El delirio de esperar (mientras pelamos maníes)

Imagen de autoría propia

El Hombre Infinito se borró del Planeta Tierra (unaaa-vezzzz-máaaassss) y yo tengo planeado un fin de semana a puro descontrol para serenar mi ansiedad-nivel-10:

* 2 botellas de Coca light de 2 litros en la heladera
* Número a mano del delivery de comida china
* Pantuflas con abrigo suficiente como para caminar por una calle de Siberia
* Listado de 16 series para ver online de esas que pasan solas de capítulo y no hay que mover ni un dedo por 22 horas
* Pijama con estampado de ovejitas
* Medio kilo de helado al que le queda un cuarto porque el otro cuarto me lo comí antes de ayer cuando la ansiedad estaba en nivel 7.

Cuando me ocurre que, de un momento a otro, un hombre que me interesa deja de hablarme sin ningún motivo aparente, en esa espera que comienza 
–por su regreso, por una señal de vida o por un chau concreto– me da vueltas una sensación horrible, irracional, pesadillesca, como si esa relación nunca hubiera existido.

Lamentablemente y por suerte en partes iguales, ahora la mayoría de las charlas quedan registradas por escrito (mail, whatsapp, facebook, chat de Tinder, de Happn, de chat de chat de chat…) y uno puede repasar una y mil veces las palabras previas al cruel silencio.

Por supuesto que sé que las cosas ocurrieron, pero la incertidumbre, la inquietud de la espera y la desolación del final abrupto me hacen dudar hasta de mis propias vivencias.

Es una sensación, nada más, pero vuelve tras cada ausencia similar.

Durante la espera también siento que se detiene el tiempo. Que las horas sin saber bien qué está pasando no son horas que transcurran sino minutos suspendidos, interrumpidos por tareas banales como ir a trabajar, tomar un colectivo o darle de comer al gato.

Básicamente lo que se apodera de mí es una sensación de vacío de matices apocalípticos.

Suena el teléfono y Laura grita del otro lado:

– En media hora te pasamos a buscar con Josefinita para irnos de after office!!!
– Ay! No, Lau…ya tengo todo listo
– Listo para qué?
– Para deprimirme
– Deprimite a partir de mañana porque hoy se sale fuerte

Parece que ahora After Office es sinónimo de cervecería artesanal, donde todos pasamos horas parados buscando algún centímetro de barra donde apoyar la cerveza y luchando para pelar los maníes con los dedos que nos quedan libres. Son también el equivalente al parripollo o la cancha de paddle de los años 90.

Encontramos una banqueta y apoyamos las carteras, los tapados y, arriba de todo, la canastita con los maníes. Las tres tenemos algún hombre que nos tiene a la espera de alguna respuesta o acción concreta. Básicamente nos preguntamos si seguirán vivos, lo cual ya sería un notición.

Les cuento a las chicas sobre la posibilidad de que viaje a Madrid y no pueden evitar decir una seguidilla de frases autoengañosas: “Te va a hacer bien cambiar de aire”, “En los viajes se baja la ansiedad”, “Allá te enganchás un gallego y no volvés más!”, “Cuando vuelvas ni te vas a acordar quién es el Hombre Infinito”. Mientras las escucho, asiento sin parar con la cabeza, porque si mis amigas me mienten con buenas intenciones, yo voy a poner todo de mí para fingir que les creo.

Lau hace un gesto para hacernos notar que dos barbudos y uno de lentes de marco grueso negro nos miran de cerquita, como midiendo cuándo es el momento exacto para entrar a escena. El cruce de miradas hace que se zambullan.

A los diez segundos de empezar a hablar veo que LOS TRES tienen anillo de casados. Nos cuentan que sus mujeres son amigas y se fueron a pasar dos días a una quinta y ellos decidieron salir juntos. En seguida nos transformamos en integrantes de una terapia de grupo con trasfondo etílico.

Andrés y Fabián (los de barba) nos relatan las desventuras y alegrías de estar casados y nosotras ahondamos en las aventuras de ser solteras (por qué se dice “estar casado” y “ser soltero”?, yo quiero que mi soltería sea un estado y no un ….mmmmm…no se cómo se denomina a lo vinculado con el ser!).

Manuel (el de lentes) casi no habla sobre su vida pero pregunta mucho. Tiene una mirada tan profunda que me inquieta. Ofrece traernos otra cerveza y para preguntarme cuál quiero, apoya toda su mano -anillo de boda incluido- en mi antebrazo. Por suerte lo saca justo a tiempo y no nota que un poco se me puso la piel de gallina (O-estás-muyyy-sola-o-este-tipo-tiene-una-mirada-abrumadoramente-profunda!).

La charla entre todos es divertida, reflexiva y entretenida a la vez. Me abstraigo un instante y pienso en cuán distinta es la actitud de hombres y mujeres cuando está claro que no hay intenciones de conquista. No se si tiene que ver con que uno no piensa tanto qué decir y qué ocultar, o que analiza menos los mensajes verbales y físicos del otro, o simplemente que no hay un objetivo concreto más que el pasarla bien aquí y ahora.

Andrés cuenta que como la mujer vuelve mañana temprano, él planificó un super desayuno para recibirla. Yo sonrío pero, atrás de mis dientes, en mi garganta, se genera un nudo marinero que ni Popeye podría desarmar (Arriba-el-ánimo-Vera-que-a-fin-de-cuentas-a-vos-no-te-gusta-desayunar).

– La posta es esta, chicas: Al principio tienen que ser geishas, darles los gustos, atenderlos, y cuando ya los tiene agarrados…zas!, los manejan como quieren!-, afirma Fabián haciendo un gestito con la mano en la cual el índice y el pulgar forman un círculo mientras los otros tres dedos quedan estirados.

– No le hagan caso al pollerudo! Tienen que hacerse las difíciles hasta que estemos desesperados por tenerlas y ahí sí: nos dan bola y nos tienen a sus pies-, aporta, convencido, Andrés.

Manuel los mira, se ríe y nos guiña el ojo (Basta-de-hacer-jueguitos-con-tu-mirada,-Manuel!).

Más confundidas que nunca, nos despedimos de los tres Mosqueteros del anillo dorado.

Ya en el taxi y habiendo degustado cuatro nuevas cervezas artesanales, recuerdo que mi fin de semana acaba de empezar, y que me esperan en casa las pantuflas y el pijama como uniforme para librar mi batalla interna.

Subiendo en el ascensor, bajo su desmerecedora luz fría y cenital, recuerdo que siempre que tengo algún tema redundante en la cabeza, busco refugio literario en Fragmentos de un discurso amoroso, un libro de Roland Barthes.

Trato de hacer foco en la biblioteca y los post-it de colores que le salen por los costados me ayudan a encontrarlo. Uno se asoma más grande que los demás, tiene escrito en letras negras: La espera. Me saco los zapatos, los aros, me siento en el piso y leo:


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