Que detengan el mundo: vuelve ‘Game of Thrones’

Un breve elogio a la serie más trascendental de nuestro tiempo

Daenerys Targaryen en una toma de la nueva temporada de Game of Thrones. Fuente.

Esta misma noche, en apenas cuatro horas, se estrena la séptima temporada de Game of Thrones —o Juego de Tronos, traducida a nuestro idioma — . La serie que sigue las peripecias de algunos de nuestros personajes favoritos, desde los heroicos Jon Snow y Daenerys Targaryen hasta los más excéntricos Tyrion Lannister o Arya Stark, ha sido la comidilla en redes sociales y en las terrazas de mi ciudad en la última semana: las expectativas están aún más altas que hace año y pico, cuando comenzó la sexta temporada.

La actividad en redes sociales hoy ha sido frenética. Ya se avisa en todos los grupos de WhatsApp sobre el castigo a los que suelten un spoiler. Aquí en España no se parará el mundo a las tres de la mañana porque, francamente, es un horario inconveniente; pero no es ninguna exageración decir que ningún evento que suceda a las tres de la mañana levanta la misma expectación que Game of Thrones.

Pero paremos un momento y pensemos: ¿cuántas series —o películas — han alcanzado este nivel de seguimiento en los últimos diez años? ¿Y en los últimos veinte?


Series universalmente reconocidas y aclamadas, como The Wire o Los Soprano, nunca llegaron a movilizar a la masa social como Game of Thrones. Series taquilleras como The Walking Dead, en cambio, nunca alcanzaron el nivel de intriga y complejidad de Game of Thrones —y por ahí fueron cayendo hasta convertirse en «segundones».

El mercado de las series y de la televisión es un mercado difícil. Siempre lo fue: el arte y el ocio en general son entornos duros en los que priman la creatividad y el timing, y en los que destacar es prácticamente misión imposible. El internet no ha hecho más que exacerbar una situación que ya todos conocíamos. Hoy en día, hay — al menos — una serie para cada tipo de público. Hay Rom-Coms para todos los gustos, shows feministas impensables hace dos décadas, dramas de andar por casa que cubren un amplio espectro de niveles de seriedad, novelas históricas traducidas a series e incluso innovaciones revolucionarias que ya no nos lo parecen tanto, como ese western de ciencia ficción que es WestWorld.

En este contexto, el éxito de Game of Thrones es aún más sorprendente. No deja de ser una historia de fantasía, con sus items de fantasía más comunes: hay dragones, hay no-muertos, hay resurrecciones, espadas mágicas, familias hechizadas, reyes locos, princesas atractivas, buenos buenísimos, malos malísimos, bárbaros barbáricos. Añade trazas de novela histórica — esos Stark y Lannister que tanto-tanto-tanto se asemejan a los York y los Lancaster de la Guerra de las Rosas — y unos personajes muy bien trabajados y perfilados (y un presupuesto a la más alta de las alturas) y voilà: HBO vuelve a anotarse un tanto.

Pero es que Game of Thrones no es un tanto. Game of Thrones no es un homerun, ni un gol en un partido ajustado; tampoco una canasta de bella factura. No, Game of Thrones hace tiempo que trascendió esos niveles.

Game of Thrones es el Rafa Nadal que ganaba Roland Garros por aplastamiento. Es la Alemania que, en semifinales de un Mundial, le metió cinco a Brasil en media hora… Y en Brasil. Es un fenómeno que traspasa las fronteras de su ámbito y se convierte en actualidad, en cultura general, en visionado obligado: en quedarte fuera de las conversaciones a tu alrededor simplemente por no ver una serie.


Miren, comprendo a los escépticos. Les costó a mis amigos cuatro temporadas y media conseguir que viera Game of Thrones. Soy un rezagado más, alguien que se subió al carro cuando ya se veía cuál era el caballo ganador. Así que entiendo a la gente que no lo ha visto, sea por vagancia, por no-se-ajusta-a-mi-género o por querer ir a contracorriente. Lo entiendo, créanme.

Pero se equivocan.

Game of Thrones lleva años ofreciéndonos personajes ricos, con matices, con luces, con sombras. Es peculiar hablar con fans de la serie y descubrir que no hay personajes unánimemente favoritos, y que las tramas que algunos odian, otros aman. La «manía» de la serie de prescindir de personajes principales ha hecho que los que empezaron como secundarios hayan evolucionado tanto durante las seis temporadas que es imposible no sentir apego por ellos.

Y las escenas.

Ya lo dije durante nuestras crónicas en Punto y Coma el año pasado: Game of Thrones es especial porque sus puntos álgidos son, simple y llanamente, lo mejor que hay en la televisión actualmente. No hay nada que se acerque a la factura técnica y a la carga emocional de las mejores escenas de Game of Thrones. Y esto lo dice alguien que sigue pensando que no es la mejor serie de la historia; pero, aunque no sea la mejor, es, desde luego, la que mejores escenas tiene. Y esas escenas hacen que toda la inversión de tiempo y de sufrimiento — por unos personajes que, francamente, lo pasan fatal — merezca la pena.


Game of Thrones es una maravilla a la altura sólo de los fenómenos televisivos más potentes de la historia. Sé lo que fue El Señor de los Anillos, y no creo que sea una exageración decir que Game of Thrones está varios niveles por encima. La expectación por los libros de Harry Potter siempre fue apabullante, pero si aislamos eso para centrarnos en las películas, me parece que también Game of Thrones ha llegado más allá. Quizá haya que irse a auténticas leyendas — y a otros tiempos, sin internet, sin el ciclo de 24 horas de información, sin la saturación de oferta televisiva que tanto valor le resta a una sola película o serie— para encontrar una comparativa adecuada, y no quiero arrojarme a esa ciénaga.

En tres horas comienza de nuevo la producción televisiva más importante de nuestro tiempo. Y — como siempre con la gente o las iniciativas que alcanzan ese estatus — a estas alturas no queda más que relajarnos y disfrutar de ello.