La pausa que Tinder me dejó

Imagen de autoría propia

La conversación con mi hermano me dejó pensando: qué estoy haciendo para atraer a los hombres? No-mucho-pero-sea-lo-que-sea-claramente-no-estaría-funcionando,-no?

Entro el lunes al trabajo más despeinada y desanimada que de costumbre y la primera imagen con la que me encuentro es la de Yeye, quien apenas me ve me saca la lengua con un gesto entre aniñado y de cara de cantante de Metallica en pleno recital (ah! y además con una mano extiende su remera desde abajo y con la otra hace ese gesto-heavy-metal estirando solamente el dedo índice y el meñique).

Toda una sobredosis gestual absolutamente imposible de digerir un lunes 9 am.

La miro atónita, trato de interpretar qué me quiere transmitir desde esa bella cabecita sin frizz.

Bajo la mirada y noto que en su remera está estampada la famosa foto de Albert Einstein en la que está sacando la lengua, acompañada por su frase “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Me doy cuenta que ahí no termina la escena porque algo brilla más que los dientes de Yeye: el pobre Albert tiene un piercing en la lengua. Una bolita metálica con un brillo incrustado agujerearon para siempre la tela y la memoria del prolífico científico.

Afirmando en silencio mientras hago mi relevamiento, Yeye espera a que crucemos nuevamente nuestras miradas para decir con felicidad y tono agudo:

— Se lo puse yo!, no es lo más???

— LO MÁS! — reafirmo como si no hubiera verdad mayor en el universo.

Caminando hacia mi escritorio pienso en cuan obvia pero existencial es la frase de Einstein pero que complejo es tener este precepto presente en lo cotidiano. Como cuando tenés una pelusa en la punta de la naríz y de tan cerca que está no la ves hasta que alguien te la señala.

Se asoma Eloísa:

— Buen día! Qué cara de concentración! En qué pensás?

— En que me voy a instalar Tinder.

— Genial, probá, no perdés nada! — . Se va como si hubieramos hablado del clima, no es consciente de lo que significa para mí animarme a irrumpir en el mundo del catálogo virtual de solteros disponibles. Y exponerme, sobre todo, exponerme.

Si estás leyendo esto y tenés la des/dicha de no haberla usado nunca, básicamente consiste en definir qué se busca (hombre/mujer), de qué rango de edad y a cuántos kilómetros -máximo- de distancia debería estar. Una seguidilla de fotos de hombres aparecen y una solo debe hacer click en un corazón si te gusta o una cruz si lo querés descartar. Si al que le pusiste corazón hizo lo mismo con tu foto, aleluya!, se abre la posibilidad de chatear.

Así fue como conocí a Miguel, 40 años y una hija.

En seguida nuestra charla se volvió una ensalada de frutas de coincidencias: hablamos de viajes, películas, comida, libros y sexo. Intercambio de perfiles de facebook y más charlas: un día, dos, tres. Horas de descubrimiento mutuo y atracción con letras y puntos de por medio.

Cuando sos nuevo usando este tipo de apps y te cruzás con alguien con el que parece que congeniás en todo, no podés creer que no hayas usado este medio con anterioridad. Pensás que todo es posible, que de verdad el hombre de tu vida estaba a un click de distancia…

Al cuarto día de hablar y haber planeado distintos hipotéticos encuentros, me dice que tiene algo que confesarme: está conociendo a alguien, por ahora solo puede llamarlo “vínculo”, y yo le “rompí la cabeza” pero no quiere arruinar lo otro que tiene.

Entre la pausita y el hashtag debería haberme retirado de la escena silbando bajito y para siempre.

Horas más de charla esa misma noche y más aún al día siguiente. Dos días después no me habla más (con el tiempo me fui dando cuenta que esto se volvería una especie de karma en mis relaciones virtuales). Vuelvo a escribirle aunque sea para cerrar nuestro “vínculo”. Chequeo el celular. Nada.

Pasa un rato. Nada.

Pasan días. Nada.

Ok, tan fuerte es lo que le pasó conmigo -sin conocerme- que ni siquiera puede dirigirme la palabra? Lo borro de facebook y me olvidó de él, quedandome con enojo, frustración e incertidumbre.

Pasa un mes (UN MES!) y me vuelve a pedir amistad. Con ironía incontenible le pregunto si está necesitado de acumular amigos en facebook o algo así. Pequeña discusión al respecto y volvemos a ser “amigos”.

Me confirma que me dejó de hablar porque “no podía manejar” lo que le estaba “pasando” conmigo y las ganas de conocerme con el otro “vínculo” que, por cierto, continúa. Algunos días más de charlas e intenta convencerme de vernos una sola noche. Me niego una y diez veces hasta que la vez número 11 le digo que puede ser, que lo voy a pensar. Al día siguiente cumple años y decido mandarle un mensaje de voz por primera vez que incluye un pequeño cántico alegórico. No me contesta.

Pasan dos días y sigue sin contestar.

Le escribo: Evidentemente debés tener muchas mujeres que te mandan mensajes cantados por tu cumple.

Pienso: Evidentemente debo cantar muy mal.

Chau Tinder! #AhoraLaDeLaPausitaSoyYo


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