Entre ruinas y Buddhas

Crónicas cingalesas: Vol. 2


Este artículo es una total continuación del primero de esta serie: “Anuradhapura y Mihintale”, que podría estar perfectamente incluido en esta toma de las crónicas cingalesas, pero que por mera logística quedó fuera.

Salimos bien de mañana de la ciudad de Anuradhapura en una minivan privada que habíamos contratado al conductor de uno de los tuktuks del día anterior, que se ofreció a prestarnos el servicio que buscábamos. Nuestro plan inicial era haber visitado un buen puñado de cosas en dos días y que, finalmente, el conductor nos soltase en el destino deseado, pero al contarle nuestro plan, confió el que pudiéramos hacerlo en uno, así que allá que nos lanzamos, para poder ahorrar algún día y emplearlo en alguna de las playas del sur (desde donde se escriben estas palabras).

Buddha, by Nick Leonard

Aukana

Nuestra primera parada, tras una hora y media de camino que los cuatro pasamos absolutamente dormidos, llegamos a Aukana, donde se levanta una imagen de Buddha, de pie, de más de doce metros de altura y más de 1.500 años de antigüedad, tallada en la viva roca de granito sobre la que reposa.

Aparte de la figura, en el recinto sólo encontramos una pequeña dagoba y muros de la estructura que la cobijaba en su construcción original, lo que hace que la visita fuera bastante corta, y en soledad, puesto que hasta justo el momento de irnos, éramos los únicos visitantes del lugar.

Tengo que admitir que mi valoración de esta parada, muy conveniente en el trayecto entre Anuradhapura y Dambulla, es muy positiva pese a que esperaba bastante poco;, no es nada del otro jueves, evidentemente, pero sin duda, más que una parada técnica, recomiendo a cualquiera que la considere punto clave de un día cultural por el norte de Sri Lanka.

Dambulla

La siguiente parada, y una de las, a priori, más importantes del viaje, fueron las cuevas de Dambulla. Mal empezó la cosa… lo primero que encuentra uno al llegar al lugar es una mole horrenda en forma de cara de león con flores alrededor, que alberga un museo, y un Buddha dorado sentado encima, que por lo menos salva un poco la estampa.

Dambulla Temple, by Marco Lazzaroni

A la izquierda de esta “maravilla” comienza una pequeña subida de escaleras que muchos deben realizar dos veces (nosotros entre ellos) ya que la ticketería no está indicada en ningun sitio y es común descubrir que está abajo del todo una vez llegado a la entrada de las cuevas, en la cima de las escaleras. Sin duda no habíamos entrado con buen pie a este lugar…

Pero al final llegamos arriba y visitamos las cinco cuevas que forman este complejo, repletas de imágenes de Buddha y de pinturas de escenas budistas, algunas de más de 2.000 años de antigüedad, muy cercanas a la llegada del Budismo a la isla. Mis favoritas, sin duda, las dos primeras, la primera por el increíble Buddha tumbado, y la segunda por la cantidad de imágenes, y los bien conservados frescos del techo.

Dambulla Caves, by Ti Marner

No dudo en absoluto de que Dambulla tenga que ser un fijo en cualquier viaje a Sri Lanka, pero salí con un sabor de boca un tanto amargo. Por falta de información o por tener expectativas muy altas, me decepcionaron bastante: llegué esperando alguna locura religiosa como las cuevas de Pindaya, en Myanmar, y lamentablemente no tienen ni punto de comparación con ellas a nivel visual, solamente la abrumadora antigüedad, y la segunda de las cuevas, las salva de la decepción absoluta. Una lástima.

Tras esta parada tuvimos dos contactos, diferentes, con elefantes, tanto domésticos como salvajes, que nos llevaron a dormir a Polonnaruwa, pero eso lo dejo para el próximo capítulo de las crónicas cingalesas.

Polonnaruwa

Y tuvimos el gusto de despertarnos, casi por arte de magia (y con un poco de resaca) en Polonnaruwa, la segunda de las capitales históricas de la isla, heredera del imperio de Anuradhapura.

Nuestra exploración de esta zona arqueológica fue mucho más liviana que la de la anterior capital, ya que nos esperaba un trayecto en minivan, y posterior esfuerzo físico, por la tarde, no obstante, sí que tuvimos la suerte de disfrutar de los lugares más representativos, comenzando por el cuadrángulo sagrado; un pequeño recinto amurallado que encerraba algunos de los edificios religiosos más importantes de la ciudad, incluyendo el Vatadage, mi particular favorito.

