¿Soy la nueva Meg Ryan?

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Federico me escribe ese mensaje a pocas horas de haberse ido de casa, después de haber pasado la noche juntos post anti-cita por Recoleta. Nos besamos y dormimos abrazados. Nada más y nada menos que eso. Menos sexo y más intimidad. Me gusta que haya sido así y parece que a él también porque me llena el chat de corazones.

A medida que la conversación avanza, pasa de ser sobre nosotros a ser una seguidilla de fotos de su infancia que me envía sin relato que las acompañe. Me llama mucho la atención su necesidad de mostrarme imágenes de su vida de la nada, pero todavía no se bien cómo consultarle por qué lo hace sin sonar amarga o inquisidora.

A la noche vamos con Elo a un bar por Palermo que está super lleno y justo vemos que dos chicas se están levantando y nos zambullimos en esa mesa. Cuando apoyamos la cola en la silla, dos hombres nos reclaman con buena onda que ellos estaban esperando desde antes para sentarse ahí. Con Elo nos miramos con cara de “De acá no nos mueve nadie” así que les respondo con la misma buena onda:

— Si consiguen dos sillas los invitamos a sentarse con nosotras.(Mirala-vos-a-Verita-sacando-la-caña-de-pescar-en-lugares-públicos!).

Aunque pensamos que eso los espantaría, en dos segundos los tenemos compartiendo nuestro metro cuadrado de bar. Son Jonatan y Leandro, tienen 43 años y se conocen desde el colegio. Los dos están solteros, Jonatan no quiere especificar desde cuando y Leandro quiere especificar eso y mucho más, tiene una verborragia pocas veces vista y aunque con Elo nos habíamos juntado para chusmear sobre nuestras vidas, hacerlo con la de un hombre recientemente separado nos divierte más aún. Hace dos meses que cortó con su novia con la que salió un año pero cuando ella le dijo de vivir juntos, él la dejó.

— Siempre supe que no era alguien con la cual iba a convivir.

— No entiendo…pero si sabías eso para qué estabas con ella?

— Porque la pasaba bien. No me digas que vos sos de las que solo está con un tipo que tenga todo para ser “el hombre de tu vida”?!, -Si, hace gestito de comillas con los dedos.

— Tanto como el hombre de mi vida no se pero sí alguien con el que vea algo de futuro…

— Y cómo te va con eso?, -interviene el más callado Jonatan.

Nos miramos con Elo, empezamos a reírnos y ella decide responderle:

— A veces mejor y a veces peor.

Le contamos que ahora no estamos de novias, ella les cuenta la historia con Lolo y yo que recién estoy empezando a verme con alguien que conocí por instagram.

— Chicas, la clave está en poner los huevos en distintas canastas, sobre todo al principio.

— Estar con varios a la vez?

— Sos rápida para entender, eh, Verita?, -Leandro es tan simpático que le perdono la ironía.

— Si, más que nada porque si cada hombre que conocen quieren que sea EL indicado y ponen toda la energía en él, lo más probable es que fracase,- explica con más paciencia Jonatan.

— Pero y donde quedó el “La ví y supe que eramos el uno para el otro”, “Salimos una vez y nunca más nos separamos”, etc etc etc..???

— En las películas, chicas. Mucho Meg Ryan en los 90 ustedes…

Quedamos pensativas mientras terminamos nuestros tragos y los chicos piden unas rabas.

Leandro nos cuenta que con una ex anterior, con la que sí convivía y cortaron hace tres años, comparten la tenencia del perro que tenían en común. Los martes, viernes y domingos él lo busca y se lo lleva a su casa.

— Estás más comprometido con ese perro que lo que estabas con tu última ex!, -exclama Elo casi al borde del reclamo.

— Obvio querida, los perros son sagrados.

Jonatan propone adivinar a qué se dedica cada uno a través de un juego: tenemos que hacer preguntas que se respondan por si o por no.

