Una experiencia de Arequipa

Perú para viajeros, parte 5 de quiensabecuántas

Llegamos a Arequipa, desde Lima, el sábado 8 de abril cerca de las dos de la tarde. Enseguida notamos la diferencia: la humedad, el calorcito y las eternas nubes de Lima se habían transformado en montañas nevadas presidiendo sobre un cielo casi puro, apenas fresco y confortablemente seco.

Arequipa está a unos 2300 msnm. No notamos, a decir verdad, ninguna diferencia en el aire debido a la altura, pero es de suponer que los días pasados allí nos vinieron bien más tarde, cuando nos tocó subir más de mil metros hasta Cusco.

Un taxi “oficial” desde el aeropuerto de Arequipa hasta el centro histórico nos costó S/30 (poco menos de 10 dólares). El camino es intrincado, con subidas y bajadas, por calles angostas que (hasta bien entradas en la zona urbana) bordean terrazas y precipicios donde pastan caballos, ovejas y vacas. Todo es visiblemente más verde que en Lima, donde los únicos lugares donde crece el pasto son aquéllos expresamente regados en los parques y plazas. Llueve aquí, como en Cusco y en buena parte de Perú, desde mediados de la primavera hasta principios del otoño.

Nuestro departamento se encontraba a seis cuadras de la Plaza de Armas, dentro de la zona histórica. Veredas y calles son de piedra; las paredes de las casas suelen ser de sillar blanco, la roca volcánica que distingue a Arequipa y le da su mote de “Ciudad Blanca”. Arequipa es bastante tranquila comparada con Lima o con Cusco, lo cual no significa que en sus calles angostas no se produzcan embotellamientos casi continuamente. Hay pocos semáforos y muchísimos taxis.

La Plaza de Armas es bonita, más tranquila que la de Lima y más pequeña que la de Cusco; el asedio de los vendedores es tolerable. A mí me recordó mucho a la plaza principal de la ciudad de Salta, en el noroeste argentino: el mismo empedrado gris, los mismos arcos formando galerías, la misma gran catedral en un lado. En Salta hay naranjos en la plaza, cosa que no en Arequipa; la catedral arequipeña, además, es relativamente moderna, ya que los recurrentes terremotos han ido destruyendo sus encarnaciones anteriores.

El día parece amanecer siempre luminoso en Arequipa, con alguna nube en el horizonte que luego desaparece y vuelve a aparecer hacia la tarde; mirando al noreste desde cualquier lugar despejado se puede apreciar el majestuoso cono del Misti, y más al sur los varios picos del Chachani, y un poco más todavía, con dificultad, el lejano Pichu Pichu. Hace fresco en la sombra pero el sol pega fuerte fuera de ella; de noche refresca notablemente. Nos ocurrió ir tan campantes por la calle en manga corta y luego, al entrar a un restaurante que mantenía la puerta abierta, tener que abrigarnos.

Pasamos un rato el segundo día haciendo averiguaciones para una excursión al Cañón del Colca (que era la única parte de nuestro itinerario que no habíamos reservado con anterioridad). De eso les cuento aparte.

De todos los lugares que vale la pena visitar en la ciudad, el primero sin dudarlo debe ser el Monasterio de Santa Catalina de Siena. Está a tres cuadras de la Plaza de Armas y ocupa el equivalente de dos manzanas; es una ciudad en miniatura, con varios claustros (organizados en torno a patios) y varias pequeñas calles con nombres de ciudades españolas.

Calle Sevilla, Monasterio de Santa Catalina

La historia del Monasterio es muy curiosa y vale la pena leer sobre él antes de la visita. Una vez dentro (la entrada cuesta S/40) uno puede solicitar un guía, pero considero que es mejor hacer el recorrido por cuenta propia, tomando tanto tiempo como se desee. Se pueden ver las celdas de las monjas, las cocinas, los oratorios y muchas muchas pinturas murales. Hay un patio con una bella fuente y una escalera que lleva a una terraza. Los colores son impactantes y el arreglo rústico del lugar es una delicia para un fotógrafo. Visitamos el Monasterio el primer día después de llegar y pasamos allí más de dos horas caminando despacio.

Más temprano ese mismo día habíamos ido al Museo Santuarios Andinos, que está dedicado a la exhibición de los hallazgos de las famosas expediciones que descubrieron sacrificios humanos en las altas cimas de la región. El más famoso es una “momia” (en realidad un cadáver preservado naturalmente) a la que llaman Juanita. Dado que no puede estar expuesta todo el tiempo, en su lugar nos tocó ver otra momia, Sarita, mucho menos conservada. Pagamos S/20 la entrada y al final le dimos S/10 de propina a la guía por su amabilidad y esfuerzo, aunque éstos no pudieron realmente compensar la mala iluminación y el escaso dinamismo de la muestra. Veníamos, desafortunadamente para ella, de ver en septiembre de 2016 la exhibición mucho mejor montada, en Salta (Argentina), sobre los sacrificios incaicos hallados en la cima del volcán Llullaillaco; las comparaciones fueron odiosas pero inevitables.

Al otro día visitamos dos casas históricas: la Casa del Moral y la Casa Tristán del Pozo. De la primera se destacan muebles y obras de arte; de la segunda, su fachada y el hecho de que perteneció a los tíos de la activista socialista y feminista Flora Tristán, abuela de Paul Gauguin. Si el nombre no te suena, es porque todavía no leíste las Peregrinaciones de una Paria ni la biografía novelada de Tristán y Gauguin, El paraíso en la otra esquina, del arequipeño y Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa. Esa misma mañana, no casualmente, intentamos visitar el Museo Casa de Mario Vargas Llosa, pero estaba cerrado; de hecho, nos perdimos la visita del propio escritor a su tierra natal, para su cumpleaños, por apenas diez días.

Ya crónicamente llenos y con los bolsillos golpeados por la sofisticación gastronómica de Lima, no abusamos tanto de los restaurantes en Arequipa, pero no quisiera dejar de recomendar un pequeño lugar llamado Hatunpa, en la calle Ugarte, que sirve como especialidad platos cuya base son tres, cinco y hasta siete diferentes tipos de papa.

Pasamos poco tiempo en Arequipa (dos días aprovechables) y estoy seguro de que nos perdimos de algunas cosas. La última noche fue la de nuestra vuelta desde el Cañón del Colca; temprano a la mañana siguiente seguimos viaje hacia Cusco.

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