316. Pescados con vino blanco

Un día cuando estaba en bachillerato, el profesor de matemáticas invitó a un voluntario a resolver un problema en la pizarra. Yo me levanté con entusiasmo y comencé, llené de números y signos en marcas de tiza los dos lados de la superficie verde hasta que di con lo que consideraba el resultado. De hecho, hasta lo encerré en recuadro para darle más firmeza al producto de mis cálculos. Cuando le confirmé al profesor que había terminado, me comentó: “no me sorprende lo mal que lo hiciste sino la seguridad que mostraste”.

Siempre que pienso en los “mitos” en las armonías entre vinos y comida recuerdo ese incidente: no me asombra que se equivoquen sino la seguridad con la que lo hacen. Y, de hecho, la mayoría de los casos tienen un agravante: yo, aquella vez, no me defendí, pedí que me mostraran el error y listo; en las barbaridades que he escuchado luego debo escuchar también alegatos realmente rídiculos para ver si dan validez a lo que dicen.

En dado caso: ¿qué pensarán el salmón, el atún o la sardina cuando los quieren “obligar” a llevarse bien con un sauvignon blanc afrutado? ¿Qué pensarán los pescados cocinados en hojas de plátano y rellenos con sabores abigarrados? Deben imaginar con añoranza un pinot noir, un gamay, un mencía o algún vino elaborado con maceración carbónica. Deben lamentar estos desencuentros y esperar tiempos y vinos mejores.