que los lugares públicos son nuestro mejor ámbito.

Durante casi todo el recorrido menciona DOS VECES MÁS su próximo cumpleaños, también hablamos de viajes y particularmente de sus últimas vacaciones, en las que fue con su hermano a Córdoba y compartieron juntos la experiencia de probar ayahuasca (un preparado hecho con plantas que crecen en el Amazonas).

Mientras empieza su relato, pienso si tengo alguna historia aventurera equivalente de mi vida para contarle y me doy cuenta que lo más jugado que hago es comer frito dos veces en un mismo día, así que prefiero callar y escuchar su historia con atención. Detalla el espacio físico donde ocurrió, el chamán que “ofició” la experiencia y cada cosa que sintió física y espiritualmente durante las largas horas que duró todo.

Mientras entra en detalle sobre algunos fluidos que salieron de su cuerpo durante su “ritual de autosanación”, yo empiezo a preguntarme si habrá o no beso de despedida.

El beso dice mucho del otro y mucho más aún de la química que puede haber o no entre las dos personas. En este caso, me da un poco de ganas de besarlo, pero también podría esperar a nuestra segunda cita, que por su manera de hablar parecería que sucederá pronto.

Llegamos a la puerta de casa y, sin soltar la bicicleta, comenta que fue muy bueno conocernos más allá de nuestra sesión compartida con el psicólogo del trámite del registro. Como si el tiempo se acelerara de golpe, me da un beso en la mejilla, se sube a la bici, empieza a pedalear y me saluda sonriente con una mano. Mi “chau” llega, atrasado, cuando él ya está alejándose a algunos metros de mi puerta.

Subo en el ascensor cantando “Lleva llévame en tu bicicleta, óyeme Maxi llévame en tu bicicleta”. Sí, claro, tuve todo el camino la canción de Shakira en la cabeza.

Me siento en el piso, sobre la alfombra del living y hago ejercicios para estirar las piernas (Ay-ellllaaaaa!-Se-hace-la-deportista-por-haber-caminado-veintisiete-cuadras-al-paso-de-una-bici-sin-conductor!). Prendo una vela con aroma a vainilla que me regalaron en pilates cuando cumplí un año de ir a clases. Mirando la llama, me quedo pensando en las primeras citas. En general me queda un sabor agridulce cada vez que vuelvo de un primer encuentro y me doy cuenta que es porque siento que las primeras citas son mágicas y crueles por partes iguales.

Mágicas, porque uno llega con toda la ilusión de que esa persona sea todo lo que imaginó a lo largo de su vida, que haya una conexión inmediata y sea una de esas historias en las que “desde ese día no nos separamos más”.

La crueldad pasa porque es casi imposible que todo eso suceda en un solo encuentro.

Yo, igual, no pierdo las esperanzas de que alguna primera cita se transforme en segunda, tercera y algunas más también. Creo más en las relaciones que se construyen de a poco que las de enamoramiento inmediato, pero quizás sea porque hasta el momento eso nunca me pasó.


Enterate aquí cómo conocí a Maximiliano


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