Me es extraña y al mismo tiempo me encanta esta situación: estamos charlando super animadamente con dos hombres que conocimos de casualidad y que podrían ser potenciales candidatos pero por algún motivo ninguna de las dos los percibe así, y nos permitimos disfrutar del momento sin pensar más allá de hablar sin parar y dedicar los próximos minutos a adivinar a qué se dedican.

La mesa se vuelve un ring verbal compitiendo entre todos a ver quién hace la mejor pregunta para lograr el resultado. Con Elo salimos victoriosas, adivinamos que Jonatan se dedica al turismo y Leandro a los bienes raíces. Ellos lo más cercano que descubren sobre nosotras es que nos dedicamos a “algo de comunicación”.

Es muy interesante el modo de jugar de ellos comparado con el nuestro: nosotras hacemos preguntas puntuales que nos puedan llevar a la respuesta final, por ejemplo “Trabajás usando computadora?”, “Manejás dinero cotidianamente?”, etc. Ellos, por el contrario, ocupan la mayor parte del tiempo directamente arriesgando profesiones “Sos psicóloga?”, “Sos médica?”.

Me levanto para ir al baño y me quedo pensando si, aunque en este caso nos dio resultado, no deberíamos, en la vida en general, ser un poco menos analíticas y pasar más a la acción sin tanto relevamiento previo.

Cuando estoy volviendo a la mesa, Elo ya les contó que trabajamos en un espacio de coworking y Jonatan me pide el teléfono con la excusa de contactarme en la semana para pedirme datos del lugar porque está buscando uno donde instalar su oficina. Le paso mi número sin pensar si realmente necesita ese dato o me va a escribir con otras intenciones. Creo que no le pongo demasiada atención a la situación porque mis ganas están puestas en Federico. Aunque si siguiera el consejo de mis nuevos amigos, no me vendría mal agarrar esta canasta y ponerle algún que otro nuevo huevo (Eso-no-sonó-nada-bien,-Verita,-pero-igual-está-claro-a-qué-te-referís).

Después de cuatro horas de charla, nos despedimos de Jonatan y Leandro. Nos abrazamos como si nos conociéramos desde hace mucho. Aunque parezca que es lo más normal del mundo, nunca nos pasa que se nos acerquen hombres en los bares así que haberlos conocido a ellos y que la hayamos pasado tan bien sin necesidad de histeriqueos vacíos, hace que haya sido una gran noche.

El domingo Federico brilla por su ausencia así que el lunes a la noche lo saludo a ver en qué anda. Me dice que estuvo todo el fin de semana en la casa de su hermana en San Miguel. Cuando le estoy contando qué hice yo, interrumpe:

— Besas TAN rico. Y olés TAN bien!

Me encanta que me diga esas cosas pero en el fondo me irrita que si le estoy contando algo sobre mí no demuestre que le importa. Cuento hasta diez para no ponerme irritable y la charla se vuelve tan tierna y melosa que hasta dejamos silencios para escuchar solamente la respiración del otro y adivinar sus pensamientos. Entre una inhalación y otra exhalación Federico me pregunta:

— Te acordás en Cuando Harry conoció a Sally que está la pantalla dividida mientras ellos dos hablan por teléfono desde la cama? Nosotros somos la versión de lo mismo en la era del whatsapp. La viste no?

— Claro, es una de mis pelis favoritas!

— La mía también, es la típica que si estoy haciendo zapping y está, la dejo.

Si, Federico mencionó una de mis películas favoritas en la que -oh casualidad!- actúa Meg Ryan. Pienso en las casualidades y las causalidades. Será una casualidad que Leandro la haya mencionado y subestimado en nuestra charla y ahora la nombre Federico? O es todo una causalidad? Qué me está queriendo decir el universo con Meg Ryan?

Ya es muy tarde y creo que estoy delirando (o quedándome dormida que a veces provoca el mismo efecto) así que me despido de mi interlocutor telefónico y se apura a decir todo lo que tiene pendiente:

Me quedo dormida sin terminar de entender si eso sucedió realmente o ya fue parte de mi más profundo sueño.


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