El Brexit y la semilla del odio

Hay Brexit y la Unión Europea ha recibido una estocada casi mortal. El daño que la Unión Europa ha recibido no se debe tanto al resultado —asumible— tras el referéndum, sino a los principios a los que renunció hace ya meses.

La salida del Reino Unido de la Unión Europea es un desafío político que puede resolverse sin que afecte demasiado a los ciudadanos. Unos acuerdos bilaterales similares a los firmados con Suiza pueden encajar perfectamente con el Reino Unido de tal manera que se haya cambiado todo para no cambiar nada. El daño se encuentra en realidad en aquellas cláusulas que permitían al Reino Unido reducir los derechos y beneficios sociales de los inmigrantes, según las circunstancias.

Carlos Vázquez hacía varios apuntes a considerar en su artículo «¿Y si se van?» de ayer:

Podrán limitarse los beneficios sociales a los inmigrantes por hasta siete años.
Los beneficios sociales a los hijos de los inmigrantes se modularán de acuerdo al coste de la vida de los países donde residan.
También podrán impedir la entrada o expulsar a los inmigrantes según su lugar de origen por motivos de seguridad.
Y un largo y plomizo etcétera, tan largo y tan plomizo como un londinense día de junio.

Si el problema de encaje político y económico del Reino Unido se puede resolver en los años previos a la salida, entonces la pregunta sería, ¿qué ha cambiado para los ciudadanos de la UE? No su política, su corrupción, su legislación o los repartos de dinero. El asunto más alarmante consiste en que se abrió la puerta a jugar con los derechos y oportunidades de los inmigrantes de la Unión Europea, creando ciudadanos de segunda clase.

La Unión Europea es algo más que un tratado económico o un acuerdo entre gobiernos. La Unión Europea es el hermanamiento de culturas muy diferentes bajo una idea muy sencilla y poderosa nunca antes vista: todos somos iguales sin importar el país de procedencia. Se construyó de tal manera que cada país conservó su identidad pero todos ganaron en calidad humana y diversidad. Cualquier ciudadano de la unión tiene libertad de movimiento por todos los territorios miembros, el derecho a trabajar, residir y ejercer la ciudadanía en cualquier nación, y el derecho a recibir los mismos beneficios sociales que cualquier otro conciudadano. La Unión Europea — como concepto — es probablemente el mayor desafío a la xenofobia de la historia de la humanidad. Representa una piedra que cimienta la idea de que es posible un mundo donde no sea importante el lugar en que has nacido.

Por supuesto, se puede argüir que esta idea está adelantada a su tiempo y como tal se encuentra con dificultades, como las diferencias económicas entre países miembros, que afectan a los flujos migratorios y conllevan problemas sociales y políticos. El Reino Unido abrió la veda para que los países puedan cerrar sus fronteras o limitar la entrada de inmigrantes de la Unión Europea por conveniencia. Ahí comienza el mayor desafío al hermanamiento y la identidad europea: ¿qué hacemos si los países empiezan a discriminar a otras naciones? «Rumanos aquí, no». «En este país prometemos que si ganamos las elecciones no dejaremos entrar a más búlgaros». «Españoles fuera». ¿Qué semilla sería esa? Sería una vuelta a la exclusión, al rencor y a la desigualdad.

La Unión Europea renunció inútilmente a varios principios básicos que formaban parte del proyecto europeo en febrero. El matrimonio con el Reino Unido era de conveniencia y, como tal, no importaba cuánto se concediese: siempre se querría más. La idea latente de abandonar la Unión Europea hubiera persistido en cualquier caso. Se puede sobrevivir a la separación de un miembro que no encuentra encaje en el club europeo, pero dicha asociación no puede persistir si el sentimiento europeo de fraternidad y unión desaparece.

Antes, el ministro polaco de Exteriores, Witold Waszczykowski, había expresado su temor a que «otros países, siguiendo el ejemplo de Gran Bretaña, puedan, por ejemplo, chantajear a la UE con la amenaza de referéndum similares y exigir ciertos exenciones de políticas europeas o cambios en su estatus en la Unión».

Ahora nos vemos con el peor resultado posible. Hay Brexit, sí. Pero, aún peor, han empezado a cundir el resentimiento, la envidia y la antipatía entre los países miembros restantes. Y no hay asociación beneficiosa donde la semilla del odio encuentra su lugar.

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Hugo Aguirre Herrainz trabaja para Sony PlayStation y reside en Londres. Implicado activamente en política, con gusto por escribir, y un gran interés en temas de actualidad y polémicos.

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