Vatadage, by Feng Zhong

De aquí fuimos a visitar una enorme dagoba, sin pintar, y a mi gusto más bonita que la mayoría de las que vimos en Anuradhapura, sobre todo por los pequeños detalles y “altares” a su alrededor, en cualquier caso, poca novedad y tomamos camino del otro punto importante de esta ciudad, las esculturas de Buddha, talladas en la roca de Gal Vihara.

Gal Vihara, Polonnaruwa, by domkey kong

Se trata de tres grandes (aunque yo me las imaginaba gigantes) imágenes de Buddha, una sentado, otra tumbado y otra de pie, esculpidas en la roca desnuda; sin florituras de pintura ni nada de ese palo, lo que las hace mucho más auténticas, a mi gusto. Probablemente este sitio sea lo más espectacular de todo Polonnaruwa, aunque a mi, en concreto, me dejó un pelín frío por una increíble cubierta de metal que cubre a las tres figuras, a modo de techo, que le da un aspecto de artificial al conjunto que no me gustó nada.

Sin más dilación, tras esta visita, cogimos camino de nuestro siguiente destino, el que yo más ansiaba de este viaje. Una ambición desde hace muchos años, desde que empecé a interesarme por esto de los viajes. Otro sueño cumplido.

Sigiriya

Sigiriya Rock, by John T

Lo más increíble de este lugar, sin duda, es que a algún colgado se le ocurriera construir una ciudad en lo alto de una piedra absolutamente inaccesible. Es un contraste espectacular a la llanura infinita en la que se encuentra. Temía que la subida fuera durísima, pues todo indica a que podría serlo, pero es un paseo agradable, con escaleras todo el rato, pero sin llegar a ser agotador, cualquier niño podría subirlo.

Lo primero medianamente interesante que encontramos a la subida es una galería con los restos de unos frescos que se cree que cubrieron casi la totalidad del muro en el que ahora se encuentran. Curiosos, pero nada del otro mundo para mi, que nunca he sido muy de pintura ☺. Cuando ya empieza uno a pensar en llegar arriba, como a dos tercios de la subida (o más) se realiza una paradilla, la última, para descansar, en lo que pensaba ser la gran entrada a la zona noble de la ciudad, con un gigantesco león custodiándola, de lo que, lamentablemente, sólo quedan las pezuñas.

Sigiriya Lion Claws, by jo_chen_W

Una vez arriba, todo cambia. El calor de la base se ha convertido en un fuerte viento que hace desaparecer el clima. El límite de visión pasa de ser la espesa selva o las cabañas que cercan la carretera a ser el infinito. Donde nunca hubo turistas, hasta entonces, todos (que aun así fueron pocos) parecieron agolparse aquí. Para mí, lo mejor en cuanto a ruinas se refiere, sin ninguna duda.

Segundas impresiones

Una vez terminada la zona monumental antigua (nos quedaría Kandy, pero al no ser nada antiguo ni ruinoso, lo saco del pack, dejándolo para otro episodio), tengo que decir, y admitir, que a excepción de Mihintale y quizás la segunda cueva de Dambulla, el apartado histórico de Sri Lanka me ha dejado un pelín fuera de juego. Me esperaba de Dambulla la serendipia de la que todos hablan, pero me encontré poco más que una cuevas muy pequeñas (y ya acabo de contar que me esperaba unas Pindaya en versión cingalesa. De Anuradhapura me esperaba un Angkor en miniatura, y aunque el estado de conservación mejora al de Anuradhapura (por eso de tener 1.000 años menos), aunque hubiera estado completo creo que no habría sido ni la sombra del complejo camboyano. Sigiriya me impresionó, me encantó cada esquina, quizás porque de ésta sí que sabía que la parte arqueológica era muy pobre, y me limité a disfrutar del paraje y de la idea de montarse una ciudad ahí.

Además, totalmente paralelo al viaje; por estas fechas ya empecé a darme cuenta de que la guía Lonely Planet de Sri Lanka, es probablemente la peor de las guías de esta conocida marca. No sabría si decir que los autores no han estado en Sri Lanka, o iban como parte de un viaje organizado o qué, pero han vivido un país absolutamente diferente al que yo vi.

Por otro lado, en estos míseros tres días ya empezamos a tomar consciencia de uno de los mayores valores del país: su gente; sin ninguna duda tengo que incluirlos cerca de la cima en alguna clasificación de generosidad, amabilidad, “pocointerésportimaralturista”, disposición, servicialidad y, en definitiva, comodidad para el visitante. Todo un diez.

Seguiremos informando.

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