Vueltas sobre arena movediza

Imagen de fitnessmagazine.com

No me gusta que me dejen plantada.
No me gusta no entender qué le pasa al otro.
No me gustar estar enojada.

Con tantos NO encima, decido volver a las clases de pilates a ver si moviéndome y estirándome consigo alivianar mi existencia actual.

Mientras camino hacia la clase pienso qué hacer respecto a David.

Desde que el otro día canceló nuestra cita, por momentos lo sigo notando entusiasmado respecto a “nosotros” (Y-en-todos-los-demás-momentos-no-te-da-ni-la-hora,-no-Verita?!).

A veces creo que la necesidad de sentirme amada me lleva a entender cuestiones incomprensibles. Tengo que lograr ponerle cada vez más límites a esas situaciones pero parecería que todavía no lo estoy logrando.

Cuando llega esta instancia en la que siento que el otro toma un poco de distancia o no lo noto tan motivado, mi actitud en general es la de remontar la situación poniéndole más onda aún que la habitual y tratando de no ser explícita respecto a lo extraña que está la situación. A veces funciona y a veces no. De lo que tomé conciencia es que esa actitud no pone en evidencia la respuesta real que necesito a mi pregunta implícita: te gusto?

Con esta reflexión en mente y ya en la puerta a punto de entrar a pilates, decido cambiar de estrategia e ir directo al quid de la cuestión. En medio de una conversación en la que sólo me está hablando de su hija y de cuánto le está costando dormirla últimamente, interrumpo el tema y redirecciono hacia el de mi interés:

Listo, fui lo más explícita que pude. Ahora a silenciar el teléfono y entrar a pilates.

Al cruzar la puerta, Marta e Inés me miran tan emocionadas que casi no pueden hablar, así que mientras me acerco a saludarlas toma la palabra la profe:

– No te das una idea de cuánto te estaban esperando!

– Tanto me extrañaron, chicas?

– Un poco sí, pero más que nada era por…, -Inés habla en voz baja y hace un gesto con la mano como señalando hacia atrás.

Se abre la puerta del baño y sale un ejemplar masculino de entre treinta y treinta y cinco años, barba tupida y prolija, musculosa dry fit, zapatillas verde fluo y dientes blancos ídem. Se acerca a mí y se presenta:

– Hola, soy Tiago y vos debés ser Vera. Acá las chicas hablan siempre de vos.

“Las chicas” se ríen como dos adolescentes, cómplices y pícaras. Toda la escena me da ternura. En primer lugar porque me tuvieron presente en todo el tiempo en el que no vine y en segundo lugar… porque no se dieron cuenta que Tiago es evidentemente gay.

Durante la clase, mientras cada uno está en una cama haciendo los ejercicios, miro a Marta y me hace un gesto como diciendo: “Mirá lo que te conseguimos!”. Inés, más extrovertida, juega a las coincidencias:

– No sabés, Verita! A Tiago le encanta andar en bici como a vos.

Waaaaaw, nunca escuché coincidencia semejante!, pienso irónicamente pero digo:

– Tiago, no puedo hacer durar más esta escena: las chicas pretenden que haya onda entre nosotros.

Ellas se miran, entre asombradas y desentendidas. Tiago se ríe mientras levanta una pierna en paralelo al torso, como si estuviera hecho de gomaespuma, y les aclara:

– Vera es divina, chicas, pero… yo tengo novio! Ustedes lo conocen, me viene a buscar siempre a la salida de las clases. Pero quizás puedo ayudar en la búsqueda, me sumo a la campaña.

Yo, echada sobre una pelota gigante, sonrío un poco sobradora, como quien le descubre el truco al mago.

Mi vuelta al deporte fue un éxito (Ah-bueeee,-transpirás-10-minutos-y-ya-lo-llamás-”deporte”,-Verita?). Lo mejor fue distraerme de todo el tema David. Aunque obviamente lo primero que hago cuando salgo de la clase es ver si me contestó. NO. Leyó el mensaje a los pocos minutos pero no contestó.

Tampoco a la noche.

Ni a la mañana siguiente.

Ni los dos días posteriores.

Pasaron tres días para que respondiera.

Tres días en los que fui a trabajar, cené con mis papás, me compré una cartera y terminé de leer un libro sobre un hombre que no recuerda su pasado y le llega un mail todos los días contándole en detalle lo que hizo el día anterior.

Tres días en los que mi vida siguió pero David no pudo contestarme.

SETENTA

Y

DOS

HORAS
tardó en responder a una pregunta que, al menos para mí, parecía bastante sencilla de contestar.

Ay, David! Cuánta vuelta carnero sobre arena movediza.

Mi corazón tiende a la empatía pero mi cabeza le pide que vaya por el camino del desapego y llegue bien lejos, donde no se cruce ni por casualidad con la duda ni la falta de autoestima, que parecen haber pinchado las cuatro ruedas.

Siento que esta escena es de una película que ya vi. No puedo evitar recordar la situación con Roberto y el malestar que me generó (Cuando-decís-malestar-en-realidad-querés-decir-ODIO-no,-Verita?).

Cómo hago para mantener la ilusión de conocer a alguien y manejar el termómetro del entusiasmo para que después estas cosas no me afecten tanto?

Aprovecho que tengo el cuerpo y el cerebro bastante oxigenados gracias a mi regreso a las clases de pilates y trato de pasar este momento con más diplomacia que enojo.

Un saludo y hasta nunca, David.


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