¿Del lado equivocado o del lado ganador?

Imagen de autoría propia

A los dos días de los primeros besos con Manuel, vienen muchos más mientras almorzamos en el mismo bar. No entiendo qué hago comiendo (y besándome!) con un tipo que a la noche vuelve a una casa dónde hay una mujer (SU mujer) y un hijo (SU hijo) esperándolo para la cena familiar, pero, como pocas veces antes, me dejo llevar sin demasiado sobreanálisis.

Logra ponerme la piel de gallina como en aquel primer encuentro entre cervezas artesanales y amigos barbudos. Pero ahora con besos dulces y un deseo a punto caramelo en la mirada.

El mismo día a las siete de la tarde me llama:

– Me fui de casa. No daba para más y tomé la decisión. Me quedo unos días en lo de mi mamá que está de viaje. ¿Puedo pasar antes a darte un beso?

Pienso, pienso y pienso en milésimas de segundos. ¿Voy a dejar que un casi extraño que está casado y que se está yendo de su casa venga a la mía? ¿Le doy un beso en la puerta y chau o lo hago subir? ¿Se querrá quedar a dormir? ¿Está muy desordenada mi casa? ¿Si lo invito se instalará? ¿Quién se cree que es? Mi casa no es un hotel de separados hace 14 segundos! (Tranquila,-Verita!-No-era-que-no-estabas-analizando-tanto-la-situación-con-Manuel???-Relax,-Nena!)

Pongo voz de relajada y contesto:

– … dale

Pensaba dedicar mi noche a continuar mi lista “pre viaje” (amo las listas!) en la que por ahora sólo anoté: Pijama / Cámara de fotos / Muñequito de He-Man de cuando Javi era chico (se muere cuando lo vea). Peeeero… reemplazarlo por una semi cita con el bombón de anteojos repentinamente separado me parece mucho mejor plan.

Cuando le abro la puerta su cara me transmite una sensación rara y no sé si sonreir o darle el pésame. Él trata de ponerle onda a su visita pero su duelo que recién comienza está fluctuando en el ambiente como una mosca molesta. Es una cita (?) extraña, pero pasamos un lindo rato charlando tranquilos y, para mi sorpresa, también tenemos sexo.

Inauguramos así una seguidilla de encuentros sexo-picadita-peli-en-el-sillón, primero en casa y después también en su nuevo departamento de soltero, para el que le regalé un mini cáctus y una velita aromática (otro día me gustaría hablar sobre si corresponde o no regalar cuando uno se conoce hace muy poco).

Son momentos lindos pero no hay una graaan conexión. Viste cuando le preguntan a alguien cómo está con su pareja y responde “no me puedo quejar” o “nosotros ni un sí ni un no” y uno piensa “Ah, te morís de embole pero te da cosa asumirlo, no?”… no para tanto, pero algo así.

En realidad él me gusta y me demuestra lo mismo de su parte pero siento que no es una relación que pueda crecer mucho porque yo tengo la cabeza entre mi espera eterna por el Hombre Infinito y mi viaje a Madrid y él se acaba de separar.

Yo creo que hay algo que define si una relación tiene posibilidades de crecimiento o no: las salidas juntos. Si las hay, hay potencial de pareja, si los encuentros son únicamente ir a la casa de uno o a la del otro… el potencial es dudoso (por no decir que en la mayoría de las veces comprobé que no lo hay). Por supuesto que en los primeros tiempos las ganas de pasar tiempo juntos y con poca ropa son muchas, pero hacer planes compartidos (salir al cine, a comer, a caminar, a un museo o donde sea) nos da una cantidad de información sobre el otro que puede hacer que nos guste cada vez más o no nos convenza demasiado.

En este caso, por las circunstancias de cada uno, creo que ninguno pone demasiada energía en generar algo más que los encuentros hogareños.

Y aunque me hago la relajada con lo que pasa con Manuel, no puedo dejar de analizar todo y me doy cuenta que estoy ocupando un rol en su vida que hasta el momento no me había tocado interpretar con otro hombre: no soy más que su minita de transición.

[Del latín transitium minitae: dícese de la mujer que distrae y aliviana una situación complicada que está viviendo un hombre hasta que éste se da cuenta que es fuerte y puede distraerse con 32 mujeres más y luego ponerse de novio con otra que no es la primera, a quien deja olvidada en el fondo del barril del Chavo del 8].

Con mi orgullo -y mi necesidad permanente de definir las cosas- a cuestas, provoco una conversación tentando al destino:

– Más allá de nuestras circunstancias tan distintas, conocerte es una de las cosas más lindas que me pasó últimamente! Y sí, me puse en minita melosa. Jajaja Pero quería que lo sepas!

– Esa! Me encanta leer eso! Pero tranquila que yo soy un hombre recién separado. Y huyo de los compromisos. A ver si te me vas para el lado equivocado. Porque yo sé que sos una divina. Y no me gustaría que sufras por culpa de este tipo que se acaba de separar. Sé que no te lo mereces. Por eso aclaro. Me entendés, bonita?

– Qué feo es cuando te bajan a la realidad de un hondazo… Todo lo que decís es super entendible y desde que nos conocimos supe que no eras alguien en una situación simple. La verdad, tampoco me imaginé que me iba a enganchar con vos! También tengo claro que no quiero sufrir ni ser una “minita de transición” y nada más. Quiero otra cosa para mí.

La conversación no sigue mucho más. Tampoco nuestros encuentros. Cuando las cartas están sobre la mesa el juego tiene que definirse y los jugadores quedan del lado equivocado… o del lado del ganador.

En otro momento creo que me hubiera quedado con un sabor amargo por este final, pero ahora lo siento como un alivio. Las dos historias que podían hacer que me vaya con la mochila hipercargada al viaje están cerradas: la del Hombre Infinito por omisión (nada sucede, nada se define) y la de Manuel por acción (busqué una definición y la obtuve).

Ahora siento que me voy a Madrid haciendo borrón y cuenta nueva, ligera de equipaje y en búsqueda de nuevas experiencias. Me parece que estoy del lado ganador!


Leé la primera parte de Manuel acá
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acá

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